Estrabón: crítica histórica (y las mujeres guerreras del fin del mundo)

Refuta Estrabón a Demetrio y otros historiadores y su «verborrea» (Heródoto incluido), por cometer errores de juicio en su narración e investigación sobre el pueblo de las amazonas. Pero eso no es todo: ¿De dónde vienen y dónde vivían estas mujeres guerreras? ¿Existieron de verdad?

Estrabón: crítica histórica (y las mujeres guerreras del fin del mundo)
Ilustración del mapamundi de Estrabón (primera década del siglo 1) hecha por la Encyclopaedia Biblica (1903).
Contextorium

Ucrania se acaba en el Amazonas. No solo en este libro, y no lo digo yo, sino Heródoto en el siglo 5 a. C., basado en las historias que escuchó y que estudió para compilar su Historia. Ya leímos a éste, el primer geógrafo-historiador conocido en el mundo occidental, contar el encuentro entre los escitas y un grupo de mujeres amazonas que, luego de ser capturadas en la guerra contra Grecia, se rebelan contra sus captores y van a dar—a encallar, más propiamente—a Crimea. Desde allí, guerrerísimas, van conquistando territorios y se asientan en en lo que luego fue Sarmacia, en una región fronteriza de Escitia. Los sármatas ocupaban lo que hoy ocupan los ucranianos (siempre en la frontera), y los escitas, pasando por media Rusia, llegaban hasta Kazajistán y su sur tocaba la India.
Zona de las Amazonas según Heródoto. Superposición hecha sobre este mapa.
Continuaba Heródoto diciendo que los sármatas descienden de la mezcla de los escitas con estas amazonas, a quienes conquistaron con amor por no poder vencerlas en guerra, o por no querer, porque se dieron cuenta que si procreaban juntos, sus descendientes iban a ser mejores guerreros e iban a convivir en paz. ¿Es este el origen combatiente del gen cosaco que mantiene vivos a los ucranianos? El padre Bartolomé Pou, traductor de Heródoto en el siglo 18, juega con la idea en una nota al pie. Más de veinte siglos antes, un lustro antes de Cristo, los griegos daban por sentado la existencia, en algún lugar, de las amazonas—más propiamente, de un pueblo donde las mujeres peleaban en las guerras, y mandaban. Como durante mucho tiempo se pensó que este relato perteneció solo a los griegos, las amazonas se fueron quedando en cuento, en mito, siendo parte importante de la mitología griega. Pero no olvidemos que los mitos son, en realidad, “cuentos para niños”, una manera de contar la Historia en forma de relato para un pueblo que ha perdido su cultura, y que necesita re-grabarla de alguna manera fácil de recordar. Si la guerra de Troya sucedió de verdad, y si las Amazonas pelearon allí, el tiempo nos lo irá demostrando. Hoy, gracias al avance de la tecnología, podemos probar que muchos esqueletos antiguos enterrados con armas de guerra son, en realidad, mujeres (hasta hace poco se pensaba que todos eran hombres). Se han descubierto también momias y asentamientos que nos ayudan a tener certeza de esto. Y los relatos que pensábamos que solo pertenecían a los griegos, se han encontrado también en “Egipto, Persia, Trans-Caucasia, Armenia, Azerbaiyán, Irán, Asia Central, India, e incluso China”, según cuenta la investigadora e historiadora Adrienne Mayor, autora del libro The Amazons: Lives and Legends of Warrior Women across the Ancient World y una de las voces más especializadas del mundo en el subject. En su artículo Ancient Amazons: Warrior Women in Myth and History postea ella este mapa que reposteo, de Michele Angel, que muestra los lugares arqueológicos en Eurasia “asociados con mujeres guerreras”. Nótese la densidad del área en lo que hoy es Ucrania y el suroeste de Rusia.
La existencia de tribus y pueblos con mujeres guerreras en la antigüedad en Eurasia está ahora comprobada. Antes de convertirse en mito, la existencia de las Αμαζόνας se daba por sentada entre los griegos, que hasta las tenían representadas en sus templos (incluso conocían varias de sus tumbas). Su zona de influencia fue mapeada, dependiendo del historiador, en diferentes regiones de Eurasia, pero siempre, según describe Mark Cartwright, “se pensaba que habitaban en el límite de lo que los griegos consideraban su mundo «civilizado» y eran frecuentemente asociadas con el área alrededor de la costa sur del mar Negro” (lo que ahora es Turquía). El clasicista Peter Walcot marca esta línea en su libro Grecia y Roma de 1984, en el que escribe: “Donde sea que las amazonas son ubicadas por los griegos, ya fuera en algún lugar del mar Negro en el lejano noroeste, o en la Libia y el distante sur, siempre era más allá de los confines del mundo civilizado”. Homero, que en la Ilíada menciona a las amazonas y sus reinas, según se da cuenta Estrabón, escribe sobre la región de este pueblo que vienen “desde muy lejos, de donde nace la plata”. Empieza así Estrabón una crítica a historiadores anteriores, incluyendo a Heródoto, quienes “nos han transmitido en su verborrea” estos mapeos, pero, dice: “¿cómo se explica el «desde muy lejos»?, y ¿cómo «el país donde nace la plata»?”.

