Montaigne: Sobre la experiencia

Nunca hubo dos hombres que juzgaran igual la misma cosa; es imposible ver dos opiniones exactamente iguales, no solamente en distintos hombres, sino en uno mismo a distintas horas. Desconocen los hombres la enfermedad natural de su espíritu, que solo se ocupa en bromear.

Montaigne: Sobre la experiencia
Ilustración de la fábula de Esopo por Harrison William Weir (1867)
Contextorium

Publicados por primera vez en 1580, los Ensayos de Montaigne son la primera versión moderna del género que hoy conocemos como... ensayo. Michel Eyquem de Montaigne se retiró a los 39 años, en 1572, a su castillo, en cuya torre escribió, publicó, revisó, pulió y republicó, durante 20 años, hasta su muerte, lo que es la obra cumbre del humanismo francés del siglo 16. La pregunta que lo guió fue: “¿qué se yo?”, pregunta quizá banneada de la opinión pública en aquel entonces, porque la Iglesia Católica incluyó su obra en su Índice de Libros Prohibidos. Por lo anterior y por muchos comentarios y otros motivos. “El más clásico de los modernos y el más moderno de los clásicos” escribió esta joya filosófica y literaria, influyente y atemporal hasta hoy, sin un orden relativo, marcando en sus letras y su estilo la libertad de la que gozaba (económica, espiritual y mentalmente). Durante toda la obra, el francés se rearma y se reafirma citando y mencionando obras de otros autores. Si lo hace, dice, “no es sino para expresar su pensamiento de manera más diestra”.

Líneas abajo servimos un extracto del último ensayo del último libro, gracias a la traducción de Constantino Román y Salamero, publicada en 1898, como cuarto capítulo de nuestra serie Cripto, Creators y Charlatanes.

Autor: Montaigne

Libro: Ensayos (1580)

Libro 3, capítulo 13: De la experiencia

(extracto)

...¿Por qué nuestro común lenguaje, tan fácil para cualquiera otro uso, se convierte en obscuro o ininteligible en contratos y testamentos? ¿Por qué quien tan claramente se expresa, sea cual fuere lo que diga o escriba, no encuentra en términos jurídicos ninguna manera de exteriorizarse que no esté sujeta a duda y a contradicción? Es la causa que los maestros de este arte, aplicándose con particular atención a escoger palabras solemnes y a formar cláusulas artísticamente hilvanadas, pesaron tanto cada sílaba, desmenuzaron tan hondamente todas las junturas, que se enredaron y embrollaron en la infinidad de figuras y particiones, hasta el extremo de no poder dar con ninguna prescripción ni reglamento que sean de fácil inteligencia:confusum est, quidquid usque in pulverem sectum est [“Confuso es lo que se divide hasta reducirlo a polvo”][1].

Quien vio a los muchachos intentando dividir en cierto número de porciones una masa de mercurio, habrá advertido que cuanto más la oprimen y amasan, ingeniándose en sujetarla a su voluntad, más irritan la libertad de ese generoso metal, que va huyendo ante sus dedos, menudeándose y desparramándose más allá de todo cálculo posible: lo propio ocurre con las cosas, pues subdividiendo sus sutilezas, enséñase a los hombres a que las dudas crezcan; se nos coloca en vías de extender y diversificar las dificultades, se las alarga y dispersa. Sembrando las cuestiones y recortándolas, hácense fructificar y cundir en el mundo la incertidumbre y las querellas, como la tierra se fertiliza cuanto más se desmenuza y profundamente se remueve. Difficultatem facit doctrina [“Aprender causa dificultades”][2].

Dudamos, con el testimonio de Ulpiano, y todavía más con Bartolo y Baldo. Era preciso borrar la huella de esta diversidad innumerable de opiniones y no adornarse con ellas para quebrar la cabeza a la posteridad. No sé yo qué decir de todo esto, mas por experiencia se toca que tantas interpretaciones disipan la verdad y la despedazan. Aristóteles escribió para ser comprendido: si no pudo serlo, menos hará que penetren su doctrina otro hombre menos hábil, y un tercero menos que quien sus propias fantasías trata. Nosotros manipulamos la materia y la esparcimos desleyéndola; de un solo asunto hacemos mil, y recaemos, multiplicando y subdividiendo, en la infinidad de los átomos de Epicuro. Nunca hubo dos hombres que juzgaran de igual modo de la misma cosa; y es imposible ver dos opiniones exactamente iguales, no solamente en distintos hombres, sino en uno mismo a distintas horas. Ordinariamente encuentro qué dudar allí donde el comentario nada señaló; con facilidad mayor me caigo en terreno llano, como ciertos caballos que conozco, los cuales tropiezan más comúnmente en camino unido.

