La criptonización de las masas *

Hasta hace un tiempo pensaba que las criptomonedas eran una buena solución a un problema que siempre me ha gustado observar (el de los pagos y las transferencias internacionales), y que el blockchain era una buena propuesta para eliminar la burocracia en el mundo del derecho de propiedad... [»»»]

La criptonización de las masas *

Cripto, Creators y Charlatanes

Capítulo 17

“Es muy difícil (ya que finalmente debo explicarme) quitar a los locos las cadenas que veneran”.
– Voltaire

Hasta hace un tiempo pensaba que las criptomonedas eran una buena solución a un problema que siempre me ha gustado observar, que es el de los pagos y las transferencias internacionales, y que el blockchain era una buena propuesta para eliminar la burocracia en el mundo del derecho de propiedad de bienes (transferencias, posesión, históricos). Sigo pensando lo segundo, y hoy no vamos a hablar de blockchain, la base sobre las que están construidas las criptomonedas, que ahora sé que de monedas no tienen nada y que son una solución absurdamente ineficiente para reemplazar el efectivo (o sea, para eso, no son una solución).

Es más, ahora no creo que el efectivo sea completamente reemplazable: siempre van a haber gastos que la gente va a querer mantener fuera del radar. Y no estoy hablando sólo de porno, prostíbulos, compra de drogas, de armas, pago de coimas, manutención de amantes y compras de dulces, puchos o tragos de gente que tiene prohibidos esos consumos y se los esconde a su pareja o sus hijos o sus seguros. Digamos que hay una pareja que se está divorciando y se están peleando hasta el último centavo, y ella tiene la oportunidad de comprarse un departamento baratísimo y no han salido los papeles. O que hay un amigo que se compró un auto de fin de semana y le dijo a su pareja que le costó la mitad. O supongamos que el gobierno piensa que vos ganás 2000$ al mes pero resulta que 2000$ es lo que te andás gastando sin contar tu crédito, tu gasolina, tus seguros y los viajes que subís a tus stories. En el mundo cripto, tu billetera—como la de todos—es pública, y nunca se puede borrar una transacción; lo que está escondida es tu identidad, pero siempre van a haber curiosos con tiempo. En la vida real, tu identidad es pública, pero tus gastos son privados.

Decía que las criptomonedas no son monedas porque no cumplen ninguna de las tres condiciones básicas del dinero: no son una unidad de cuenta, o sea, no podemos decir que algo cuesta un bitcoin con la volatilidad que tiene (es más, los que tienen bitcoin siempre cuentan su fortuna en dólares); no son un depósito de valor, o sea, no se puede negociar contratos a futuro (te quiero ver firmando que te paguen en 10 años un crédito en ethereum); no son un medio de pago comúnmente aceptado y pagar con criptomonedas en la vida física es más difícil que ganarle una final de Champions al Madrid.

Además, por mucho que los maximalistas cripto se hagan los gallitos en contra de los gobiernos y se hagan los anarquistas, festejan cada vez que una institución, un Estado o un banco los acepta y reconoce. En la vida real, nadie quiere anarquía, nadie quiere que le roben, nadie quiere que sus gastos sean públicos, y todo el mundo quiere un gobierno al cual acudir para tener seguridad y protección. Una moneda no regulada por ningún gobierno y la muerte de los bancos centrales es una utopía más cómica que el comunismo.

Digamos entonces que las criptomonedas no son monedas sino un activo. Pero son uno especulativo que no tiene ningún valor intrínseco: sólo suben o bajan de precio en base a la esperanza de que otra gente quiera comprarlos, o no, en el futuro. Sino, nadie las compraría. Si eso no es especulación, y esto no es una burbuja, entonces los tulipanes sirven para algo más que adornar jardines, campos, casas y sacar fotos bonitas para subir a Instagram.

No confundamos, por favor, criptomonedas con dinero electrónico: el dinero electrónico es hermoso. Nada más fácil que pagar en un lugar sacando una tarjeta que ya ni siquiera tiene que tocar el POS (el coso para pagar con tarjeta). En las islas Yap (Micronesia), la moneda consiste en un montón de piedras en forma de disco que nadie mueve de lugar, y que, mientras más grandes, tienen más valor. Su forma de pago es, literalmente—un tipo llega a la venta y le dice: “buenos días (son buena gente, siempre saludan bien), buenos días, dame 3 coliflores, un kilo de miel de abeja, una pelota de fútbol y un mes de Netflix y te pago con un pedazo de la piedra que está en la calle 8 de Colonia (la capital). El ventero le responde: “mirá no me quedan cuentas en Netflix pero tengo Amazon Prime, ¿te sirve?” “Sí, dale”. Llega una señora después y paga con una piedra que está en el fondo del mar (fuera de joda, hay una piedra dentro del sistema monetario que está en el mar).

