Ucrania versus Suecia, con Voltaire

Los cosacos juegan un rol importante en la victoria rusa contra Suecia: «no han querido nunca amos», como lo siguen demostrando hasta hoy. «Desgraciado del que cae en sus manos», y el que invade Rusia cuando hace frío.

Ucrania versus Suecia, con Voltaire
Carlos XII e Iván Mazepa en el río Dniéper luego de Poltava, por Gustaf Cederström (1845-1933).

Conectorium

¿Qué pasa en Ucrania?

Capítulo 4

Las movidas de Vladimir Vladimiroviç Putin, que en Ucrania empiezan hace más de una década, pero se desenmascaran en 2014 luego de que las protestas del pueblo ucraniano relatadas con destreza, crudeza y a detalle en la película documental Winter on Fire (en Netflix, aquí); movidas que comentamos en el capítulo anterior. Desde ese momento empiezan los cosacos a pelear, una vez más, por su independencia. O a pelear una vez más—y punto—, porque esta es la costumbre de estos “hombres libres”. Voltaire, que escribió la Historia del Imperio Ruso bajo Pedro el Grande, en su descripción de Rusia habla de la historia de Ukrania que ya conocemos, y describe a su gente:

Los ukranios, que se llaman cosacos, son un conjunto de antiguos roxolanos, sármatas y tártaros reunidos. Este país formaba parte de la antigua Escitia. Roma y Constantinopla, que han dominado tantas naciones, son países que están muy lejos de ser comparables en cuanto a fertilidad al de Ukrania. La Naturaleza se esfuerza allí en hacer bien a los hombres, pero los hombres no han secundado a la Naturaleza, viviendo de los frutos que produce una tierra tan inculta como fecunda, y viviendo todavía más de la rapiña; enamorados hasta el exceso de un bien preferible a todo, la libertad, y, sin embargo, habiendo servido, una tras otra, a Polonia y a Turquía. En fin, se entregaron a Rusia en 1654, sin someterse demasiado, y Pedro los ha sometido.

Pedro el Grande nació en 1672 en Moscú y murió en 1725 en la ciudad que fundó, San Petersburgo (también Petrogrado, Leningrado). Medía 2 metros, pero lo de grande no viene por ahí (tampoco por ahí): 4 años antes de su muerte, poco después de firmar la paz con Suecia, Pedro se hace reconocer por los reyes de Suecia, Polonia y Prusia como emperador, el primero de Rusia, y convierte el zarato en imperio. Voltaire nace en 1694 y muere en 1778; en el ínterin se obsesiona con las monarquías y la historia. En 1759 publica su Histoire de l'Empire de Russie sous Pierre le Grand—el prólogo que empieza diciendo:

“En los primeros años del siglo en que vivimos, el vulgo no conocía en el Norte más héroes que Carlos XII. Su valor personal [era] mucho más propio de un soldado que de un rey... Se juzga hoy que Carlos XII merecía ser el primer soldado de Pedro el Grande”.

Carlos XII era el rey de Suecia que quiso imitar a Alejandro Magno con sus conquistas y expansiones, pero que Montesquieu describió, en 1748 (como leímos en la serie De Afganistán a Alejandro): “No era Alejandro, pero habría sido el mejor soldado de Alejandro”, frase con la que juega Voltaire, que también publicó una Historia de Carlos XII en 1731, 28 años antes que la de Pedro; las presentó juntas en varias ediciones. Y es que van de la mano: el final del uno marca el principio del otro. Carlos XII invadió Rusia como parte de su guerra contra todos sus vecinos, la Gran Guerra del Norte; la que dejó para el final porque la menospreciaba. Pero la aventura sueca se acabó con la victoria rusa en 1709 en la ciudad ucraniana de Poltava. Carlos se tuvo que refugiar en el imperio otomano y los hizo enfrascarse en otra guerra con Rusia. Todo aquello terminó enterrando el poderío sueco y dando lugar—o dejando su lugar—al ruso. Y pensar que Carlos XII dijo: “Voy a expulsar a los moscovitas a Asia, de donde provienen”. Después de perder parte de su Europa, lo mataron de un tiro en 1718 mientras inspeccionaba unas trincheras de noche, en Noruega; nadie sabe quién fue.