La plata, los sudamericanos y los europeos, sobre todo los españoles, saben muy bien dónde nace y cuál era el río por el que fluía su comercio. Aunque también hay plata en la China, en Estados Unidos, y cerquita de Ucrania, en Rusia y en Polonia. La plata se conoce, además, desde la antigüedad; aparece incluso en el Génesis 13:2: “Y Abram era riquísimo en ganado, en plata y en oro.” (Si esto no es prueba de que el Edén está en Moxos...) Los griegos la obtenían de los confines de su península, de Ática (que las amazonas invadieron el 1255 a. C.), y también de Anatolia, hoy Turquía. La refutación que hace Estrabón, filológica, basada en el lenguaje, se la voy a dejar a él, y no me voy a atrever a decir que las amazonas de la antigüedad venían de Potosí. Al final y al cabo, el Amazonas moderno se llama así porque el conquistador español Francisco de Orellana, en 1542, en la primera expedición europea que bajaba de los Andes por ese río, se topó con que “vinieron hasta diez o doce, que éstas vimos nosotros, que andaban peleando delante de todos los indios como capitanas, y peleaban ellas tan animadamente que los indios no osaban volver las espaldas, y al que las volvía, delante de nosotros los mataban a palos, y esta es la causa por donde los indios se defendían tanto. Estas mujeres son muy blancas y altas y tienen muy largo el cabello y andan desnudas en cuero, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios”. (Altas y blancas, ¿hablarían inglés?) El cronista de Orellana, el padre Gaspar de Carvajal, deja claro que pensaron que se trataba de las amazonas de las que hablaban los griegos. Es más, describe, según le describen a él otros indígenas, que estas mujeres guerreras tenían el comportamiento exacto que se describe en alguna parte de la mitología: el pueblo está compuesto sólo por mujeres, usan a los hombres—abusan, en realidad—sólo para reproducirse, y matan a los niños varones al nacer o los envían al lugar donde viven sus padres. ¿Voy a ir tan lejos, más lejos que los historiadores griegos, cómo para decir que estas son las amazonas que pelearon en la guerra de Troya, cuando la Atlántida, que tenía su capital en el centro de Sudamérica, gobernaba el mundo y tenía colonias en Eurasia? Me gusta pensar que sí. Sé que it's a stretch, pero en la mitología está la respuesta, y ya leí mucho sobre el tema escrito por mi primo David. En su libro Los Paraísos Perdidos, David cita a Diodoro Sículo decir, menos de 100 años antes de que nazca Cristo: “Afirman que había en las regiones del oeste de Libia”—o sea, al oeste del África–, “junto a los límites del mundo habitado, un pueblo gobernado por mujeres y celoso de una vida distinta de la nuestra”. Estas tipas eran tan bravas que atacaron e invadieron a los Atlantes, y venían de un lugar “lleno de árboles frutales de toda clase”. El resto de la investigación, filológica, mitológica y, sobre todo, geográfica, se la dejo a David. Yo voy cerrando mi caso sobre las amazonas con lo que decía el jesuita Pou mientras traducía a Heródoto: “Convendría probar la existencia de las Amazonas de Libia, del Asia y América que niegan los modernos, y que con placer defendería yo, si fuera oportuno en este lugar, purgándola de las fábulas con que los poetas han desacreditado por embellecerlo un hecho que no puede desecharse enteramente sin negar la fe humana a la historia antigua”.

