Enjambre de reglas y charlatanes *

Contexto Condensado

Capítulo 3 de nuestra serie Cripto, Creators y Charlatanes.

Año 1620, y Sir Francis Bacon escribe:

“en la parte activa y práctica de la ciencia, no han faltado en el mundo charlatanes y locos que, por credulidad o por impostura, han agobiado al humano con toda suerte de promesas y milagros: prolongación de la vida, venida tardía de la vejez, alivio de los males, corrección de los defectos naturales, encantamiento de los sentidos, suspensión y excitación de los apetitos, iluminación y exaltación de las facultades intelectuales, transformación de las sustancias, multiplicación de los movimientos, acrecentamiento a voluntad de su potencia, impresiones y alteraciones del aire, gobierno y dirección de las influencias celestes, adivinación del porvenir, reproducción del pasado, revelación de los misterios, y muchos otros por el estilo.”

Cuatro siglos después, como el ser humano no cambia, las cosas siguen igual. Carl Sagan, hablando del mundo y sus demonios, dice:

“Ofrecimientos típicos de la pseudociencia y la superstición son la astrología; el triángulo de las Bermudas; Pie Grande, y el monstruo del Lago Ness; los fantasmas; el «mal de ojo»; la telepatía, predicción, telequinesis y «visión remota» de lugares distantes; la convicción de que llevar encima una pata de conejo da buena suerte; las llamadas telefónicas de los muertos; las profecías de Nostradamus; la idea de que se cometen más crímenes cuando hay luna llena; la quiromancia, la numerología; la poligrafía; los cometas, las hojas de té y los nacimientos «monstruosos» como anuncio de futuros acontecimientos; charlatanería sobre dietas; experiencias fuera del cuerpo (es decir, al borde de la muerte) interpretadas como acontecimientos reales en el mundo externo; el fraude de los curanderos, las tablas de Ouija, el agua que recuerda qué moléculas solían disolverse en ella; seres humanos que arden espontáneamente y quedan chamuscados; máquinas de movimiento perpetuo que prometen suministros ilimitados de energía; la predicción de los Testigos de Jehová de que el mundo terminaría en 1917 y muchas profecías similares; la dianética y la cienciología, la «brujería»…”

Permitime seguir con la lista: prolongación de la vida congelándose de frío en cámaras de criogenia, prolongación de otras cosas que se encogen con el frío; control del clima con el pensamiento o el rezo comunitario, control y cambio del destino con el deseo—que aunque lo vayás a cambiar lo puede leer un clarividente—, manifestación de bienes y músculos porque lo pienso y lo quiero mucho (como si eso no lo volviera a uno loco o ansioso), la idea de que lo anterior es física cuántica y que podemos re-moldear la realidad con la mente; retornos a vidas pasadas (como si la mente y la memoria pudieran sobrevivir sin el armazón y caparazón que llevamos encima—y, además, con tan poca gente que había antes y la que hay ahora, increíble que nunca se topen con ningún conocido o algún famoso), la vida después de la muerte; la convicción de que pasarse la sal da mala suerte; los emails de príncipes nigerianos o parientes distantes que dejaron una fortuna sin heredero; la idea de que las lunas llenas influyen en la subida y bajada de los mercados de cripto, la promesa de la riqueza de la noche a la mañana invirtiendo en cripto; curar el cáncer a base de frutas, la homeopatía, los aceites esenciales para cosas milagrosas; los chips de 5G que se pueden implantar a través de una aguja; la lectura de hojas de coca, o de la palma de la mano, o de cartas de truco; la predicción de los mayas que el mundo terminaría el 2012 y que leyeron mal y es el 2021; los amarres amorosos, el mal de amor (como si el amor fuera un mal); las valuaciones de startups en miles de millones de dólares que no han vendido más que humo, los libros y cursos sobre cómo ser millonario o cómo ser exitoso, las frases motivacionales; los viajes astrales, las constelaciones familiares, el horóscopo (cualquiera); las filmaciones de platillos voladores que dejaron de existir ahora que todos tienen cámaras con buena resolución; la maldición de la tumba de Tutankamón; la teoría de que la tierra es plana 🤦🏽‍♂️, los reptilianos, y todo lo que rodea la actual pandemia del covid-19.