Los cosacos terminan jugando un rol importante en la derrota sueca, porque “no han querido nunca amos”, como lo siguen demostrando hasta ahora. “Desgraciado del que cae en sus manos”, dice Voltaire; y también el que invade Rusia cuando hace frío.


Contextorium (tocá aquí)


Las ediciones de la Historia del Imperio Ruso bajo Pedro el Grande muestran la evolución de la historia de Voltaire, Rusia, y la mujer. El libro tuvo varias revisiones/reediciones luego de la primera edición de 1759; una en 1760-1763, otra en 1771, y la final y definitiva de 1775 (3 años antes de su muerte). Hay, además, también una revisión/edición de 1768 publicada junto con la Historia de Carlos XII.

En la versión final (1775), Voltaire cambia todo el prefacio histórico y crítico de las anteriores, e incluye un ataque a su enemigo filosófico Jean Jacques Rousseau, a quien le venía dando desde que JJ publicara su Contrato Social el mismo año de la coronación de Catalina la Grande, 1762 (una coincidencia, nada más). Allí, Rousseau se las da de vidente, y Voltaire no se lo perdona:

“Cuando, a principios del siglo en que nos hallamos, el zar Pedro ponía los cimientos de Petersburgo, o más bien de su imperio, nadie preveía su éxito. Aquel que hubiera imaginado entonces que un soberano de Rusia podría enviar estandartes victoriosos a los Dardanelos, subyugar Crimea, expulsar a los turcos de cuatro grandes provincias, dominar el Mar Negro, instaurar la Corte más brillante de toda Europa y hacer florecer todas las artes en medio de la guerra, aquel que lo hubiera dicho no habría sido considerado más que un visionario. Pero más fehacientemente visionario es el escritor que predice—en no sé qué contrato social, o insocial—que el Imperio de Rusia iba a desmoronarse. Dice textualmente: «Los tártaros, súbditos o vecinos suyos, se convertirán en sus soberanos y en los nuestros: es algo que me parece infalible». Extraña manía es la de un pícaro que se dirige a los soberanos como su señor, y que predice infaliblemente la próxima caída de los imperios desde el fondo del tonel desde el que predica, el cual cree que perteneció a Diógenes antes que a él. Los sorprendentes progresos de la emperatriz Catalina II y de la nación rusa son una prueba bastante rotunda de que Pedro el Grande construyó sobre unos cimientos firmes y duraderos.”

Catalina II aparece en su obra recién en la edición de 1768, donde Voltaire, que había escrito en el prólogo: “Los extranjeros dudaban entonces hasta de que las empresas del zar Pedro I pudiesen sostenerse; sin embargo, han subsistido y se han perfeccionado bajo la emperatriz Isabel, su hija”, le agrega: “y ahora más bajo Catalina II”. En la versión final le añade incluso “que tan lejos ha llevado la gloria de Rusia”. Algo le debe haber contado su amiga—porque eran muy amigos, pero de cartas: nunca se conocieron; lo que prueba que los amigos virtuales que hacemos ahora, los amigos de redes sociales, no son nada nuevo—, algo le debe haber contado Catalina también sobre la emperatriz Ana, que Voltaire la termina añadiendo al prólogo final al lado de estas dos mujeres. Por lo demás, el prólogo no difiere en casi nada desde la primera hasta la última edición.

A la muerte de su amigo, Catalina compró toda su biblioteca (6814 libros y más de 2000 notas); la colección está disponible hasta hoy en la Biblioteca Nacional de Rusia de San Petersburgo, fundada por la mismísima emperatriz.

Otro detalle no menor es la frase con la que Voltaire empieza su obra sobre el imperio ruso: en las primeras ediciones, este es “el más vasto del universo”; con los años el universo se le agranda, y el imperio es el “más grande de nuestro hemisferio” desde 1768.