¿Quién no dirá que las glosas aumentan las dudas y la ignorancia, puesto que no se ve ningún libro humano ni divino, con el que el mundo se ataree, cuya interpretación acabe con la dificultad? El centésimo comentario se remite al que le sigue, que luego es más espinoso y escabroso que el primero. Cuando convenimos que un libro tiene bastantes, ¿nada hay ya que decir sobre él? Esto de que voy hablando se ve más patente en el pleiteo: otórgase autoridad legal a innumerables doctores y decretos, así como a otras tantas interpretaciones; ¿reconocemos, sin embargo, algún fin o necesidad de interpretar? ¿Se echa de ver con ello algún progreso y adelantamiento hacia la tranquilidad? ¿Nos precisan menos abogados y jueces que cuando este promontorio jurídico permanecía todavía en su primera infancia? Muy por el contrario, obscurecemos y enterramos la inteligencia del mismo; ya no lo descubrimos sino a merced de tantos muros y barreras. Desconocen los hombres la enfermedad natural de su espíritu, el cual sólo se ocupa en bromear y mendigar; va constantemente dando vueltas, edificando y atascándose en su tarea, como los gusanos de seda, para ahogarse; mus in pice [“como un ratón en alquitrán”][3]: figúrase advertir de lejos no sé qué apariencia de claridad y de verdad imaginarias, pero mientras a ellas corro, son tantas las dificultades que se atraviesan en su camino, tantos los obstáculos y nuevas requisiciones, que éstos acaban por extraviarle y trastornarle.

No de otro modo aconteció a los perros de Esopo, los cuales descubriendo en el mar algo que flotaba semejante a un cuerpo muerto, y no pudiendo acercarse a él, decidieron beber el agua para secar el paraje, y se ahogaron. Con lo cual concuerda lo que Crates decía de los escritos de Heráclito, o sea «que habrían menester un lector que fuera buen nadador», a fin de que la profundidad y el peso de su doctrina no lo tragaran y sofocaran. Sólo la debilidad individual es lo que hace que nos contentemos con lo que otros o nosotros mismos encontramos en este perseguimiento de la verdad; uno más diestro no se conformará, quedando siempre lugar para un tercero, igualmente que para nosotros mismos, y camino por donde quiera. Ningún fin hay en nuestros inquirimientos; el nuestro está en el otro mundo. El que un espíritu se satisfaga, es signo de cortedad o de cansancio. Ninguno que sea generoso se detiene en cuanto emplea su propio esfuerzo; pretendo siempre ir más allá, transponiendo sus fuerzas; posee vuelos que exceden, que sobrepujan los efectos: cuando no adelanta, ni se atormenta ni da en tierra, o no choca ni da vueltas, no es vivo sino a medias; sus perseguimientos carecen de término y de forma; su alimento se llama admiración, erradumbre, ambigüedad. Lo cual acreditaba de sobra Apolo hablándonos siempre con doble sentido, obscura y oblicuamente; no saciándonos, sino distrayéndonos y atareándonos. Es nuestro espíritu un movimiento irregular, perpetuo, sin modelo ni mira: sus invenciones se exaltan, se siguen y se engendran las unas a las otras:

Ainsi veoid on, en un ruisseau coulant,
sans fin l’une eau aprez l’altre roulant;
et tout le reng, d’un eternel conduict,
l’une suyt l’aultre, et l’une l’aultre fuyt,
par cetle cy celle la est poulsee,
et cette cy par l’aultre est devancee,
tousjours l’eau va dans l’eau; et tousjours est ce
mesme ruisseau, et tousjours eau diverse.

[Así las aguas de un arroyo se deslizan sin fin, rodando unas tras otras, unidas y por modo contante; un agua sigue a la otra y ambas huyen entre sí. Ésta por aquélla es empujada, y aquella por la otra adelantada: el agua va siempre al agua, y siempre es el mismo arroyo, y siempre agua diferente.][4]

Da más quehacer interpretar las interpretaciones que dilucidar las cosas; y más libros se compusieron sobre los libros que sobre ningún otro asunto: no hacemos más que entreglosarnos unos a otros. El mundo hormiguea en comentadores; de autores hay gran carestía. El primordial y más famoso saber de nuestros siglos, ¿no consiste en acertar a entender a los sabios? ¿no es éste el fin común y último de todo estudio? Nuestras opiniones se injertan unas sobre otras; la primera sirve de sostén a la segunda, la segunda a la tercera; así, de grado en grado, vamos escalonándolas, por donde acontece que el que ascendió más alto frecuentemente atesora mayor honor que mérito, pues no ascendió sino en el espesor de un grano de mijo sobre los hombros del penúltimo.