En el siglo 19, Thomas Macaulay escribió que

“los siglos reformadores son siempre fecundos en impostores”,

y este es uno de esos. Pero a diferencia de antes, ya no es necesario leer para escribir, y todos tenemos micrófonos y amplificadores. Y algoritmos, que responden muy bien al miedo, las inseguridades y las falsas esperanzas, que es lo atacan quienes venden humo. Los problemas del ser humano siguen siendo los mismos, los impostores también. Y el mundo sigue estando lleno de crédulos que creen que la gente feliz escribe libros sobre felicidad, que la gente motivada comparte frases motivacionales, que los amigueros hablan sobre cómo hacer amigos, que los inteligentes estudian el coeficiente intelectual, que los buenos escritores escriben largos ensayos sobre cómo escribir bien, que los hacedores se las dan de críticos o analistas, que los maestros espirituales escriben libros para dárselas de gurús, que los que saben de verdad pierden el tiempo creando cursitos vender en internet, que los sanos promueven dietas grandiosas, que los donjuanes escriben sobre cómo conquistar mujeres y que las conquistadoras quieren hombres que leen posts sobre como ser exitosos, que los exitosos estudian el éxito, que los poderosos y los que influencian explican cómo tener poder, que los millonarios escriben sobre el dinero, que los que lo tienen escriben sobre cómo ganarlo fácilmente. El que tiene luz ilumina, no estudia cómo iluminar.

Y hay cosas que no se pueden enseñar, y que no se pueden aprender sino haciendo; en la vida hay muy pocos shortcuts. No hay secretos para la atracción. Trabajo, iteración, costo de oportunidad, cooperación, servicio y suerte: esas son las leyes de la fortuna material—las únicas reglas, aunque los impostores nos hagan creer que las hay por cientos de miles y especialísimas para cada cosa.

Cito algunos ejemplos de libros reales y actuales (porque esta literatura de reglas y leyes no existía antes de nuestra era): Las 48 leyes del poder, 12 reglas para la vida (a las que siguieron 12 reglas más en el siguiente libro), 10 reglas para la resiliencia, 10 estrategias divinas para seguir adelante, 7 reglas para llegar a las 7 figuras (en la cuenta de banco, y con el autor en la portada apuntándose a la cabeza con el dedo, como si estuviera a punto de cometer un suicidio), Las 40 reglas del amor (como si hubiera otra regla más que let love rule), 26 lecciones de Vince Lombardi: el mejor coach del mundo, Las 12 leyes universales del éxito, 9 reglas para los humanos en la era de la automatización (todos estos milenios de aprendizaje no sirven para nada), 365 reglas para mejorar tu vida (¡365!), 365 reglas del diseño gráfico, 12 secretos ocultos de manifestación para atraer cualquier cosa que deseés (cualquier cosa que deseés, con razón el estoicismo está de vuelta), 15 leyes de la riqueza, 10 estrategias divinas para tiempos difíciles, 10 reglas para darle energía a tu vida, 144 reglas y regulaciones rastafaris (y uno pensando que era un movimiento chill), 52 reglas para apuntar y anotar en este juego llamado vida, Las 7 leyes del dinero, 10 reglas simples para criar comensales felices y sanos, 42 reglas para ser mejor en hacerse mejor (🤷🏽‍♂️), 9 reglas para ayudarte a redescubrir y vivir la alegría cada día, Las 7 leyes espirituales del éxito, Las 17 leyes indiscutibles del trabajo en equipo (indiscutibles), Las 15 leyes invaluables del crecimiento (¿invaluables o sin valor?), Las 22 leyes inmutables del marketing (imaginate alguien que imagina que las cosas son inmutables, y, bonus, en un campo que además es nuevito), Las 21 leyes irrefutables del liderazgo (del mismo autor indiscutible, dueño y gran maestro de la verdad)… Y estos son solo algunos ejemplos de algunos libros que tienen un número en el título; no he entrado a los que no tienen números, ni he nombrado ensayos, blogposts, ni cursitos—porque nos puede dar un infarto.