Sobre la traducción que leemos, aunque está disponible en varias páginas de internet, no puedo encontrar el autor; el hecho de que se use diez y ocho en vez de dieciocho deja huellas sobre su edad. Hay otra traducción, muy buena, de Cristina Ridruejo Ramos (2006), la única que tiene el prefacio histórico y crítico; pero si bien ella utiliza el último prefacio, el resto del trabajo está basado en la versión de 1759, cuando Voltaire era otra persona, como lo somos todos con el paso del tiempo.


Autor: Voltaire

Libro: Historia del Imperio Ruso bajo Pedro el Grande (1759)

Capítulo 17: Carlos XII se introduce en Ukrania, toma mal sus medidas; uno de sus ejércitos es derrotado por Pedro el Grande; pierde sus municiones.

Al fin, Carlos llegó a orillas del Borístenes [río Dniéper], a una pequeña ciudad llamada Mohilov. En este fatal lugar era donde había de saberse si se dirigiría al Oriente, hacia Moscú, o al Mediodía, hacia Ukrania. Su ejército, sus enemigos, sus amigos, esperaban que marcharía a la capital. Cualquiera que fuese el camino que tomase, Pedro le seguía desde Smolensko con un fuerte ejército; no se esperaba que tomase el camino de Ukrania; esta extraña resolución le fue inspirada por Mazeppa, hetmán de los cosacos; era un viejo de setenta años, quien, no teniendo hijos, parece que no debía pensar más que en acabar tranquilamente su vida; el agradecimiento también debía unirle al zar, a quien debía su puesto; pero sea que tuviese, en efecto, motivos de queja de este príncipe, sea que la gloria de Carlos XII le hubiese deslumbrado, sea más bien que tratase de hacerse independiente, él había traicionado a su bienhechor y se había entregado en secreto al rey de Suecia, lisonjeándose de hacer con él sublevar a toda la nación.

Carlos no dudó ya de triunfar en todo el imperio ruso cuando sus victoriosas tropas fuesen secundadas por un pueblo tan belicoso. El debía recibir de Mazzepa los víveres, las municiones, la artillería que pudiera faltarle; a este valioso auxilio debía unirse un ejército de dieciséis a dieciocho mil combatientes que llegarían de Livonia [hoy Letonia y Estonia], conducido por el general Levenhaupt, llevando tras de él una prodigiosa cantidad de provisiones de boca y guerra. A Carlos no le inquietaba si el zar estaría en situación de caer sobre este ejército y privarle de un auxilio tan necesario. No se informaba de si Mazzepa estaba en condiciones de mantener todas sus promesas, si este cosaco tenía bastante crédito para hacer cambiar una nación entera que no se aconsejaba sino consigo misma, y si, en fin, en un desastre le quedarían bastantes recursos a su ejército; y en caso de que Mazzepa careciese de fidelidad o de poder, él contaba con su valor y su fortuna. El ejército sueco avanzó entonces más allá del Borístenes, hacia el Desna; entre estos dos ríos era donde Mazzepa estaría esperando. El camino era penoso y los dos grupos que recorrían estos lugares hacían la marcha peligrosa.

Entre estos lugares se libraron las batallas entre Rusia y Suecia en 1709

11 septiembre 1708.—

Menzikoff, al frente de algunos regimientos de caballería y de dragones, atacó la vanguardia del rey, la puso en desorden, mató muchos suecos, perdió aún más de los suyos, pero no se desanimó. Carlos que acudió al campo de batalla, no rechazó a los rusos sino muy difícilmente, arriesgando mucho tiempo su vida y combatiendo contra varios dragones que le rodeaban. Entre tanto, Mazzepa no venía; los víveres empezaban a faltar. Los soldados suecos, viendo a su rey compartir todos sus peligros, sus fatigas y su penuria, no se desalentaban; pero, admirándole, le vituperaban y murmuraban. La orden enviada por el rey a Levenhaupt para que saliese con su ejército y condujese municiones con prontitud había llegado con doce días de retraso, y este era mucho tiempo en tales circunstancias. Levenhaupt marchaba al fin; Pedro le dejó pasar el Borístenes, y cuando este ejército estuvo encajonado entre este río y los pequeños que a él afluyen, pasó el río después de él y le atacó con sus tropas reunidas, que se sucedían casi en escalones. La batalla se dio entre el Borístenes y el Sossa.

