¿Qué es Conectorium?


Una casa para curiosos que gustan de saber de todo un poco y saltar de tema en tema; o sea, una enciclopedia. Su tema central es el comportamiento del humano; o sea, su economía, su política, su sociedad, su psicología, su filosofía, su historia (que ama jugar a la repetición, como todo en el Universo).

Como toda enciclopedia, su contenido es circular: se puede surfear de artículo en artículo, de link en link, de tag en tag. Literalmente, todo está conectado. Una cosa lleva a la otra, y el origen es el fin (como en toda acción, que siempre nace a causa de un objetivo).

En la página inicial están todas las entradas de esta enciclopedia—o entradas a este laberinto—, que son casi siempre extractos de libros. En cada artículo siempre vas a encontrar la fuente (y el contexto y el traductor, todo con mucho rigor), y quizás un enlace al libro en PDF, porque tenemos disponible una colección de libros. Entonces, Conectorium es también una biblioteca; una en la que los libros están conectados por series, @menciones, #tags, notas y citas.

Finalmente, la lectura es una cita con vos mismo que, paradójicamente, te hace sentir acompañado. Y los que leemos ya sabemos que, medida que más lo hacemos, mejor comprendemos lo que sucede, y mejor nos adaptamos al ritmo del baile que la historia nos concede.


Der Bücherwurm, Carl Spitzweg (1850)

Versión académica

Conectorium es una revista y enciclopedia, curiosity-driven, de literatura intertextual e hipertextual. Juega con la hipótesis de Emerson, traducida por Borges, que reza: “Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente”[1]. La idea es repetitiva en el trabajo de JLB, que escribió también que “todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y es anónimo”[2], y que en una entrevista dejó dicho que “todos los libros son un solo libro[3].

A finales del siglo 18, Voltaire escribe: “Lo que multiplica los libros, a pesar de la ley de no multiplicar las cosas sin necesidad, es que de libros hacemos otros libros”; el subrayado, mío, no necesita más explicaciones. La frase continúa: “es con varios tomos ya impresos que fabricamos una nueva historia de Francia o de España sin añadir nada nuevo”[4]. Aquí siempre se añade algo nuevo, se le hace honor a lo que Umberto Eco describe como “creatividad crítica—criticar lo que estamos haciendo o inventar mejores formas de hacerlo—”, porque “es la única marca de la función intelectual”[5].

Con una nueva forma de leer libros, este espacio reivindica libros de vieja forma, todos con el mismo fondo (filosófico). Es un continuum adaptado al ritmo y necesidades de este tiempo: lecturas cortas, read hopping, link surfing, contexto, generalismo, causas y efectos de segundo y demás órdenes. Vuelvo a Voltaire, que también dijo: “Pongámonos de acuerdo: todo efecto tiene evidentemente su causa, si nos remontamos de causa en causa en el abismo de la eternidad; pero no toda causa tiene su efecto, si descendemos hasta el fin de los siglos. Confieso que todos los acontecimientos son producidos unos por otros; si el pasado engendra el presente, el presente engendra el futuro; todo tiene padres, pero no todo tiene hijos”[6]. Pongámonos de acuerdo: aquí buscamos entender el presente por medio del pasado, y engendrar el futuro—“el pasado es la llave del futuro”, dijo Wilde[7]—, pero solo observamos lo que tuvo hijos y lo que es más probable que suceda: aquello que sirvió de meta o hipotexto, y aquello que sirve de contexto para lo que viene después; si el rigor es mi pastor, nada me faltará.

Todo está conectado; si paso a paso, como en la Cadena de Voltaire, o al mismo tiempo, como en el Aleph de Borges, es difícil que podamos descifrarlo, pero podemos jugar a hacerlo.

P.D.: Si hablo en plural es porque contengo multitudes.


  1. Jorge Luis Borges, Prólogos con un Prólogo de Prólogos, Thomas Carlyle: De Los Héroes / Ralph Waldo Emerson: Hombres Representativos; 1975. ↩︎

