Platón ft. Sócrates: inmortalidad del alma, parte 1

Lo relativo al alma produce grandes dudas por el miedo a que ya no exista, se destruya y muera con quien perece. Si verdaderamente estuviera en alguna parte, habría una hermosa esperanza. Tal vez requiera una demostración eso de que existe cuando se ha muerto, que puede obrar y tiene entendimiento.

Platón ft. Sócrates: inmortalidad del alma, parte 1
En la mitad izquierda: Sócrates discutiendo con Jenofonte (arriba de las dos figuras sentadas), al final del lado derecho, Platón, en La Escuela de Atenas de Rafael Sanzio (1510), Museos Vaticanos
Contexto Condensado

Nota 1) “Alma”, del latín anima, a su vez del griego ἄνεμος, anemos, “soplo, viento”.

Nota 2) El Hades griego se transformó en el latín infernus; no es raro encontrar en otras traducciones, como lo leímos en Voltaire, traducir infierno por hades.

Nota 3) Ningún extracto de Platón puede ser corto. Leerlo on repeat no es lindo como leer a Voltaire, pero, en este caso, se nos hace necesario. Partimos en 2 esta entrega sobre la fuente, el origen platónico de la concepción moderna de la inmortalidad del alma en el mundo occidental marcado por lo levantino-greco-romano y lo judeocristiano. Vemos también aquí un esbozo de la posibilidad de la resurrección, y el porqué esa idea, que hoy nos parecería increíble si alguien nos dice que otro alguien ha vuelto a la vida, podría haber sido aceptada cuando fue aceptada.

Leímos a Voltaire citar “el argumento que emplea Platón para demostrar la inmortalidad del alma”, y lo leímos criticar su lógica. Diremos que, ahora que lo leemos aquí, en primera persona la crítica está muy bien fundada, lo contrario al razonamiento platónico de Sócrates.

¿O lo leemos en segunda persona? Porque según el griego, en realidad, son palabras de Sócrates. Si no has leído nunca uno de sus diálogos, que no te sorprenda que a Sócrates sólo se le responda con un “sí, por supuesto”, “pero claro”; “ciertamente” es la norma. Ahora, Thomas Jefferson escribió: “De Sócrates no tenemos nada genuino salvo en las Memorabilia de Jenofonte; porque Platón le hace uno de sus interlocutores meramente para cubrir sus propias fantasías bajo el manto de su nombre; una libertad de la que, según nos dicen, se quejó el propio Sócrates”. Convengamos, entonces, lo conveniente: que la idea es de Platón.

Su famoso diálogo sobre la inmortalidad del alma se llama Fedón. Fedón de Elis era un filósofo, discípulo de Sócrates desde que éste pagó su liberación en Atenas luego de haber llegado como esclavo al ser apresado en una guerra. Se mantuvo a su lado incluso en las horas de la muerte de Sócrates, y le narró lo sucedido a Platón, que no estuvo ahí, pero que con base en eso compuso este diálogo ambientado en los últimos momentos de su maestro. Supongo que leemos lo que viene a continuación, entonces, en tercera persona. En cuarta, si consideramos a los transcriptores del texto original. En quinta, o en sexta persona, considerando (y agradeciendo) a los traductores del texto, María Araujo y Luis Gil.

No importa el tiempo, ni la cantidad de escritos, ni la cantidad de intermediarios, así no sea ninguno más que nosotros mismos buscando en nuestro interior, nunca podremos revelarnos la verdadera naturaleza del alma. Sabemos que esta idea se fundó por nuestro miedo a la muerte, o para consolarnos de ella. Sabemos que se refundó con la idea política de poner límites a nuestro comportamiento, porque sin límites nos volvemos locos. En Platón y Sócrates se mezclan el miedo, el consuelo y la política—quizá por eso tuvo tanto éxito. La religión, la filosofía y la ciencia nacen del mismo impulso, son caminos que buscan lo mismo: encontrar nuestros límites y nuestro lugar en este Universo, del que intuimos, un pedacito vive dentro nuestro, que es ese soplo de vida que nos anima.

Autor: Platón

Libro: Fedón, o Sobre el Alma (c. 399-380 a. C.)

[Tercera parte: Prueba basada en la existencia de contrarios]

[Sección 70a-72b - Diálogo entre Sócrates y Cebes]

Al acabar de decir esto Sócrates, Cebes, tomando la palabra, dijo:

—Oh Sócrates, todo lo demás me parece que está bien dicho, pero lo relativo al alma produce en los hombres grandes dudas por el recelo que tienen de que, una vez que se separe del cuerpo, ya no exista en ninguna parte, sino que se destruya y perezca en el mismo día en que el hombre muera, y que tan pronto como se separe del cuerpo y de él salga, disipándose como un soplo o como el humo se marche en un vuelo y ya no exista en ninguna parte. Pues, si verdaderamente estuviera en alguna parte ella sola, concentrada en sí misma y liberada de esos males que hace un momento expusiste, habría una grande y hermosa esperanza, oh Sócrates, de que es verdad lo que tú dices. Pero tal vez requiera una justificación y una demostración no pequeña eso de que existe el alma cuando el hombre ha muerto, y tiene capacidad de obrar y entendimiento.