Si esto te parece muy loco, pensá que cuando cambiamos de monedas a billetes, fue porque a alguien se le ocurrió pagarle a otra persona dicéndole: “mirá, no tengo mi oro y mi plata conmigo en este momento, pero tengo este certificado de la joyería Taurus que dice que tengo 104,58 libras guardadas ahí; te lo doy y dame tu caballo ahorita”. Y el otro le dijo OK. Y después empezamos a pagar con billetes (banknotes) que literalmente querían decir “el Estado le debe al portador de este papel 50 libras en el futuro” (para más info, esta lectura de Jorge Pérez). Y hoy pagamos con una tarjeta que simboliza “tengo 490 bolivianos en el Banco Mercantil Santa Cruz en Bolivia, te pago estos zapatos que cuestan 70 dólares aquí en Miami, y que mi banco y tu Bank of America se las arreglen”. Y se las arreglan.

Para mí, el dinero electrónico debería funcionar como en las islas Yap: te pago con la plata que está guardada en tal banco en tal lugar, y que los bancos hagan solo asientos contables, automáticos, inmediatos, para ajustar entre ellos las cuentas, y que nunca en su vida tengan que mover la plata físicamente: que sólo sirvan de custodios. Sin necesidad de movimientos físicos y con unas cuantas redes globales certificadas que compitan entre sí, la conversión contable y electrónica casi no tiene costos, y las comisiones de transferencia entre las islas Yap y Bolivia serían cercanas al cero, y se podría mandar plata por Whatsapp, por Instagram, por TikTok, por Discord; por cualquier plataforma que tenga chats personales. Y así va a ser en un futuro, y el cash va a seguir existiendo, y se va a seguir transportando y contrabandeando, y todo esto va a ser más fácil, más barato y más rápido que transferir con las actuales cripto. No hay necesidad de blockchain en el mundo del dinero.

Vos me dirás, pero si no hay necesidad, ¿por qué tanto fanático? ¿por qué tanto maximalista bullicioso de criptomonedas? Porque ponete a pensar que si tenés que justificar tanto una tecnología, a gritos, con rabia, sin reírte de la gente como se reía Bill Gates cuando le decían que el internet no servía para mucho, si tenés que buscarle casos de uso rebuscados y te trabás en cada respuesta, probablemente no tenés un buen product/market fit. Si no es fácil de explicar, no es masivo. Brother (siempre es un crypto-bro, no hay muchas crypto-sis), trust me, hasta ahorita no puedo explicar en una sentencia qué cognius es Conectorium. No estoy resolviendo una necesidad masiva. Tampoco el inventor de bitcoin (que no me estoy comparando con él). Tampoco el que no puede describir su trabajo en menos de cinco palabras. Amazon se quiere comprar la empresa que hace las roomba en 1700 millones de dólares. ¿Sabés que es una roomba? Una aspiradora robot. Tres palabras. ¿Sabés qué es Netflix? Un montón de películas y series. ¿Spotify? Toda la música en un solo lugar. ¿Una tarjeta de crédito? Plata que hay que pagar en el futuro en un cartón. ¿Facebook? Toda la gente en un solo lugar. ¿LinkedIn? Red cringe para emprendedores y asalariados. ¿Blockchain? “Una etiqueta que a través de una estructura de datos cuya información se agrupa en conjuntos (bloques) a los que se les añade metainformaciones relativas a otro bloque de la cadena anterior en una línea temporal para hacer un seguimiento seguro a través de grandes cálculos criptográficos. De esta forma, gracias a técnicas criptográficas, la información contenida en un bloque solo puede ser repudiada o editada modificando todos los bloques anteriores”. Me duermo.

Está bien, me podés refutar que hay cosas complicadas de explicar que se usan en el día a día. Pedime que te explique el Internet y, técnicamente, no puedo. Quizá te digo que es magia. Quizá te digo, en una línea, que es toda la información en un solo lugar. Y funciona. Quizá vos me decís que de tanto leer clásicos rechazo innovaciones y que ése es mi nuevo fanatismo, que rechazo lo que no tiene base histórica, y que me he vuelto un viejo de mier–——coles a sábado y que encima los domingos te vengo a tirar un sermón, y puede que tengás razón. Y me decís, en una línea, que las criptomonedas son monedas electrónicas protegidas por criptografía, como los mensajes privados en Whatsapp; y debería funcionar, y deberían ser privadas, y deberían ser seguras. Y no lo son. Y cada dos semanas o dos meses se roban millones de dólares de lo que debería ser un banco de monedas electrónicas inhackeables, si se me permite inventarme esa palabra.

