Ouida: El estado como preceptor inmoral

La diseminación de la cobardía es un mal mayor que el aumento de cualquier mal físico. Dirigir la mente de los hombres hacia sus cuerpos es convertirlos en un grupo tembloroso de idiotas. El microbio puede o no existir; pero los terrores generados en su nombre son males peores que cualquier bacilo.

Ouida: El estado como preceptor inmoral
Portada de la NAR de agosto de 1891 y la primera página del ensayo de Ouida
Contexto Condensado

Marie Louise Ramé pronunciaba su segundo nombre como “Ouida” cuando era chica, y eligió esa pronunciación como pseudónimo literario. Escribió un montón de novelas, entre ellas 7 adaptadas al cine, un par con varios remakes: la última A Dog of Flanders, dirigida por Kevin Brodie (1999), y la otra Under Two Flags que, como La Peste de Camus, está ambientada en Argelia. Escribió relatos, libros para niños y ensayos para muy grandes, entre ellos la crítica feroz del estado publicada en agosto de 1891, a sus 52 años, en el volumen 153 de la North American Review, titulada The State as an Inmoral Teacher. Este artículo de Ouida, si bien es fácil de encontrar en internet, no es tan famoso como pudiera serlo en este tiempo que repite las mismas crisis sociales, y no figura ni en sus páginas de Wikipedia. Hasta ahora no se le podía encontrar una traducción al español; creo que tampoco en otros idiomas.

Sirvo a continuación un par de extractos del mismo como octavo capítulo de nuestra serie Sobre la Vacunación (el link al libro completo está al final). Dejo las partes que refieren a los principios de la teoría microbiana; las vacunas contra la rabia, ántrax y cólera de Pasteur; y el trabajo de Robert Koch que se convirtió en la vacuna contra la tuberculosis, enfermedad que se llevó al traductor de Darwin que leímos recientemente, con tan solo 30 años. Darwin decía que “cualquier gobierno es mejor que la anarquía”, Ouida opinaba lo mismo; pero más chico y con más fuerza lo suyo no era la ciencia sino lo social. La fuerza de sus reclamos y los reclamos hechos por continuar sobre una narrativa la terminaron emparentando con la narrativa anarquista de su época—a ella y a otros no tan izquierdos. Emma Goldman, la principal escritora y activista del movimiento, la cita en su ensayo más icónico sobre el tema (en el que cita muchos otros grandes)—años después Goldman es deportada a Rusia, y los menos duros mantienen su libertad de expresión. En la misma bolsa anti-autoritarismo cabían: los verdes, los igualitarios, los zurdos hoy de derecha, es decir, los libertarios, que antes eran anarquistas, socialistas y marxistas, también parte del mismo movimiento intelectual y etiqueta.

Quick facts sobre The North American Review: fue la primera revista literaria en USA. Fundada en Boston en 1815, sigue viva hasta hoy, pero la guerra interrumpió su trabajo en 1940—hasta 1964. En 1891 llegó a tener un tiraje de 76.000 ejemplares. Cuenta entre sus colaboradores históricos a gente como Walt Whitman, Mark Twain, Kurt Vonnegut, Margaret Atwood, H.G. Wells, Joseph Pulitzer, Andrew Carnegie (dueño de la alguna vez empresa industrial más grande y con más ganancias del mundo), y los presidentes de USA: Harrison, McKinley, Wilson, Roosevelt y Abraham Lincoln. No biggie.


Autora: Ouida

Artículo: El estado como preceptor inmoral (1891)

Extracto 1

...Como sea que hayan sido en otros aspectos los males que acompañaron otras épocas además de esta, esas épocas fueron favorables para el desarrollo de la individualidad y, por lo tanto, del genio. La época actual se opone a tal desarrollo; y mientras más el estado manipule al hombre, la destrucción de la individualidad y la originalidad será más completa. El estado necesita una maquinaria militar en la que no haya tropiezo, un fisco en el que nunca haya déficit, y un público monótono, obediente, descolorido, sin espíritu, moviéndose unánime y humildemente como un rebaño de ovejas por un camino recto entre dos muros[1]...