¡Cuán frecuente, y torpemente quizás, amplifiqué yo mi libro hablando de él mismo! Torpemente, aun cuando no fuera más que por la sencilla razón que debiera moverme a acordarme de lo que digo de aquellos que hacen otro tanto, o sea: «que esas ojeadas tan frecuentes a su obra son testimonio de un corazón estremecido de puro amor; y hasta las asperezas del menosprecio con que la combaten, no son sino melindres y afectaciones enconados de un sentimiento maternal», según Aristóteles, para quien avalorarse y menospreciarse, nacen a veces de arrogancia semejante[5]. La excusa que yo presento de «que debo disfrutar en aquello mismo libertad mayor que los demás, puesto que ex profeso escribo de mí y de mis escritos, como de mis demás acciones, y que mis argumentos se revelen contra mí mismo», ignoro si alguien la tomará en consideración para disculparme.

En Alemania he visto que Lutero ha dejado tantas divisiones y altercaciones sobre la interpretación de sus ideas, y más todavía de las que promovió sobre la Santa Escritura. Nuestro cuestionar es puramente verbal: yo pregunto, por ejemplo, lo que es Naturaleza, Voluptuosidad, Círculo y Sustitución; la cosa no depende sino de palabras, y con ellas se paga. Una piedra es un cuerpo: mas quien apurase siguiendo, «y cuerpo ¿qué es? —Sustancia. —¿Y sustancia?», y así sucesivamente, acorralaría por fin al que respondiera en los confines de su calepino. Una palabra se cambia por otra, a veces más desconocida que la primera; conozco mejor lo que es Hombre, que no lo que es Animal, Mortal o Racional. Para aclarar una duda se me propinan tres; es la cabeza de la hidra. Sócrates preguntaba a Memnón: «¿Qué era virtud?» —Hay, decía Memnón, virtud de hombre y de mujer; de funcionario y de hombre privado, de niño y de anciano. —¡Buena es ésa! exclamó Sócrates, buscábamos una virtud y nos presentas un enjambre.» Comunicamos una cuestión, y se nos facilita una colmena. De la propia suerte que ningún acontecimiento ni ninguna forma se asemejan exactamente a otras, así ocurre que ninguna cosa difiere de otra por completo: ¡ingeniosa mezcolanza de la naturaleza! Si nuestras caras no fueran semejantes, no podría discernirse el hombre de la bestia; si no fueran desemejantes, tampoco se acertaría a distinguir, el hombre del hombre; todas las cosas se ligan mediante alguna similitud; todo ejemplo cojea, y la relación que por la experiencia se alcanza, es siempre floja e imperfecta…


  1. Séneca, Cartas Morales a Lucilio, 89. ↩︎

  2. Quintiliano,Inst. orat., X, 3. ↩︎

  3. Proverbio griego y latino. El ratón en la pez, que se embadurna más cuanto mayores esfuerzos hace por desatascarse. [Nota de Conectorium: Pice en latín es pez, entendido, no como el animal, sino como lo define también la RAE: “Sustancia resinosa, lustrosa, quebradiza, y de color pardo amarillento, que se obtiene de la trementina y que, mezclada con la estopa, sirve para calafatear embarcaciones de madera.”] ↩︎

  4. Estos versos de Étienne de la Boëtie figuran en una composición dedicada a Margarita de Carle, con quien luego contrajo aquél matrimonio. ↩︎

  5. Nota de Conectorium: Aristóteles, Ética a Nicómaco, IV, 3 ↩︎


Enjambre de reglas y charlatanes *
El mundo sigue estando lleno de crédulos que creen que la gente feliz escribe libros sobre felicidad, que la gente motivada comparte frases motivacionales, que los amigueros hablan sobre cómo hacer amigos, que los inteligentes estudian el coeficiente intelectual—en la vida hay muy pocos shortcuts.
👈🏽 CRIPTO, CREATORS Y CHARLATANES, CAPÍTULO 3

Séneca: Sobre la filosofía, contra la codicia
¿Hasta dónde extenderán los límites de sus fincas? El campo que alguna vez cobijó a un pueblo ¿resulta angosto para un solo dueño? ¿Hasta dónde extenderán las tierras de labor, no contentos siquiera con fijar los límites de vuestra heredad en el espacio de una provincia?
CRIPTO-CHANCE: CREADORES Y CHARLATANES, CAPÍTULO 5 👉🏽

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