Aún así hay mucho loco suelto predicando que estamos en los early days de cripto como en los early days de internet, creyendo que una tecnología nueva, simplemente por ser nueva, es necesariamente buena. Predicando que esta es la cura para todas las cosas, metiendo la palabra crypto en toda conversación, incluyendo la muerte de niños en Ucrania (check Twitter). Predicadores y evangelizadores peores que los crossfiteros, los F45, los veganos, los espiritualistas new-age y los cristianos. Locos que quieren deshacerse de los gobiernos y los bancos centrales y que no han leído una línea de historia en su vida, que no conocen los impulsos y la naturaleza del ser humano, y peor cómo funciona el dinero y la asociación social. El único impulso que conocen en carne propia, y que no reconocen que lo poseen, es que son religiosos, que son fanáticos; la tendencia a lo que George Orwell llamó nacionalismos.

“Cuando digo «nacionalismo» me refiero antes que nada al hábito de pensar que los seres humanos pueden clasificarse como si fueran insectos y que masas enteras integradas por millones o decenas de millones de personas pueden confiadamente etiquetarse como «buenas» o «malas». Pero, en segundo lugar—y esto es mucho más importante—, me refiero al hábito de identificarse con una única nación o entidad, situando a esta por encima del bien y del mal y negando que exista cualquier otro deber que no sea favorecer sus intereses.

Eso escribía Orwell el mes que la Segunda Guerra Mundial, nacida de nacionalismos, se acababa en Europa. “No hay que confundir nacionalismo con patriotismo”, dice.

“El nacionalismo, en el sentido amplio que le doy a la palabra, incluye movimientos y tendencias como el comunismo, el catolicismo político, el sionismo, el antisemitismo, el trotskismo y el pacifismo. No necesariamente implica lealtad a un gobierno o a un país—y mucho menos a la nación propia—, y ni siquiera es estrictamente necesario que las entidades a las que alude existan en realidad. Por nombrar unos cuantos ejemplos obvios, el judaísmo, el islam, la cristiandad, el proletariado y la raza blanca son todos ellos objeto de apasionados sentimientos nacionalistas, pero su existencia puede ser seriamente cuestionada y ninguno posee una definición aceptada universalmente.”

El autor de 1984, en este ensayo clave para entender su magnum opus, identifica tres características inherentes de este tipo de fanático:

  1. Está obsesionado, o sea que no puede mirar a los costados ni se puede razonar con él. No se puede convencer a un Messista que Cristiano es el mejor jugador del mundo, ni viceversa.
  2. Es inestable, y puede cambiar de nacionalismo y de enemigo rápido. Tipo, todo pro-vida es también pro portación de armas, y luego pro-Trump, aunque haya hecho practicar varios abortos; y todo pro-aborto es pacifista y prefiere a Clinton-Obama-Biden, aunque hayan negociado billones de dólares en ventas de armas.
  3. Es indiferente a la realidad, o sea, ni la historia ni los hechos le importan, y si su equipo hace una cosa que también hace el otro equipo en otro lugar, lo que hicieron los otros es malo y lo que hacen los suyos es bueno, no hay necesidad de argumentar. Si mi lado hace un golpe de estado, es bueno, si lo hace el otro, es un crimen de lesa humanidad; si los míos roban en el gobierno, por lo menos roban mis amigos para la causa, si ellos roban son unos corruptos malditos.

“Los partidarios prescinden de los vicios, los adversarios de las virtudes”, en palabras de doña Concepción Arenal.

El nacionalista es un adicto a las ideologías y necesita cubrir su carencia de sentido de pertenencia. Es como un drogadicto que solo puede salir de su problema reemplazándolo por un culto o una iglesia. Necesita un bastón sobre el cual sostenerse porque sino se cae, porque sin eso la vida no tiene sentido. Su ideal no es la virtud o el bien común sino estar en contra o favor de algo, lo que sea, todo el tiempo, ciegamente; y siempre en contra de lo que considera como el otro.