Prosigamos ahora a Estrabón (Στράβων), historiador y geógrafo como Heródoto, como Diodoro; coterráneo del primero, contemporáneo del segundo, viajero como los dos. Conocido sobre todo por su trabajo Geografía (Γεωγραφικά), obra cumbre de esta ciencia en el siglo 1, reconstruyó un mapa de la ecúmene, es decir, el mundo conocido de su época, igual que Heródoto, pero no se cansó de quitarle importancia al trabajo de este historiador, y otros, porque considera que no eran detallistas, como lo era él, con las fuentes y las observaciones. Critica la falta de rigor y minuciosidad, y se enfrasca con Demetrio tal como lo hizo Voltaire con Montesquieu un montón siglos después. Estrabón tampoco se cansó de justificar a Homero como fuente geográfica; y es que en los mitos no solo hay mapas de la Historia, sino también mapas geográficos. Además, para escribir mitos que sobrevivan el test del tiempo, estos tienen que tener algo que haga eco en la gente, algo de verdadero, algo que tenga cara conocida. Y para escribir Historia—y para hacerla, y para cambiarla—hay que ser obsesivo con los detalles. Lógicamente, es imposible abarcarlos todos y no cometer errores, pero hay que tener esa mentalidad. Hay que recurrir a las fuentes más obstinadas con un tema como sea posible, a los escolares, a los académicos que no se quedan con consensos sino que siguen siendo curiosos sin perturbación. A los Mayor, a los David, a los Pou, a los Walcot, y a los García-Bellido. Siempre insisto con que hay que buscar gente así de obsesiva para las traducciones. En el caso del extracto que leemos de Estrabón, nos llega del griego al español de la mano de María Paz Hoz García-Bellido (2003, editorial Gredos), investigadora, filóloga y profesora de la Complutense de Madrid, española (siempre insisto que los traductores son españoles), hija de un arqueólogo, historiador y traductor. La profe inunda el texto con notas y explicaciones que hacen de su lectura y comprensión algo muy académico—tanto, que tuve que dejar muchas de lado, y copiar solo las que creo que vienen al caso. Nótese que así como los pueblos son conocidos con distintos nombres, y como distintos pueblos se conocen después con la misma denominación.

Con este extracto nos vamos despidiendo de la serie, no sin hacerle un anexo al anexo crimeo que le hicimos a Ucrania.

Autor: Estrabón

Libro: Geografía (siglo 1)

Libro 12

Sección 3: El Ponto [la Capadocia Póntica tal y como la conoció Estrabón, que nació allí]

19. Los caldeos o cálibes y Farnacia

Los que hoy día se llaman caldeos eran llamados cálibes en la antigüedad[1]. Justo a la altura de su territorio se encuentra Farnacia [pueblo de Turquía en el mar Negro], que tiene las ventajas naturales de la pesca de pelamídes en el mar, pues ocupa el primer lugar en la captura de este pez, y de la explotación de minas en la tierra, actualmente sólo de hierro pero antiguamente también de plata. La costa es toda ella muy estrecha en estos lugares, pues muy cerca se elevan las montañas llenas de minas y bosques, pero poco cultivadas. Como forma de ganarse la vida les queda por tanto a los mineros las minas y a los marineros la pesca, especialmente de pelamýdes [especie de atún] y delfines, pues estos últimos se ponen gordos persiguiendo a los bancos de peces, tanto de jóvenes atunes y atunes hembra como de los propios pelamýdes, y se vuelven fáciles de capturar porque se acercan muy imprudentemente a la tierra, poniéndose ellos solos el cebo. Así matan estas gentes a los delfines y usan su gran cantidad de grasa para todo.

20. Los cálibes llamados álibes en Homero

Creo que es a estas gentes a las que el poeta llama halizonos al mencionarlos detrás de los paflagones en su catálogo:

“luego llegaron como jefes de los halizonos Odio y Epístrofo desde muy lejos, de Álibe, donde nace la plata”[2],

donde, sin duda, o bien ha habido un cambio ortográfico a partir de «de muy lejos, de Cálibe», o bien antiguamente estos hombres eran llamados álibes en vez de célibes. Pues no resulta posible que hoy día sean llamados caldeos por derivación de célibes y que antes, en cambio, no pudieran ser llamados célibes en vez de álibes, y eso teniendo en cuenta que los nombres propios sufren muchas modificaciones, especialmente entre los bárbaros; los miembros de una tribu tracia, por ejemplo, se llamaron primero sinties, después sintos y luego sayos, esos entre los que dice Arquíloco que tiró su escudo

“algún sayo cogió mi escudo, arma intachable
que abandoné sin desearlo junto a un arbusto”
[3],

Estos mismos se llaman hoy día sapeos, y todos ellos son los que tenían su asentamiento en la región de Abdera y en las islas vecinas a Lemnos. De igual manera, los brýgoi, los bríges, los brýges y los phrýges son el mismo pueblo, y lo mismo ocurre con los mysoí, los maoínes y los mēíones, y no es necesario dar más ejemplos[4]. Sin embargo, el escepsio tiene sus dudas sobre el cambio de nombre de álibes a célibes, y sin meditar en las consecuencias ni en lo que se ajusta a esta suposición, ni sobre todo en la razón por la que el poeta llamó halizonos a los cálibes, rechaza esta teoría. Nosotros, en cambio, vamos a examinar su opinión y las de otros comparándolas con la nuestra.