—Verdad es lo que dices —replicó Sócrates—.

—Pero, ¿qué debemos hacer? ¿quieres que charlemos sobre si es verosímil que así sea, o no?

—Yo, por mi parte —repuso Cebes—, escucharía con gusto qué opinión tienes sobre ello.

—Al menos —dijo Sócrates—, no creo que ahora dijera nadie que me escuchase, ni aunque fuera un poeta cómico, que soy un charlatán y que hablo sobre lo que no me atañe. Así que, si te parece, será menester examinarlo. Y consideremos la cuestión de este modo: ¿tienen una existencia en el Hades las almas de los finados o no? Pues existe una antigua tradición, que hemos mencionado, que dice que, llegadas de este mundo al otro las almas, existen allí y de nuevo vuelven acá, naciendo de los muertos. Y si esto es verdad, si de los muertos renacen los vivos, ¿qué otra cosa cabe afirmar sino que nuestras almas tienen una existencia en el otro mundo?; pues no podrían volver a nacer si no existieran. Y la prueba suficiente de que esto es verdad sería el demostrar de una manera evidente que los vivos no tienen otro origen que los muertos. Si esto no es posible, sería preciso otro argumento.

—Exacto —dijo Cebes.

—Pues bien —prosiguió Sócrates—, si quieres comprender mejor la cuestión, no debes considerarla tan sólo en el caso de los hombres, sino también en el de todos los animales y plantas; en una palabra, tenemos que ver con respecto a todo lo que tiene un origen, si éste no es otro que su contrario en todos los seres que tienen algo que está con ellos en oposición análoga a aquella en que está lo bello con respecto a lo feo, lo justo con lo injusto, y otras innumerables cosas que están en la misma relación. Esto es, pues, lo que tenemos que considerar, si es necesario que todos los seres que tienen un contrario no tengan en absoluto otro origen que su contrario. Un ejemplo: cuando una cosa se hace mayor ¿no es necesario que de menor que era antes se haga luego mayor?

—Sí.

—Y en el caso de que se haga más pequeña, ¿no ocurrirá que de mayor que era primero se hará después menor?

—Así es —contestó.

—¿Y no es verdad que lo más débil procede de lo más fuerte y lo más rápido de lo más lento?

—Por supuesto.

—¿Y qué? ¿Lo que se hace peor, no procede de lo mejor, y lo más justo, de lo más injusto?

—Indudablemente.

—¿Tenemos entonces probado —preguntó Sócrates— de un modo satisfactorio, que todo se produce así, que las cosas contrarias nacen de sus contrarias?

—Sin duda.

—¿Y qué respondes ahora? ¿No hay en eso algo así como dos generaciones entre cada par de contrarios, una que va del primero al segundo y otra que va, a su vez, del segundo al primero? Entre una cosa mayor y una menor ¿no hay un aumento y una disminución? ¿Y no llamamos, en consecuencia, al primer acto aumentar y al segundo disminuir?

—Sí —contestó.

—¿Y con respecto al descomponerse y al componerse, al enfriarse y al calentarse, y a todas las cosas que ofrecen una oposición semejante, aunque a veces no tengamos nombres para denominarlas, no ocurre de hecho lo mismo en todas ellas necesariamente, que tienen su origen las unas en las otras y que la generación va mutuamente de cada una de ellas a su contraria?

—En efecto —dijo.

—Entonces ¿qué? —replicó Sócrates— ¿Hay algo que sea contrario al vivir de la misma manera que el dormir es contrario al estar despierto?

—Si, lo hay —respondió.

—¿Qué?

—El estar muerto.

—¿Y no se origina lo uno de lo otro, puesto que son contrarios? ¿y no son dos las generaciones que hay entre ambos, puesto que son dos?

—Imposible es negarlo.

—Pues bien —prosiguió Sócrates—, yo te voy a hablar a ti de una de esas parejas a las que me refería hace un momento, de ella y de sus generaciones, y tú me vas a hablar a mí de la otra. Se trata del dormir y del estar despierto, y digo que del dormir se origina el estar despierto y del estar despierto el dormir, siendo las generaciones de ambos una el dormirse y la otra el despertarse. ¿Te basta con lo dicho, o no?

—Desde luego que sí.