El nacionalismo, además de inestable, es transferible: voy a tomar aquí palabras publicadas por Janan Ganesh en el Financial Times el 22/7/22, en su artículo The Vibes Theory of Politics:

“Imaginate, al comienzo de la pandemia, que Donald Trump hubiera cerrado su país y Angela Merkel hubiera mantenido abierto el suyo. Él hubiera justificado su acción como protector de la patria mientras que ella hubiera destacado los ideales liberales. (“Cuando era niña en Alemania Oriental, vi el costo humano de lo draconiano…”) Apuesto a que la guerra cultural pandémica que hemos visto desde 2020 se habría invertido exactamente. Hubiera sido una insignia del orgullo derechista en todo el mundo enmascararse o quedarse. Hubiera sido una declaración progresista el mostrar la cara y fiestear. La gente no medita primero lo que piensa y luego se une a la tribu correspondiente. Se unen a una tribu y después infieren lo que piensan.”

Tiro una última cita de Orwell de ese ensayo del que se puede citar tanto que mejor es leerlo completo, y tenerlo como Biblia (como buen nacionalista que soy, mi nacionalismo es el anti-nacionalismos): el nacionalista primero “comenzará decidiendo en favor de Rusia, Gran Bretaña o Estados Unidos—según sea el caso—, y sólo después se pondrá a buscar argumentos que apoyen su tesis”. Primero viene la conclusión, después el desarrollo de la hipótesis.

En defensa del fanático, este es un feature de la mente humana: no estamos hechos para pensar profundamente sobre todas las cosas, sino para tomar decisiones rápido, o se nos va la vida entera antes de que hagamos algo. Daniel Kahneman lo explica mejor en Pensar Rápido, Pensar Despacio, donde diferencia entre Sistemas 1 y 2. Por lo menos una decena de filósofos notables lo han notado en la antigüedad: la idea es que primero decidimos, después justificamos. Por ejemplo, puede que hayás visto el meme que sirve de portada a esta lectura, y hayás decidido de entrada tu actitud para leerlo, y si te va a gustar o no. Primero decidimos que nos vamos a comprar un iPhone o un Android, y sólo después viene la justificación de que si es el precio, o las especificaciones, o la personalización, o la cámara, etcétera.

Y después nos convertimos en nacionalistas de Apple o Android, y discutimos sobre el tema sin cesar y sin miras a llegar a un acuerdo con amigos, con hermanos y hasta online con extraños que hablan otros idiomas y viven en otros continentes. Es tanto lo que puede el fanatismo, que nos une con gente tan diferente a nosotros y nos lleva a entablar lazos virtuales y sentimiento de tribu con millones de personas entre las que está Amber, una choquita flaquita de Connecticut de 29 años, que en realidad es un dientón medio gordito de 51 años que vive en Bielorrusia. Es tanto lo que puede el fanatismo, que nos creemos cualquier titular inventado por alguna troll-farm pagada por algún lobbyista o gobierno. Es tanto lo que puede el fanatismo que estamos atentos a drops de tokens de cripto-proyectos que son tan malos que los llamamos shit-coins, pero los consideramos una inversión, y nos creemos toda la charlatanería de una élite de bullshitters sólo porque lo que la historia que nos cuentan brilla y parece oro.

Pero en defensa de los cripto-bros, charlatanes que se aprovechan de nuestra ingenuidad han habido toda la vida. Charlatanes que nos convierten a su iglesia, a su religión, a su nacionalismo, no han faltado ni van a faltar nunca. Y lo que más nos impresiona es su seguridad. Carajo, ¡la seguridad con la que dicen las cosas! Repiten sin chistar que su estafa Ponzi no es una estafa (y si tenés que justificar que algo no es una estafa, probablemente lo es), repiten que es infalible y segura, incluso hasta dos días antes de que se caiga todo al tacho, como pasó recientemente con Luna. Su creador ya ha tenido proyectos parecidos antes que se parecen mucho a robos masivos bien planificados, ¡pero es alabado como innovador! El tipo es un artista. Es tan artista, que está volviendo a crear Luna 2.0 y sus fieles seguidores siguen enganchados en la falacia y en la mentira.

La élite de pseudo-innovadores en cripto nos está vendiendo esta incongruencia estrafalaria que nadie sabe qué significa ni para qué sirve del Web3, y nos están enchufando pajaritos en el aire a cambio de nuestra plata impunemente. Recién este último mes la SEC de los USA está tomando cartas en el asunto y diciendo “muchachos”—casi siempre son muchachos—, “guys, ya no pueden seguir con este circus”. Lógicamente los nacionalistas del maximalismo cripto, en su mayoría gringos, se van a tirar en las redes sociales a gritos en contra del gobierno de su patria amada. 'Merica, right?