21. Distintas lecturas de los versos homéricos

En vez de «de los halizonos» unos escriben «de los alazones» y otros «de los amazonas», y en vez de «de Álibe» algunos escriben «de Álope» o «de Álobe», afirmando que los alazones son los escitas que están más allá del río Borístenes, a los que llaman también calipidas y con otros nombres que Helánico, Heródoto y Eudoxo nos han transmitido en su verborrea, y dicen que los amazonas están entre Misia, Caria y Lidia, como cree Éforo, cerca de Cime, la ciudad natal de este autor[5]. Y quizá esto tenga algo de lógica, pues podría estar hablando de la región colonizada por los eolios y los jonios, que antes lo había estado por las amazonas; de hecho, se afirma que algunas ciudades tienen nombres de amazonas, como Éfeso, Esmirna, Cime y Mirina. Pero ¿cómo iba a encontrarse Álibe o, como dicen algunos, Álope o Álobe en estos lugares?, ¿cómo se explica el «desde muy lejos»?, y ¿cómo «el país donde nace la plata»?

22. Objeciones a la crítica de Demetrio a una nueva lectura de Éforo

Estas dificultades las resuelve con un cambio en el texto, pues escribe así: «luego llegaron Odio y Epístrofe, los jefes de las amazonas, viniendo desde Álope, de donde procede la estirpe de los amazónides». Sin embargo, al resolver estos problemas cayó en otra invención, pues allí en ningún sitio se encuentra un lugar Álope, y el texto cambiado, creado de nuevo de esta manera en contra de la fiabilidad de los manuscritos antiguos, parece una solución improvisada.

El escepsio, en cambio, no parece haber aceptado ni la opinión de Éforo ni la de los autores a quienes mencioné en la descripción de los macedonios, que mantienen que los halizonos estaban en la zona de Palene. Igualmente duda de que alguien pudiera creer que una fuerza auxiliar formada por los nómadas de más allá del Borístenes llegara al territorio de los troyanos, y alaba especialmente las opiniones de Hecateo el milesio, de Menécrates de Elea, discípulo de Jenócrates, y de Palefato. El primero de éstos dice en su Itinerario de la tierra: «después está la ciudad de Alacia y el río Odrises, que fluyendo del oeste desde el lago Dascilitis a través de la llanura de Migdonia desemboca en el Ríndaco», y afirma que Alacia está hoy día desierta pero que muchas de las aldeas de los alazones, a través de las cuales fluye el Odrises, están habitadas y que en ellas veneran de forma excepcional a Apolo, especialmente en la frontera con los cicicenos. Menécrates, por su parte, dice en el Itinerario del Helesponto que a continuación de los lugares que dominan Mirlea se eleva una zona montañosa que está habitada por la tribu de los halizonos, pero que hay que escribir el nombre, dice, con dos lambdas [letra λ] , y que el poeta lo escribió con una por razones métricas[6]. Palefato dice que Odio y Epístrofo habían organizado la expedición con los alazones que entonces vivían en Álope pero actualmente habitan Zelea. ¿Y cómo pueden ser entonces dignas de alabanza las opiniones de estos autores? Pues aparte de que también ellos alteran el texto antiguo, ni señalan en qué lugar de Mirleatis estaban o están las minas plata, ni cómo, aun aceptando que existió una Álope o Alazonia, podían venir «de lejos» los que desde allí llegaron a Ilión, pues la Mirleatis está mucho más cerca de la Tróade que la región de Éfeso. Pero Demetrio dice que también los que afirman que los amazonas están en la región de Pígela, entre Éfeso, Magnesia y Priene, hablan por hablar, pues la expresión «de lejos» no se ajusta a ese lugar. Por tanto, ¿no se ajusta todavía menos a la región de Misia y Teutrania?

23. Crítica a Demetrio

Sí, por Zeus, pero dice que hay que aceptar algunos añadidos al texto que tampoco son lógicos, como por ejemplo: «de Ascania la lejana»[7], o «su nombre era Arneo, pues se lo puso su venerada madre»[8], y «Penélope cogió la llave bien moldeada con su robusta mano»[9]. Pues bien, aceptemos también esto, pero no aquellas lecturas de las que se fia Demetrio sin siquiera oponerse de forma convincente a los que mantienen que hay que entender

“de lejos, de Cálibe.”