Se ha reprochado a los siglos precedentes a este que en ellos el privilegio ocupase el lugar de la ley; pero, aunque el privilegio era caprichoso, y a menudo injusto, siempre era elástico, a veces benigno: la ley—la ley civil, como la que el estado monta e impone—nunca es elástica y nunca es benigna. Es un motor que rueda sobre sus propias líneas de hierro, y aplasta lo que encuentra opuesto a él, sin tener en cuenta la excelencia de lo que puede destruir. La nación, como el niño, o se embrutece porque la taladran, o queda castrada porque se le prescriben continuamente todas las acciones y opiniones. Es dudoso si alguna precaución o algún sistema puede abarcar lo que el estado, en muchos países, se está esforzando en hacer ahora, por regulación y prohibición, para prevenir la propagación de enfermedades infecciosas. Pero es cierto que los terrores nerviosos inspirados por las leyes y reglamentos del estado engendran una enfermedad de la mente más dañina que los males corporales que tanto absorben al estado. Ya sea que la inoculación de Pasteur contra la rabia sea una maldición o una bendición para la humanidad, no puede haber duda de que las ideas exageradas que crea, la importancia ficticia que le presta a lo que antes era una enfermedad muy rara, los horrores de pesadilla que invoca, y las mentiras que sus propagandistas se ven obligados a inventar para justificar sus pretensiones, producen una demencia y una histeria en la mente pública que es una enfermedad mucho más extendida y peligrosa de lo que se podría haber convertido la mera rabia (sin la ayuda de la ciencia y el gobierno).

La diseminación de la cobardía es un mal mayor que lo que sería el aumento de cualquier mal físico. Dirigir las mentes de los hombres en terror nervioso hacia sus propios cuerpos es convertirlos en un grupo tembloroso y estremecido de idiotas postrados. El microbio puede o no existir; pero los terrores nerviosos generados en nombre del microbio son males peores que cualquier bacilo. Es oficio del fisiólogo incrementar estos terrores; vive por ellos, y solo por ellos existe; pero cuando el estado toma sus extravagancias y charlatanerías en serio y las obliga sobre el público como ley, el efecto es física y mentalmente desastroso. El cólera es lo suficientemente malo como enfermedad; pero es mucho peor el egoísmo brutal, el terror que paraliza, las agonías convulsivas con las que se enfrenta y que el estado hace tanto por aumentar en todos los países. Solo el miedo mata a las cinco décimas partes de sus víctimas, y durante su última visita a las calles de Nápoles, la gente saltaba de sus asientos, gritaba que tenía cólera y caía muerta en convulsiones causadas por puro pánico, mientras que en muchos lugares del campo los aldeanos disparaban contra los trenes que imaginaban que podrían llevar la enfermedad temida entre ellos. Este tipo de pánico no puede ser completamente controlado por ningún estado, pero puede ser mitigado por una moderación juiciosa, en vez de ser, como ahora, intensificado y perseguido por la prensa, los fisiólogos y los gobiernos de todo el mundo conocido...


  1. [Nota de Conectorium: citado por Emma Goldman en su ensayo Anarquismo: Lo que Realmente Significa.] ↩︎


Extracto 2

El estado reclama inmunidad por robo en aras de la conveniencia: entonces, también puede hacerlo el individuo. Si la ley civil está en conflicto y contradicción con la ley religiosa, como se ha demostrado en otra parte[1], no deja de estar en perpetua oposición a la ley moral y a todos los instintos más finos y generosos del alma humana. Predica el egoísmo como el primer deber del hombre, e inculca cuidadosamente la cobardía como la mayor sabiduría. En su intensa labor de curar los males físicos, no atiende las infamias que pueda sembrar en los campos espirituales de la mente y el corazón. Trata el altruismo como criminal cuando el altruismo significa indiferencia al contagio de cualquier enfermedad infecciosa. Las precauciones impuestas en tal enfermedad, despojadas de sus pretensiones, significan realmente el desnudo egoísmo del sauve qui peut [sálvese quién pueda]. El hacha usada sobre el rebaño que ha estado en contacto con otro rebaño infectado por pleuroneumonía o ántrax se usaría sobre el rebaño humano que sufre de tifoidea, o viruela, o fiebre amarilla, o difteria, si el estado tuviera el coraje de seguir sus propias enseñanzas hasta sus conclusiones lógicas. ¿Quién puede decir que no se usará así algún día en el futuro, cuando el aumento de la población haya alcanzado números insignificantes, y los terrores excitados por los fisiólogos una fuerza ingobernable? Hemos ganado poco con la emancipación de la sociedad humana de la tiranía de las iglesias si en su lugar la sustituimos por la tiranía del estado. Bien puede ser uno quemado en la hoguera como obligado a someterse a la profilaxis de Pasteur o a la linfa de Koch. Una vez que admitimos que la ley debe obligar a la vacunación contra la viruela, no hay razón lógica para negarse a admitir que la ley podrá imponer cualquier infusión o inoculación que sus asesores químicos y médicos puedan sugerirle. El primero de mayo de 1890, un cirujano francés, M. Lannelongue, tuvo en su hospital a un niño imbécil; se le ocurrió que le gustaría intentar trepanar al niño como cura para la imbecilidad. En palabras del informe:

“Cortó la sutura sagital y paralela a ella una incisión craneal larga y angosta desde la sutura frontal hasta la sutura occipital; esto resultó en una pérdida de sustancia de la parte ósea de 9 centímetros de largo y 6 milímetros de ancho, y un verdadero desbridamiento para el cerebro”.

Si este niño vive , y deja de ser imbécil, los padres de todos los idiotas, presumiblemente, se verán obligados por ley a someter a sus hijos a esta operación de trepanación y escisión. Tal ley sería el único problema lógico de las leyes higiénicas existentes. En el campo de batalla, el estado exige de sus hijos la más inquebrantable fortaleza; pero en la vida civil les permite, incluso les ordena, ser estúpidos desvergonzados. Un oficial enviado este año por la Oficina de Guerra Inglesa a ocupar un puesto distinguido en Hong Kong, recibió la orden de ser vacunado antes de ir allí; y la vacunación se convirtió en una condición del nombramiento. En este caso, se consideró a un hombre de treinta años como digno de confianza y empleo por parte del estado, pero tan tonto o un bebé en sus propios asuntos que no se podía confiar en que cuidara de su propia salud. No se puede convertir un carácter humano en uno temeroso y nervioso, y luego llamarlo para que tenga las más altas cualidades de determinación, capacidad y coraje. No se puede coaccionar y atormentar a un hombre, y luego esperar de él intrepidez, presencia de mente, y pronta inventiva en momentos peligrosos.

Hace unos años nadie pensaba que la mordedura de un perro sano tuviera la más mínima consecuencia: como bien ha dicho un veterinario, un rasguño de un clavo oxidado o de la lata dentada de una caja de sardinas es mucho más peligrosa que un diente de perro. Sin embargo, en los últimos cinco años, los fisiólogos y el estado, que los protege en todos los países, han logrado inocular la mente pública con terrores sin sentido, tanto que incluso el toque accidental de los labios de un cachorrito o la amable lamida de su lengua arrojan a miles de personas en una locura de miedo. El Dr. Bell ha dicho bien: “Pasteur no cura la rabia: la crea”. De la misma manera, el estado no cura ni la locura ni el miedo: crea ambos.

El estado es enemigo de toda volición en el individuo: por lo tanto, es enemigo de toda hombría, de toda fuerza, de toda independencia y de toda originalidad. Las exigencias del estado, desde sus monstruosos impuestos hasta sus irritantes regulaciones, están en continuo antagonismo con todos aquellos que tienen un carácter imperturbable y una visión clara…


  1. Ver el artículo: ¿Ha Fallado la Cristiandad?, North American Review, febrero de 1891. ↩︎


Entre muchas, frase destacada:

¿Por qué debería un hombre llenar una encuesta del censo, declarar sus ingresos a un recaudador de impuestos, ponerle bozal a su perro, enviar a sus hijos a escuelas que desaprueba, pedir permiso al estado para casarse o hacer perpetuamente lo que le disgusta o condena, porque el estado quiere que haga estas cosas? Cuando un hombre es un criminal, el estado tiene derecho a ponerle las manos encima; pero mientras sea inocente de todo delito, sus opiniones y objeciones deben ser respetadas.



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Ouida: “El estado como preceptor inmoral“ (libro completo, 22 minutos)
Primera traducción al español de esta crítica feroz al estado, donde se lo trata de abusivo, ilógico e inmoral.
LIBRO COMPLETO

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