Pero la nación cripto ya está fragmentada, y quizá encarando una caída más fuerte que la de sus precios actuales: la del movimiento. Sus precios seguro van a subir antes de go bust, y seguro cuando vuelvan a poder comprar botellas de champagne para festejar van a volver a unirse un rato, pero ya podemos ver al creador de Ethereum tirarse en contra del payaso más grande del circo, Michael Saylor, recientemente removido del cargo de CEO de MicroStrategy:

“¿Por qué los los maximalistas siguen escogiendo héroes que terminan siendo completos payasos?”

El problema aquí es que Saylor, en una charla, dijo que Ethereum no era compatible con las leyes de securities que son—*drums roll*—bíblicas. Saylor, para ponerle salsa a la gente feliz y sana de corazón y mente que no usa Twitter ni conoce nada de cripto porque no vive online sino que tiene cosas para hacer en su día a día en la vida real—y esta es la prueba más grande de que cripto no sirve para nada: nadie que no viva todo el día pendiente de noticias sobre negocios tiene idea de cómo funciona y en qué se puede usar—; para la gente que es más inteligente que el resto de nosotros, Michal Saylor es una de los voces cantantes pro-Bitcoin, manejando uno de los fondos de inversión con más exposición a la moneda. Y este señor es un payaso. Para muestra, un trino:

“Bitcoin es un enjambre de avispones cibernéticos al servicio de la diosa de la sabiduría, alimentándose del fuego de la verdad, creciendo exponencialmente cada vez más inteligente, más rápido y más fuerte detrás de un muro de energía encriptada.”

Si esto no es un culto... mamiiita. Además, me ataca algo desde adentro que me hace gritar, pero en voz baja, o sea, susurrar, pero no despacito: ¿por qué todos los maximalistas cripto escriben en un lenguaje tan rebuscado? ¿Por qué usan tantas palabras para no decir nada? ¿Por qué todos suenan como si Hegel les escribiera el copy? Porque son charlatanes, como Hegel, por eso. Lo que más me da rabia es el pseudo-intelectualismo y las citas de Marco Aurelio, de Aristóteles, de Séneca, si nunca los han leído. Es más, los citan mal, escriben cosas que nunca dijeron, los sacan de contexto, y les agregan frases sin sentido. Si pensás que nunca vas a encontrar un lenguaje peor que el corporativo, date una vuelta por tech-Twitter, ahí dentro, buscá los cripto-bros. Por Dios qué gente más ingenua y más tonta y más llena de emojis y cohetes y exclamaciones y laser eyes y ataques directos al lenguaje, la lógica y el sentido común 🚀🤑⚡️🔥😎. Su lema, hasta antes de la última caída de precios, incluyendo al creador de Luna, era decirle a la gente que los refuta: “have fun staying poor”. “Divertite quedándote pobre”. Papiiitos. Realmente creen que por primera vez en la historia, un grupo grande de jóvenes se va a volver rico y poderoso de la noche a la mañana, y encima por la sola ideología de tener más plata sin producir nada bueno para la sociedad, nada que agregue valor, sin querer hacerle la vida más fácil a nadie, que es lo que busca toda empresa de verdad. El único emoji que les viene bien es 🤌🏽.

Aunque quizá estoy hablando desde la envidia. No lo creo, pero me lo cuestiono, porque cuando veo cada chanta chamuyero vendiendo humo, sacándole plata a la gente y haciéndose millonario en el camino, admito lo que ya dije: me da rabia. No celos, para nada, pero cómo quisiera tener la seguridad de un charlatán para vender. Si tuviera la desfachatez y la testarudez de un chico de 23 años dando consejos de vida o de carrera profesional, o la de un cura asesorando matrimonios, o la de un socialista criticando el capitalismo y la globalización en Twitter escribiendo desde un iPhone diseñado en California y hecho en China; si tuviera la sinvergüenzura de un hustler y hodler moviendo masas y sacándole en el trayecto dinero a borbotones; si tuviera esa capacidad, seguro podría conseguir los millones de dólares que se necesitan para poner en marcha ese proyecto en el que creamos una red internacional de librerías locales combinado con un Netflix de libros, donde podás leer a gusto lo que se te cante por 13,89 $us mensuales, y saltar de libro en libro (book-hopping™) en cada cita o en cada nota escrita por un traductor que, leyendo el texto, se haya acordado de algo y haya dejado un conferatur.