—Responde tú ahora de igual manera —añadió—, a propósito de la vida y de la muerte. ¿No afirmas que el estar muerto es lo contrario del vivir?

—Sí.

—¿Y que se origina lo uno de lo otro?

—Sí.

—Entonces, ¿qué es lo que se produce de lo que vive?

—Lo que está muerto —respondió.

—¿Y qué se produce —replicó Sócrates— de lo que está muerto?

—Lo que vive, necesario es reconocerlo.

—¿Proceden, entonces, de lo que está muerto, tanto las cosas que tienen vida, como los seres vivientes?

—Es evidente —respondió.

—Luego nuestras almas existen en el Hades.

—Tal parece.

—Y de las dos generaciones que aquí intervienen, ¿no es obvia la una?; pues el morir es cosa evidente sin duda. ¿No es verdad?

—Por completo.

—¿Qué haremos entonces? ¿No vamos a admitir en compensación la generación contraria, sino que ha de quedar coja en este aspecto la naturaleza? ¿No es necesario más bien conceder al morir una generación contraria?

—De todo punto.

—¿Cuál es esa?

—El revivir.

—Y si existe el revivir, ¿no será eso de revivir una generación que va de los muertos a los vivos?

—Sin duda.

—Luego convenimos aquí también que los vivos proceden de los muertos no menos que los muertos de los vivos, y, siendo esto así, parece que hay indicio suficiente de que es necesario que las almas de los muertos existan en alguna parte, de donde vuelvan a la vida.

—Me parece, Sócrates —respondió—, que, según lo convenido, es necesario que así sea.

—Pues bien, Cebes —dijo Sócrates—, que lo hemos convenido con razón puedes verlo, a mi entender, de esta manera. Si no hubiera una correspondencia constante en el nacimiento de unas cosas con el de otras como si se movieran en círculo, sino que la generación fuera en linea recta, tan sólo de uno de los dos términos a su contrario, sin que de nuevo doblara la meta en dirección al otro, ni recorriera el camino en sentido inverso, ¿no te das cuenta de que todas las cosas acabarían por tener la misma forma, experimentar el mismo cambio, y cesarían de producirse?

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

—No es difícil comprender lo que digo —contestó Sócrates—. Por ejemplo: si existiera el dormirse, pero no se produjera en correspondencia el despertarse a partir de lo que está dormido, te das cuenta de que todas las cosas terminarían por mostrar que lo que le ocurrió a Endimión; es una bagatela; y no se le distinguiría a aquél en ninguna parte, por encontrarse todas las demás cosas en su mismo estado, en el de estar durmiendo. Y si todas las cosas se unieran y no se separaran, al punto ocurriría lo que dijo Anaxágoras: "Todas las cosas en el mismo lugar". Y de la misma manera, oh querido Cebes, si muriera todo cuanto participa de la vida, y, después de morir, permaneciera lo que está muerto en dicha forma sin volver de nuevo a la vida, ¿no sería de gran necesidad que todo acabara por morir y nada viviera? Pues aun en el caso de que lo que vive naciera de las demás cosas que tienen vida, si lo que vive muere, ¿qué medio habría de impedir que todo se consumiera en la muerte?

—Ninguno en absoluto, Sócrates —dijo Cebes—. Me parece enteramente que dices la verdad.

—En efecto, Cebes, nada hay a mi entender más cierto; y nosotros, al reconocerlo así no nos engañamos, sino que tan realidad es el revivir como el que los vivos proceden de los muertos, y el que las almas de éstos existen [y a las que son buenas les va mejor; y a las que son malas peor].


Séptima parte del Fedón:

Platón ft. Sócrates: inmortalidad del alma, parte 2
En el Hades, al alma impura que ha cometido un crimen, la rehúye todo el mundo: anda errante hasta que pasa cierto tiempo y es llevada a la residencia que le corresponde. El alma que ha pasado su vida pura y comedidamente tiene como compañeros de viaje a los dioses, y habita en el lugar que merece.

Citado por:

Voltaire: el alma de Platón y Aristóteles
No debemos creer que el tutor de Alejandro Magno fuera un pedante y un espíritu equivocado. La lógica de Aristóteles es tanto más apreciable porque tenía que medirse con los griegos, en constante ejercicio en esgrimir argumentos capciosos, de cuyo defecto no estuvo libre su maestro Platón.

Thomas Jefferson: yo también soy epicúreo
Así como usted, yo también soy epicúreo. Considero que las doctrinas genuinas de Epicuro contienen todo lo que hay de racional en la filosofía moral que nos han dejado Roma y Grecia. Epicteto nos ha dado lo que había de bueno en los estoicos; todo lo demás, lo de sus dogmas, es hipocresía y teatro.

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