Pues, aunque está de acuerdo en que aun en el supuesto de que ahora no existan minas de plata en el territorio de los cálibes, al menos era posible que las hubiera antes, no lo está en aquello de que eran tan famosas y dignas de recordar como las de hierro. ¿Y qué impide —podría decir uno— que fueran famosas como las de hierro? ¿Acaso la abundancia de hierro puede hacer famoso un lugar y en cambio la de plata no? ¿Y si las minas de plata llegaron a la fama no en época de los héroes homéricos sino en época de Homero, acaso podría uno censurar la afirmación del poeta? ¿Y cómo llegó entonces la fama de las minas al poeta? ¿Y cómo la del bronce de Témesa en Italia? ¿Y cómo la de la riqueza de Tebas de Egipto, si estaba a una distancia de ésta casi el doble de larga que la que le separaba de los caldeos? Pero ni siquiera concuerda con aquellos cuya opinión sostiene, pues cuando sitúa los lugares que están en la zona de Escepsis, su ciudad natal [hoy en el oeste de Turquía, en la costa del Mediterráneo], dice que tanto la aldea de Enea como Argiria y Alazonia están cerca de Escepsis y del Esepo. Entonces, si estos lugares existen de verdad, deberían de estar en las fuentes del Esepo. Hecateo, en cambio, dice que están más allá de la desembocadura de este río, y Palefato, cuando dice que los alazones vivieron primero en Álope y actualmente en Zelea, no dice lo mismo que los otros. Y si acaso sí lo hace Menécrates, tampoco él dice qué lugar es Álope o Álobe o como quiera que se escriba, ni tampoco lo hace el mismo Demetrio.


  1. Nota del Traductor: Estos caldeos, que no tienen nada que ver con los caldeos de Mesopotamia, ocupan la región de Cladia (Tzanike) en el valle de Gömüş hane. ↩︎

  2. N.T.: Homero, Ilíada, II 856 s. ↩︎

  3. N.T.: Fragmentos, 5 (Edición de West). Arquíloco de Paros es uno de los poetas líricos griegos, elegíaco y yambógrafo, más antiguos (s. VII a. C.). ↩︎

  4. N.T.: Translitero aquí directamente el griego en vez de seguir las normas de transcripción de nombres propios establecidas por Fernández Galiano y seguidas por la editorial Gredos, pues éstas no reflejan las distinciones fonéticas entre los distintos étnicos, que es lo que en este pasaje quiere señalar Estrabón precisamente. Los sapeos (ver VII fr. 43, 47) y los sintos (VII fr. 36, 45, 45a) son tribus distintas, aunque ambas tracias y muy cercanas. Los bryges, a los que ya Heródoto (VII 73) identifica con los frigios, son tribus frigias que se quedaron asentadas en Macedonia occidental tras el paso de este pueblo por la zona. ↩︎

  5. N.T.: A juzgar por los geógrafos jonios los alazones son un pueblo escita, imaginario según Estrabón, que se encontraba en la costa norte del Mar Negro, entre la desembocadura del Bug al este y la del Tiligul al oeste (Lasserre, Strabon XII, pág. 193, s. v.). En el texto griego el término amazonas va precedido de un artículo masculino, de ahí que traduzca «los amazonas». Álope y Álobe son variantes no explicables (a no ser que Álope sea una conjetura basada en la existencia de tres ciudades griegas de igual nombre, en Ftiótide, Lócride Opontia y Lócride Ozolia) de Álibe, ciudad tampoco hoy día localizada. ↩︎

  6. N.T.: Como ha observado Lasserre (Strabon XII, pág. 83, n. 1), este pasaje no está recogido como fragmento de Menécrates en FGrHist. (v. Müller, Fr. Hist. Gr.,pág. 342 F 3). Mirlea se encuentra entre Cio y Dascilio en la costa sur de la Propóntide (v. Estr., XII 4, 3). Como señala Th. Corsten (Die Inschriften von Apameia (IGSK 32), Bonn, 1987, págs. 2 s.), los halizones no pueden encontrarse cerca de Mirlea porque en esta zona ni había minas de plata ni podía encontrarse la ciudad de Álibe a juzgar por las fuentes antiguas. ↩︎

  7. N.T.: Ilíada,.II 863. ↩︎

  8. N.T.: Odisea, XVIII 5. ↩︎

  9. N.T.: Odisea, XXI 6. ↩︎



#griego


Heródoto: Crimea y las Amazonas
Cierro el anexo a Ucrania con una conexión bien rara, de cuando Sudamérica estuvo en guerra con Grecia hace milenios y un grupo de amazonas encontró refugio en Crimea, y que probablemente influyeron en el carácter guerrero del gen cosaco. No, te juro que no es un chiste.
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