Borges: Diálogo sobre un diálogo

Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, su voz repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante.

Borges: Diálogo sobre un diálogo
Contexto Condensado

Entramos en el tema de la inmortalidad del alma. Vamos a hacer esto simple: si el alma es inmortal, y además conserva memoria después de la muerte—como le hubiera encantado a Unamuno—, para quienes creen esto con fervor, hay una solución sencilla para averiguarlo:

Autor: Jorge Luis Borges

Relato breve: Diálogo Sobre un Diálogo (1960)

A. —Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón).—Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística). —Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.


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Cf. de Conectorium:

Jaime Balmes: ética del suicidio y la inmortalidad
El deseo de la conservación de la vida y el horror a la muerte, es un indicio de que no están en nuestra mano. Los animales, como obedecen ciegamente al instinto de la naturaleza, no se suicidan nunca; solo el hombre—en fuerza de su libertad—puede perturbar de manera tan monstruosa el orden natural.
Miguel de Unamuno: El hambre de inmortalidad
Me dan raciocinios en prueba de lo absurda que es la creencia en la inmortalidad del alma; pero no me hacen mella: son razones y nada más que razones, no es de ellas de lo que se apacienta el corazón. No quiero morirme, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, y por esto me tortura el problema...
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