El príncipe Menzicoff venía con el mismo cuerpo de Caballería que se había batido con Carlos XII; el general Bauer le seguía, y Pedro conducía, por su parte, lo más escogido de su ejército. Los suecos creyeron habérselas con cuarenta mil combatientes, y esto se ha creído durante mucho tiempo bajo la fe de su narración. Mis Memorias recientes me enseñan que Pedro no tenía más de veinte mil hombres en esta jornada; ese número no era muy superior al de sus enemigos. la actividad del zar, su paciencia, su obstinación, la de sus tropas, animadas por su presencia, decidieron la suerte, no de esta jornada, sino de tres jornadas consecutivas, durante las cuales se combatió repetidamente.

Primeramente se atacó la retaguardia del ejército sueco cerca de la ciudad de Lesnau, que ha dado nombre a esta batalla. Este primer choque fue sangriento, sin ser decisivo. Levenhaupt se retiró a un bosque y conservó su bagaje. Al día siguiente fue necesario echar a los suecos de este bosque (7 octubre 1708) ; el combate fue más mortífero y más afortunado; fue allí donde el zar, viendo a sus tropas en desorden, gritó que se tirase sobre los fugitivos, y sobre él mismo si él se retiraba. Los suecos fueron rechazados, pero no derrotados.

Al fin llegó un refuerzo de cuatro mil dragones; se volvió a caer sobre los suecos por tercera vez; éstos se retiraron hacía un burgo llamado Prospok; todavía se les atacó allí; marcharon hacia el Desna, y allí se les persiguió. Nunca fueron completamente derrotados; pero perdieron más de ocho mil hombres, diecisiete cañones, cuarenta y cuatro banderas; el zar hizo prisioneros a cincuenta y seis oficiales y cerca de novecientos soldados. Todo el gran convoy que se enviaba a Carlos quedó en poder del vencedor.

Esta fue la primera vez que el zar desafió personalmente, en una batalla campal, a los que se habían distinguido por tantas victorias sobre sus tropas; daba gracias a Dios por este triunfo, cuando supo que su general Apraxin acababa de obtener ventajas en Ingria, a algunas leguas de Narva (17 septiembre 1708); ventajas, ciertamente, menos considerables que la victoria de Lesnau; pero este concurso de acontecimientos felices fortificaba sus esperanzas y el valor de su ejército.

Carlos XII se enteró de todas estas funestas noticias cuando estaba a Punto de pasar el Desna, en Ukrania. Mazzepa vino al fin a su encuentro; debía traerle treinta mil hombres y provisiones inmensas, pero no llegó más que con dos regimientos, y más bien como fugitivo que pide socorro que como príncipe que viene a darlos. Este cosaco había marchado, en efecto, con quince o dieciséis mil de los suyos, habiéndoles dicho primeramente que iban contra el rey de Suecia, que tendrían la gloria de detener a este héroe en su marcha y que el zar les quedaría eternamente obligado por un servicio tan grande.

A algunas millas del Desna les declaró; al fin su proyecto; pero a estos bravos les horrorizó; no quisieron hacer traición a un monarca de quien no tenían ninguna queja, para servir a un sueco que entraba a mano armada en su país, quien, después de haberlo abandonado, no podría ya defenderles, y les dejaría a discreción de los rusos, irritados, y de los Polacos, en otro tiempo sus señores y siempre sus enemigos; se volvieron a sus casas y dieron aviso al zar de la defección de su jefe. No quedaron con Mazeppa más que unos dos regimientos, cuyos oficiales iban a sus expensas.

Todavía era dueño de algunas plazas en Ukrania, y sobre todo de Bathurin, lugar de su residencia, considerado como la capital de los cosacos; está situado junto a los bosques de la orilla del Desna, pero muy lejos del campo de batalla donde Pedro había vencido a Levenhaupt. Había siempre algunos regimientos rusos por estos sitios. El príncipe Menzikoff fue destacado del ejército del zar: llegó allí con grandes rodeos. Carlos no podía guardar todos los pasos; ni siquiera los conocía; no se había cuidado de apoderarse del importante puesto de Starodoub, que lleva derecho a Bathurin, a través de siete u ocho leguas del bosque que el Desna atraviesa. Su enemigo tenía siempre sobre él la ventaja de conocer el país.

