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Lecturas de política, historia y filosofía. Extractos de libros y ensayos. Contenido conectado entre sí.

Plataforma de literatura política, histórica y filosófica (y también estética).

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Me llamo Julio Antelo Reimers, y lo que yo escribo está marcados con un *.


Pilares:

  • El fin es presentar lecturas atemporales.
  • La historia y la filosofía nos ayudan a observar la conducta humana a través del tiempo y el espacio: todo lo que pasa hoy ya pasó alguna vez, de alguna manera, en algún lugar. No hay nada nuevo bajo el sol y el pasado es la llave del futuro.
  • «Todo pasa»: todo puede pasar, todo se termina, todo ya pasó antes. Los remedios para nuestros problemas ya han sido escritos, y esta es una enciclopedia que los contiene. Poco hay que se pueda decir que no se haya dicho antes (pero, como nadie escucha, hay que decirlas de nuevo).
  • Una cosa lleva a la otra y todo está conectado, y así también funciona el contenido servido aquí, literalmente (a través de citas, confers, series).

Inspiración filosófica

El mundo de la pseudo-filosofía, y todas sus cuentas que pululan el metaverso, está plastificado con la frase de Aristóteles: “El propósito del conocimiento es la acción, no el conocimiento”. El adagio, mal traducido y siempre sacado de contexto por jóvenes como yo que nunca han leído a Aristóteles, sirve como invitación a la cultura del hustle y omite la introducción que dice que los jóvenes no deberían estudiar política porque se dejan llevar por las pasiones, y que estudiar política solo sirve si “la finalidad no es el conocimiento, sino la práctica”.

Las prácticas cambian y ya no entendemos lo mismo por política que los antiguos griegos. Por culpa de nuestra cultura, tan diferente, tenemos los políticos que tenemos; o tenemos los políticos que tenemos y por su culpa tenemos esta cultura. Los caminos de ida en caminos de regreso se transforman, porque eso, una puerta giratoria, no más que eso, es la historia”, canta Jorge Drexler en su Bolivia—casualmente, o causalmente, nido de este experimento. Pero Drexler habla más de migraciones, así que vuelvo a Grecia, origen de mi nombre de origen romano, de donde vinieron y a donde volvieron algunos de nuestros ancestros. Ellos declaraban que la búsqueda de conocimiento iniciaba sin propósito, sin fin, por puro asombro y amor puro al conocimiento. Saber por amor a saber; no necesariamente por ser más inteligente, o rendir mejor en el trabajo, o ser mejor persona, o ganar más plata, o aprender mind-hacks y encontrar shortcuts. Saber como entretenimiento. Leer por amor a leer, a la escritura, al rigor. Leer por amor a la estética y al ingenio. Filosofía, como proponía Séneca, como camino hacia la sabiduría. Sea ese el fin de este proyecto y, por lo tanto, el origen de esta acción. El origen es el fin. Y aquí eso también sucede—literalmente.

Borges, a quien recurro como uno recurre a un abuelo (platónico), se planteó: “¿de qué manera un libro puede ser infinito?” Antes de jugar con el tiempo más que con el espacio, pensó en la idea “de un volumen cíclico, circular”, o de una “obra platónica, hereditaria, en la que cada nuevo individuo agregara un capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de los mayores”. Jugó también con la idea de Shahrazad jugando con las 1001 Noches. Esto, en El Jardín de Senderos que se Bifurcan, obra inspiración de lo hipertextual, obra mayúscula intertextual, oda a la física cuántica. Como yo carezco de razón para comprender la contemporaneidad de una multitud de universos, pero me sobran versos para razonar mis multitudes, me quedo en el terreno de nuestro jardín y en la posibilidad de que sea verdad que “todos los libros son un solo libro” (si la verdad existe). Si todos los libros fueron “escritos por un solo autor” atemporal, “un solo caballero omnisciente”, como proponían Borges y Emerson, solo es posible si éste tiene la amplitud que se cantó Whitman a sí mismo.

Como cualquier autor que escribe mucho, éste Uno está destinado a plagiarse, a repetir sus ideas, o a citarse continuamente. La justificación la da André Gide: “Todas las cosas ya han sido dichas; pero como nadie escucha, siempre hay que empezar de nuevo”. Hay que decirlo de nuevo. Si los libros están hechos de otros libros, como describió Voltaire, estos tienen que estar conectados por ideas parecidas, citas, notas y plagios. En el último caso, en palabras de Montaigne, remixeadas, “no se cita a otros sino para expresar el pensamiento de manera más diestra”. Julio Cortázar lo dijo más lindo en su libro que remixea un título de Julio Verne: “citar es citarse”.

Se lee y se refleja uno en otros, sin importar su tiempo y su espacio. Se maravilla, y continúa su labor, “parado sobre hombros de gigantes”, como dijo Newton parafraseando a Bernardo de Chartres. Para algunos curiosos, es inevitable querer compartir lo que se lee, citarlo, recitarlo y re-citarlo. “Descubrir el secreto y comunicarlo”, escribirlo “para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente”, como escribió María Zambrano. La tarea es ineludible. Schopenhauer dijo, según Einstein: “El hombre puede hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiere”. No seguir esos quereres angustia, y la “angustia no se resuelve sino con actividad”.

Obligado por algo que no sé qué es y que no puedo controlar, pero que acepto con estoicismo, me retiro entonces, como Ts’ui Pên, “a escribir un libro. Me retiro a construir un laberinto”. Y si en el camino “me contradigo, pues muy bien, me contradigo”; es parte del amor al asombro.

Sea el orden de este jardín de senderos que se bifurcan el designado por José Cadalso: “Cuando vi el ningún método que el mundo guarda en sus cosas, no me pareció digno de que estudiase mucho el de escribirlas. Así como vemos al mundo mezclar lo sagrado con lo profano, pasar de lo importante a lo frívolo, confundir lo malo con lo bueno, dejar un asunto para emprender otro, retroceder y adelantar a un tiempo, afanarse y descuidarse, mudar y afectar constancia, ser firme y aparentar ligereza, así también yo quiero escribir con igual desarreglo”.

Bienvenido,
Julio*