O quizá, si hubiera sido más inteligente—o menos—, habría invertido toda la plata en criptomonedas, si tanto me gustan las revoluciones y las nuevas tecnologías, y habría entrado temprano y habría hecho cash-out en algún momento, o habría entrado tarde y estaría con costos hundidos (balls deep) dentro de la narrativa, defendiendo a muerte una tecnología (blockchain) que es la primera en la historia que supuestamente tiene un mercado de millones de dólares sin que se le conozca un verdadero caso de uso, o defendiendo monedas que solo se aprecian por especulación. Quizá si hubiera tenido la plata hubiera hecho la empresa, pero para hacer empresa es con tenacidad, con templanza, con paciencia y ganas de masticar vidrio. Sólo los elegidos pueden hacer algo que agregue valor, cosa que los anarco-capitalistas de este mundo cripto no entienden, no lo entienden tanto como los que critican, los anti-capitalistas. Pero divago.

Vuelvo a las masas, a la plebe, al vulgo. Sobre éstas, no conozco muchas mejores concepciones que la de Concepción Arenal, que hablando de “los auxiliares” que “con mucha fe y poco juicio, que tal vez acaban de perder, son otra causa de daño y descrédito para las revoluciones”. Estos tipos convierten “en verdaderos monomaníacos” a esos “equilibrios mentales inestables que se rompen al ponerse en contacto con la atmósfera candente de las revoluciones, y no dejan de influir en ellas, porque la exaltación que los extravía, lejos de desacreditarlos, les da prestigio entre las muchedumbres, predispuestas a contagiarse con el virus de su demencia”. Demencia es lo que se contagia con más rapidez ahora que cualquiera tiene micrófono y amplificador en las redes sociales para decir cualquier cosa que piensa sin pensarla dos veces y lanzarla al público. Y como es difícil deshacerse de la fama, y como es difícil aceptar un error, vamos con todo hasta la muerte con lo que sea que sea que hayamos dicho.

Cuando no habían redes sociales y el problema eran apenas la radio y los diarios, a principios del siglo pasado, por la misma época que Arenal, escribía Mary Whiton Calkins que “la multitud es un grupo de seres donde cada uno imita los actos externos y la conciencia irreflexiva de los otros. Hasta el más serio puede ser arrastrado fuera de sus límites en un partido de fútbol emocionante, y puede despertarse y descubrir que, inconscientemente, él mismo se ha unido vigorosamente en gritos ensordecedores durante varios minutos de locura”. ¿Y acaso no nos ha pasado a casi todos haber perdido la cordura en medio de una multitud? Yo me he perdido en partidos de fútbol, no una, sino más de 33 veces. Pero perdido, ¿eh? a gritos, obnubilado. Y en paros cívicos, sin saber para quién trabajaba. Y en manifestaciones pacíficas. Y he salido a patear gente y cerrar boliches a la fuerza con gente de “uniones juveniles” en zonas que no estaban de acuerdo con ese nacionalismo que teníamos. En mi defensa, era muchacho, era boludo. Quizá sigo siendo las dos cosas, pero ahora soy consciente de lo que escribía la primera mujer en presidir tanto la American Psychological Association y la American Philosophical Association, que mantenía su punto citando a Gustave Le Bon:

“Una multitud puede ser culpable de todo tipo de delitos, pero también es capaz de actos más elevados que los de los que es capaz el individuo aislado... [aunque] un hombre aislado puede ser un individuo culto; en una multitud es un bárbaro”.

Como dicen en el último capítulo del documental de Netflix Woodstock 99, donde muestran una partecita de lo que es capaz de hacer una multitud que se hace una sola masa y que tiene un poco de rabia y resentimiento, “una vez que te volvés parte de una manada, te comportás como animales”. Si no has visto ninguna vez cómo se mueve una manada desde el aire: se comportan como un fluido, siguen la corriente.