4 noviembre 1708.—

Menzikoff pasó fácilmente con el príncipe Gallitzin; se presentó delante de Bathurin, lo tomó casi sin resistencia, lo saqueó y lo redujo a cenizas. Se apoderó de un almacén destinado para el rey de Suecia y de los tesoros de Mazeppa. Los cosacos eligieron otro hetmán, llamado Skoropasky, que el zar aprobó; quiso que una ceremonia imponente hiciese sentir al pueblo la enormidad de la traición; el arzobispo de Kiev y otros dos excomulgaron públicamente a Mazeppa (22 noviembre); fue ahorcado en efigie, y algunos de sus cómplices murieron en el suplicio de la rueda.

Entre tanto, Carlos XII, al frente de veinticinco o veintisiete mil suecos, habiendo recibido además los restos del ejército de Levenhaupt, aumentado con dos o tres mil hombres que Mazeppa le había traído, y siempre seducido por la esperanza de atraerse toda la Ukrania, pasó el Desna lejos de Bathurin y cerca del Borístenes, a pesar de las tropas del zar, que le rodeaban por todos lados, de las cuales unas seguían su retaguardia, y las otras, extendidas más allá del río, se oponían a su paso.

Avanzaba, pero por desiertos, y no encontraba más que ciudades arruinadas e incendiadas. El frío se hizo sentir desde el mes de diciembre con un rigor tan excesivo, que, en una de sus marchas, cerca de dos mil hombres cayeron muertos a su vista; las tropas del zar sufrían menos porque tenían más recursos; las de Carlos, careciendo casi de ropas, estaban más expuestas a los rigores de la estación.

En este estado deplorable, el conde Piper, canciller de Suecia, que nunca dio sino buenos consejos a su soberano, le conjuró para que se quedase, para que pasase al menos la época más rigurosa del invierno en una pequeña ciudad de Ukrania, llamada Romna, donde podría fortificarse y hacer algunas provisiones con el auxilio de Mazeppa. Carlos respondió que él no era hombre que se encerrase en una ciudad. Piper, entonces, le conjuró para volver a pasar el Desna y el Borístenes; volver a entrar en Polonia; dar allí a sus tropas cuarteles, de que tenían necesidad; ayudarse de la caballería ligera de los polacos, que le era absolutamente precisa; sostener al rey, que él había hecho nombrar, y contener al partido de Augusto, que comenzaba a levantar la cabeza. Carlos replicó que eso sería huir ante el zar, que la estación llegaría a ser más favorable, que era necesario subyugar a Ukrania y marchar a Moscú.

Los ejércitos rusos y suecos estuvieron algunas semanas inactivos: tanto fue el frío violento del mes de enero de 1709; pero en cuanto el soldado pudo servirse de sus armas, Carlos atacó a todos los pequeños puestos que se encontraron a su paso. Era preciso enviar por todos lados partidas para buscar víveres, es decir, para ir a arrebatar a veinte leguas a la redonda las subsistencias de los campesinos. Pedro, sin apresurarse, vigilaba sus marchas y les dejaba consumirse.

Es imposible al lector seguir la marcha de los suecos por estos países; varios de los ríos que pasaron no se encuentran en los mapas; no se debe creer que los geógrafos conocen estos países como nosotros conocemos a Italia, Francia y Alemania; la Geografía es todavía, de todas las artes, la que tiene más necesidad de ser perfeccionada; y la ambición, hasta ahora, ha tenido más cuidado de devastar la tierra que de describirla.

