Jaime Balmes: ética del suicidio y la inmortalidad

El deseo de la conservación de la vida y el horror a la muerte, es un indicio de que no están en nuestra mano. Los animales, como obedecen ciegamente al instinto de la naturaleza, no se suicidan nunca; solo el hombre—en fuerza de su libertad—puede perturbar de manera tan monstruosa el orden natural.

Jaime Balmes: ética del suicidio y la inmortalidad
Contexto Condensado

Jaime Balmes nace en agosto de 1810, y el destino depara que va a vivir sólo 37 años. A lo largo de su tiempo, se dedicará a la teología, filosofía, sociología y a escribir sobre política. Será también sacerdote. Morirá de tuberculosis justo cuando era nombrado miembro de la Real Academia Española, luego de ser nombrado socio de la Academia de Religión de Roma. Tendrá éxito y, por lo tanto, tendrá enemigos. Tendrá que dedicar sus últimos años a vindicarse. Y será criticado, como todos, después de la muerte. Miguel de Unamuno escribirá de él:

Por Balmes me enteré de que había un Kant, un Descartes, un Hegel. Apenas entendía yo palabra de su Filosofía Fundamental—esa obra tan endeble entre las endebles obras balmesianas—... El espíritu del publicista catalán, una especie de escocés de quinta mano, tenía no poco de infantil; simplificaba todo lo que criticaba, ganando la discusión en claridad cuando perdía en exactitud la exposición de las doctrinas criticadas... Balmes no me dio de Hegel sino la cáscara, peladuras de ésta, pero de ellas brotó pulpa.

Balmes le sirvió a Unamuno como gateway drug hacia la filosofía. Después le quedó pandito. Pero con él coincidirá en algunas ideas, como se coincide siempre, a veces, con todos los enemigos que alguna vez le tocaron a uno el intelecto. Balmes escribirá, en su Ética, publicada en 1847: “El deseo de la conservación de la vida, y el horror a la muerte, es un indicio de que no están en nuestra mano”. Esto es publicado un año antes de morir en su Curso de Filosofía Elemental, dividido en: Lógica, Metafísica, Ética, Historia de la Filosofía. De la Ética tomamos la sección sobre el suicidio, y la casamos con la propuesta de un personaje de Borges a otro personaje que era su amigo: para seguir discutiendo sobre la inmortalidad del alma, ¿por qué no nos suicidamos? Balmes dará una respuesta moral a la consulta.

Autor: Jaime Balmes

Libro: Filosofía Elemental

Parte: Ética (1847)

Capítulo 15, sección 5: El Suicidio

Al tratar de las obligaciones del hombre para consigo, ocurre la cuestión del suicidio. Es de notar que la inmoralidad de este acto no puede fundarse únicamente en las relaciones del individuo con la familia o la sociedad; de otro modo, se seguiría que el que estuviese falto de ellas podría atentar contra su vida.

La razón fundamental de la inmoralidad del suicidio está en que el hombre perturba el orden natural, destruyendo una cosa sobre la cual no tiene dominio. Somos usufructuarios de la vida, no propietarios; se nos ha concedido el comer de los frutos del árbol, y con el suicidio nos tomamos la libertad de cortarle.

El deseo de la conservación de la vida, y el horror a la muerte, es un indicio de que no están en nuestra mano. Los brutos animales, como obedecen ciegamente al instinto de la naturaleza, no se suicidan nunca; solo el hombre, en fuerza de su libertad, puede perturbar de una manera tan monstruosa el orden natural.

El suicida, o ha de negar la inmortalidad del alma, o comete la mayor de las locuras. Si se atiene a lo primero, afirmando que después de esta vida no hay nada, el suicidio no se excusa, pero se comprende; y por desgracia se nota que donde cunde la incredulidad, allí cunde también esta manía criminal. Pero, si el suicida conserva, no diré la seguridad, pero siquiera la más leve duda sobre la existencia de la otra vida, ¿cómo se explica tamaña temeridad? ¿Quién le ha hecho árbitro de su destino futuro, de tal modo, que pueda adquirirlo cuando bien le parezca? Al presentarse delante de su Criador, en el mundo de la eternidad, ¿qué podrá responder, si se le dice: “quién te ha dicho que estaba terminada tu carrera sobre la tierra? ¿por qué la has abreviado por tu sola voluntad? El que debía sacarte de la tierra, ¿no es acaso el mismo que te puso en ella? La razón, el instinto de la naturaleza, ¿no te estaban diciendo que el atentar contra tu vida era un acto contrario a la ley que se te había impuesto?” ¿Quién te autoriza para ir al otro mundo a buscar otro destino? ¿No sería justo, justísimo, que en vez de felicidad encontrases la desdicha? He aquí, pues, cómo el suicidio, siempre inexcusable, no puede ni siquiera comprenderse sino como una temeridad insensata en quien abrigue duda sobre si hay algo después de la muerte; y así, es muy natural lo que enseña la experiencia, de que se encuentran tan pocos suicidas cuando se conservan las ideas religiosas. Este es un buen barómetro para juzgar de la religiosidad de los pueblos: si son muchos los que atentan contra su vida, señal es que se han enflaquecido las creencias sobre la inmortalidad del alma.


Cf. de Conectorium:

Borges: Diálogo sobre un diálogo
Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, su voz repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante.
Miguel de Unamuno: El hambre de inmortalidad
Me dan raciocinios en prueba de lo absurda que es la creencia en la inmortalidad del alma; pero no me hacen mella: son razones y nada más que razones, no es de ellas de lo que se apacienta el corazón. No quiero morirme, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, y por esto me tortura el problema...

#español#inmortalidad del alma#suicidio