Via Gifer

Sólo los bárbaros podían invadir Roma, sólo una multitud puede linchar a un ladrón, hacer un paro cívico, tumbar gobiernos, y coordinar sin pensar mucho (sistema 1 de Kahneman) para lograr algo. Ese algo puede ser bueno, o puede ser nefasto, dependerá del líder que supo encontrar y manejar ese fanatismo. De los grupos, escribe Taleb:

“Me di cuenta de lo absurdo de los grupos cuando era muy joven. Por algún ridículo vaivén de los acontecimientos en aquella guerra civil que sufría mi país, los cristianos se convirtieron en adeptos del mercado libre y el capitalismo—es decir, de lo que un periodista llamaría «la derecha»—y los islamistas se hicieron socialistas, por lo que contaron con el apoyo de los regímenes comunistas (Pravda , el órgano del régimen comunista, los llamaba «luchadores contra la opresión», aunque posteriormente, cuando los rusos invadieron Afganistán, fueron los estadounidenses quienes trataron de asociarse con Bin Laden y sus acólitos musulmanes). La mejor forma de demostrar el carácter arbitrario de estas categorías, y el efecto de contagio que producen, es recordar con qué frecuencia esos grupos cambian por completo a lo largo de la historia. No hay duda de que la actual alianza entre los fundamentalistas cristianos y el lobby israelí sería incomprensible para un intelectual del siglo XIX: los cristianos eran antisemitas, y los musulmanes protegían a los judíos, a quienes preferían sobre los cristianos; los libertarios eran de izquierdas.

¿Cómo puede entonces una persona auto-etiquetarse en un grupo? No lo comprendo. ¿Cómo puede alguien auto-limitarse y perderse de las bondades que proponen los otros, y de la libertad de criticar a sus pares? ¿Del placer de criticar o aplaudir a ambos bandos cuando hagan algo bueno bueno o malo? Después de esa experiencia en mi juventud temprana de salir a cerrar tiendas ajenas a patadas, y de haber perdido la cabeza por lo que hacen 11 pelotudos en una cancha—lo digo por la pelota—, que además no me conocen; después de haber sentido, absurdamente, orgullo por cosas que no hice como por haber nacido en un lugar de la tierra, que encima es medio boludo—lo digo por la cantidad de bolas que hay en esta parte de la tierra—, me cuestioné mucho, y desde entonces me cuesta comprender cómo podemos ser tan cerrados en nuestros nacionalismos. Cómo puede alguien decir que es libertario y de derecha cuando antes era la izquierda, decir que es demócrata y de izquierda cuando antes este partido era la derecha, o decir que su país es el mejor del mundo ¡sin ni siquiera haber vivido en otro país! Los humanos estamos todos locos.

Y siempre lo estuvimos. Los fanatismos, los nacionalismos, responden a arquetipos que vienen programados en nuestro código, por eso son históricos. Hace casi dos mil años, Séneca, santo patrón de los estoicos y los pseudo-intelectuales, le escribía a Lucilio sobre los vicios de la multitud. “Nunca vuelvo a casa con el mismo temple con que salí de ella; algo del equilibrio interior conseguido se altera y reaparece alguna de las pasiones que ahuyenté. Me vuelvo más avaro, más ambicioso, más disoluto, y hasta más cruel e inhumano porque estuve entre los hombres”, escribía. “Debe ser apartada de la multitud el alma débil aún y poco firme en la virtud: fácilmente comparte el sentir de la mayoría”, decía, después de criticar el circo que se montaba en los coliseos donde la gente celebraba los combates a muerte y perdía la cordura pidiendo sangre.

Entretenimiento barato, vulgar ha habido siempre. Y con tanta gente encerrada durante la pandemia, y con plata en la mano recién salida del horno lista para hacerla chichisco, era inevitable que el gasto se vuelque al mundo virtual. Y cómo no habían cadenas de logística funcionando para comprar cosas, bueno pues, vamos al vicio tan antiguo y viejo como el crédito y la prostitución: apostemos.

Y como no habían muchos deportes, el casino fue la bolsa de valores, que empezó a subir con el mundo parado en seco, desafiando las leyes de la gravedad, la inversión y el consumo. Bienvenida sea la inversión como entretenimiento, en esta era en la que todo es espectáculo, y en la que los payasos son elegidos como líderes por su capacidad de hacer show (nótese los casos de Johnny Fernández, Percy Fernández, Evo Morales, Donald Trump, Michael Saylor, Alberto Fernández, Javier Milei, Lula, Bolsonaro, Hugo Chávez, Maduro, Gabriel Boric, Boris Johnson, Elon Musk, Nayib Bukele). En esta era del payaso, los payasos se creen realeza, y ahora todos los charlatanes quieren tener una cuenta influyente de Twitter, forzando memes y frases vacías, y los payasos de la plebe creen que con ellos tomaron el Olimpo, que estos sus dioses los quieren, y que los cuidan, y han sido fácilmente convencidos en convertirse en frailes y misioneros y hacer el trabajo de la evangelización.