Contentémonos con saber que Carlos, al fin, atravesó toda la Ukrania en el mes de febrero, incendiando ciudades por todas partes y encontrando las que los rusos habían quemado. Avanzó hacia el Sudeste hasta los áridos desiertos circundados por las montañas que separan los tártaros Nogais de los cosacos de Tanais; al oriente de estas montañas es donde están los altares de Alejandro. Se encontraba entonces más allá de Ukrania, en el camino que siguen los tártaros para ir a Rusia, y cuando llegó allí tuvo necesidad de volver sobre sus pasos para poder subsistir; los habitantes se ocultaban en cuevas con sus ganados; se resistían algunas veces a entregar sus víveres a los soldados que venían a arrebatárselos; los campesinos que pudieron ser cogidos fueron condenados a muerte: ¡esos son, se dice, los derechos de la guerra! Debo transcribir aquí algunas líneas del capellán Norberg. Para hacer ver—dice—cuánto amaba el rey la justicia, insertaremos una carta de su propia mano al coronel Hielmen: “Señor coronel: Me alegro mucho de que hayan cogido a los campesinos que se habían apoderado de un sueco; cuando se les haya convencido de su crimen se les castigará, según lo exige el caso, condenándolos a morir. Carlos; y más abajo, Budis.” Tales son los sentimientos de justicia y de humanidad del confesor de un rey; pero si los campesinos de Ukrania hubiesen podido hacer ahorcar a los campesinos de Ostrogodia militarizados que se creyesen con derecho a venir de tan lejos a arrebatarles el alimento de sus mujeres y de sus hijos, los confesores y los capellanes de esos ukranianos ¿no habrían podido bendecir su justicia?

Mazeppa negociaba desde mucho antes con los zaporogos que viven en las dos orillas del Borístenes, y una parte de los cuales habita las islas de este río. Esta parte es la que compone ese pueblo sin mujeres y sin familias, viviendo de la rapiña, amontonando sus provisiones en sus islas durante el invierno y yéndolas a vender en la primavera a la pequeña ciudad de Pultava; los otros habitan los burgos a derecha e izquierda del río. Todos juntos eligen un hetmán especial, y este hetmán está subordinado al de Ukrania. El que estaba entonces al frente de los zaporogos fue a encontrarse con Mazzepa; estos dos bárbaros se reunieron, haciendo llevar cada uno delante de sí una cola de caballo y una maza.

Para dar a conocer lo que era este hetmán de los zaporogos y su pueblo, no creo indigno de la historia referir cómo se verificó este tratado. Mazeppa dio un gran banquete, servido con vajilla de plata, al hetmán zaporogo y a sus principales oficiales; cuando los jefes estuvieron borrachos de aguardiente, juraron en la mesa, sobre el Evangelio, que proporcionarían hombres y víveres a Carlos XII; después de lo cual se apoderaron de la vajilla y de todos los muebles. El mayordomo de la casa corrió hacia ellos, y demostró que esta conducta no estaba de acuerdo con el Evangelio, sobre el cual habían jurado; los criados de Mazeppa quisieron recuperar la vajilla; los zaporogos se reunieron; vinieron en corporación a quejarse a Mazeppa de la afrenta inaudita que se hacía a estos bárbaros, y pidieron que se les entregase al mayordomo, para castigarle según las leyes; se les entregó, y los zaporogos, según las leyes, lanzaron unos a otros a este pobre hombre, como se hace con un balón, después de lo cual se le clavó un cuchillo en el corazón.

Tales eran los nuevos aliados que se vio obligado a recibir Carlos XII; formó con ellos un regimiento de dos mil hombres; el resto marchó por grupos separados contra los cosacos y los calmucos del zar, distribuidos por estos lugares.

La ciudad de Pultava, en la que estos zaporogos trafican, estaba llena de provisiones, y podía servir a Carlos de plaza de armas; está situada sobre el río Vorskla, bastante cerca de una cadena de montañas que la dominan por el Norte; el lado de Oriente es un vasto desierto; el de Occidente es más fértil y más poblado. El Vorskla va a perderse a quince leguas largas más abajo, en el Borístenes. Se puede ir de Pultava al Norte a ganar el camino de Moscú por los desfiladeros que sirven de paso a los tártaros; este camino es difícil; las precauciones del zar lo habían hecho casi impracticable; pero nada parecía imposible a Carlos, y contaba siempre con tomar el camino de Moscú después de haberse apoderado de Pultava; puso sitio a esta ciudad al principio de mayo.

[Fin. El capítulo 18 narra batalla de Poltava.]

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