  2. Borges, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, II; 1940. ↩︎

  3. Jorge Luis Borges, Osvaldo Ferrari, En Diálogo I, cap. 3; 2005. ↩︎

  4. Voltaire, Questions sur l'Encyclopédie, Livres; 1774. ↩︎

  5. Umberto Eco, The Art of Fiction No. 197: An Interview by Lila Azam Zanganeh; The Paris Review, 2008. ↩︎

  6. Voltaire, Dictionnaire Philosophique, Portatif; Chaîne des événements; 1764. ↩︎

  7. Oscar Wilde, The Rise of Historical Criticism, cap. 3; 1908. ↩︎



Acción poética, versión filosófica
El mundo de la pseudo-filosofía, y todas sus cuentas que pululan el metaverso, está plastificado con la frase de Aristóteles: “El propósito del conocimiento es la acción, no el conocimiento”. El adagio, mal traducido y siempre sacado de contexto por jóvenes que nunca han leído a Aristóteles, sirve como invitación a la cultura del hustle y omite la introducción que dice que los jóvenes no deberían estudiar política porque se dejan llevar por las pasiones, y que estudiar política solo sirve si “la finalidad no es el conocimiento, sino la práctica”. Las prácticas cambian y ya no entendemos lo mismo por política que los antiguos griegos. Por culpa de nuestra cultura, tan diferente, tenemos los políticos que tenemos; o tenemos los políticos que tenemos y por su culpa tenemos esta cultura. Los caminos de ida en caminos de regreso se transforman, porque eso, una puerta giratoria, no más que eso, es la historia”, canta Jorge Drexler en su Bolivia—casualmente, o causalmente, nido de este experimento. Pero Drexler habla más de migraciones, así que vuelvo a Grecia, origen de mi nombre de origen romano, de donde vinieron y a donde volvieron algunos de nuestros ancestros. Ellos declaraban que la búsqueda de conocimiento iniciaba sin propósito, sin fin, por puro asombro y amor puro al conocimiento. Saber por amor a saber; no necesariamente por ser más inteligente, o rendir mejor en el trabajo, o ser mejor persona, o ganar más plata, o aprender mind hacks y encontrar shortcuts. Saber como entretenimiento. Leer por amor a leer, a la escritura, al rigor. Leer por amor a la estética y al ingenio. Filosofía, como proponía Séneca, como camino hacia la sabiduría. Sea ese el fin de este proyecto; por lo tanto, el origen de esta acción. El origen es el fin. Y aquí eso también sucede—literalmente.

Borges, a quien recurro como uno recurre a un abuelo, se planteó: “¿de qué manera un libro puede ser infinito?” Antes de jugar con el tiempo más que con el espacio, pensó en la idea “de un volumen cíclico, circular”, o de una “obra platónica, hereditaria, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de los mayores”. Jugó también con la idea de Shahrazad jugando con las 1001 Noches. Esto, en El Jardín de Senderos que se Bifurcan, obra inspiración de lo hipertextual, obra mayúscula intertextual, oda a la física cuántica. Como yo carezco de la razón para comprender la contemporaneidad de una multitud de universos, pero me sobran versos para razonar mis multitudes, me quedo en el terreno de nuestro jardín y en la posibilidad de que “todos los libros son un solo libro”. Si “escritos por un solo autor”, solo es posible si este tiene la amplitud que se cantó Whitman a sí mismo.

Como cualquier autor que escribe mucho, este Uno está destinado a plagiarse, a repetir sus ideas, o a citarse continuamente. La justificación la da André Gide: “Todo lo que necesita decirse ya se ha dicho antes; pero como nadie estaba escuchando, todo tiene que decirse de nuevo”. Si los libros están hechos de otros libros, como describió Voltaire, estos tienen que estar conectados por plagios, notas, ideas y citas. En el último caso, en palabras de Montaigne, remixeadas, “no se cita a otros sino para expresar el pensamiento de manera más diestra”. Julio Cortázar lo dijo más lindo en su libro que remixea un título de Julio Verne: “citar es citarse”. Se lee y se refleja uno en otros, sin importar su tiempo y su espacio. Se maravilla, y continúa su labor, “parado sobre hombros de gigantes”, como dijo Newton parafraseando a Bernardo de Chartres. Para algunos curiosos, es inevitable querer compartir lo que se lee, citarlo y recitarlo; “descubrir el secreto y comunicarlo”, escribirlo “para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente”, como escribió María Zambrano. La tarea es ineludible: Schopenhauer dijo, según Einstein: “El hombre puede hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiere”. No seguir esos quereres angustia, y la “angustia no se resuelve sino con actividad”. Me retiro entonces, como Ts’ui Pên, “a escribir un libro. Me retiro a construir un laberinto”. Y si en el camino “me contradigo, pues muy bien, me contradigo”; es parte del amor al asombro.

Sea el orden de este jardín el designado por José Cadalso: “Cuando vi el ningún método que el mundo guarda en sus cosas, no me pareció digno de que estudiase mucho el de escribirlas. Así como vemos al mundo mezclar lo sagrado con lo profano, pasar de lo importante a lo frívolo, confundir lo malo con lo bueno, dejar un asunto para emprender otro, retroceder y adelantar a un tiempo, afanarse y descuidarse, mudar y afectar constancia, ser firme y aparentar ligereza, así también yo quiero escribir con igual desarreglo”.

Gracias, y bienvenido,
Julio*