Pero hago hincapié en los arquetipos: de haber nacido en otra época, los nacionalistas cripto hubieran sido fanáticos de algún otro culto. Quizá se hubieran enlistado en el ejército de su rey, o hubieran sido bárbaros que invaden Roma, o hubieran asaltado en alguna Cruzada el Santo Sepulcro, o hubieran seguido las hordas de Genghis Khan, o ciegamente a Sócrates, o ciegamente a Putin de haber nacido en Rusia (aunque algunos sin nacer en Rusia lo hacen). Hubieran invertido en tulipanes, o en acciones de la South Sea Company en el siglo 18, hubieran quebrado en las crisis de principios del siglo 20, o hubieran perdido un montón de plata en el dot-com-bubble a finales de los '90. Esta cualidad humana trasciende tiempo, espacio y lenguajes. ¿Por qué? No sé. Sólo sé que hay que hacernos conscientes de ello, y de la existencia de lobos charlatanes tratando de seducirnos a nosotros, las ovejas.

Retorno, como siempre, a la frase de Sir Benjamin Brodie:

“Hay epidemias tanto de opinión como de enfermedad, y prevalecen tanto entre las clases sociales educadas como entre las no educadas. La energía y la sinceridad de los fanáticos es poderosa en todas las épocas, y arrastra consigo la convicción de esa gran parte de la humanidad que no investiga ni piensa por sí misma. Es, en efecto, un hecho triste, que una gran ampliación de la educación y el conocimiento no produce ninguna mejora correspondiente en este sentido. Aún así, al final, prevalece la sensatez. Los errores y los engaños duran solo un tiempo. Aquellos que deshonran a una época desaparecen, y son relevados por aquellos que deshonran a la siguiente. Pero una verdad, una vez establecida, permanece indiscutible, y la sociedad, en general, avanza.”

El problema con la criptonización de las masas no es el cripto, sino que la criptonita de las masas es el fanatismo. Y siempre, siempre van a haber bullshitters, impostores y fanfarrones dispuestos a explotar esto. Dependerá de cada uno darse cuenta de cuándo está cayendo en un nacionalismo, porque todos caemos. Lo loco es que aún así la sociedad, en general, avanza.

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Benjamin Brodie: indagaciones psicológicas sobre fanáticos
La energía y la sinceridad de los fanáticos es poderosa en todas las épocas, y arrastra consigo la convicción de esa gran parte de la humanidad que no investiga ni piensa por sí misma. Pero los errores y los engaños duran solo un tiempo, y prevalece la sensatez, y la sociedad, en general, avanza.
CRIPTO, CREATORS Y CHARLATANES, CAPÍTULO 13

George Orwell: Notas sobre el Nacionalismo (ensayo completo, 36 minutos)
En tiempos como los que estamos viviendo, los extremismos en todas sus formas resurgen con fuerza. En este ensayo, George Orwell establece una definición del nacionalismo que vas más allá del lugar geográfico, como un estado de rigidez mental en el que no tiene cabida ni el debate ni la reflexión.
CRIPTO, CREATORS Y CHARLATANES, CAPÍTULO 14

Nassim Taleb: Los Grupos
Si el lector quiere entender a qué me refiero cuando hablo de la arbitrariedad de las categorías, considere la situación de la política polarizada. La próxima vez que un marciano visite la Tierra, intente explicarle por qué quienes están a favor del aborto también se oponen a la pena de muerte.
CRIPTO, CREATORS Y CHARLATANES, CAPÍTULO 15

Séneca: Rehuir la multitud y buscar la compañía selecta
¿Preguntas qué es, a mi juicio, lo que debes ante todo evitar? La multitud. No puedes convivir con ella sin peligro. Por mi parte te confesaré mi debilidad: nunca vuelvo a casa con el mismo temple con que salí; algo del equilibrio interior se altera y reaparece alguna de las pasiones que ahuyenté.
CRIPTO, CREATORS Y CHARLATANES, CAPÍTULO 16

Concepción Arenal: El delito colectivo, capítulo 4
La exaltación, que extravía cuando se arenga, se discute o se toman determinaciones, enloquece en el combate; entonces se multiplican unos por otros todos los elementos perturbadores de la razón y de la justicia—el combate es una especie de epilepsia contagiosa con accesos homicidas.
CRIPTO, CREATORS Y CHARLATANES, CAPÍTULO 18

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