Y así puedo seguir horas con esta sarta de charlatanes superficiales que, si no rayan en la estulticia, rayan en la malicia, y para quienes lo importante es parecer importante, y llenarse la boca y desperdiciar el tiempo y el espacio con títulos y subtítulos, capítulos y subcapítulos, secciones y subsecciones que, en palabras de Francis Bacon, “reposen sobre cajas vacías; esto no obstante, para la inteligencia vulgar, tienen la forma y la apariencia de ciencias acabadas y completas”. Me recuerda la frase de Elizabeth Bowen: “la idea que tiene el estúpido de lo que es una persona inteligente”. Por eso, la cantidad de reglas debe ser numerosa, los números no deben guardar ni estética, ni orden, ni significado alguno, y deben parecer provenir de la experiencia, aunque uno sea un muchacho. Ya dijo Aristóteles que “el joven no es un alumno apropiado de Política, porque ca­rece de experiencia en las acciones de la vida, y las argumentaciones parten de estas y versan sobre ellas”; además, los jóvenes “se dejan llevar por las pasiones”. También dijo el antiguo griego, en el mismo libro, sobre la cantidad de reglas y fines:

“entre las de esta clase, [varias] caen bajo una sola facultad: como, por ejemplo, la fabricación de frenos y cuantas se ocupan de la fabricación de instrumentos hípicos caen bajo la Hípica—y esta, lo mismo que toda actividad bélica, cae bajo la Estrategia—, y, de la misma manera unas se subordinan a otras diferentes.”

El que escribe un montón de reglas no piensa en primeros principios, no conoce de subordinación, no hace su tarea, no piensa a fondo, no es serio. Pocos pueden acordarse de memoria, en un santiamén, 10 mandamientos; por eso Jesús los tuvo que reducir a 3, siendo el tercero transversal a cualquier religión o filosofía: está en el Hinduismo, Budismo, Taoísmo, Confucianismo, Judaísmo, Cristianismo e Islamismo: algunos dicen que hagás a otros lo que querés que hagan con vos; y si es mucho pedir, otros dicen que por lo menos no le hagás a otros lo que no querés que te hagan. Esta es la única regla y es de oro.

No nos vendás humo, no nos hagás perder el tiempo, no nos vendás una experiencia que no tenés, no nos desmenucés la materia en cosas largas e incomprensibles. Ya Séneca escribió, antes de estrellarse en el mismo lugar contra la avaricia, que

“es útil dividir [una cosa], pero no despedazarla; abarcar las cosas muy grandes, como las muy pequeñas, es difícil. Todo cuanto crece en grandes proporciones se analiza más fácil si está dividido en partes, las cuales no conviene que sean ni muy numerosas, ni muy pequeñas. Es más, incurre en el mismo defecto el que hace excesivas divisiones, como el que no hace ninguna: se asemeja a un montón confuso cuanto se ha fragmentado hasta reducirlo a polvo.”

La última frase la cita Montaigne en su ensayo sobre la experiencia:

“«Confuso es lo que se divide hasta reducirlo a polvo». Quien ve a los chicos intentando dividir en cierto número de porciones una masa de mercurio, advierte que cuanto más la oprimen y amasan, ingeniándose en sujetarla a su voluntad, más irritan la libertad de ese generoso metal, que va huyendo ante sus dedos, menudeándose y desparramándose más allá de todo cálculo posible: lo propio ocurre con las cosas, pues subdividiendo sus sutilezas, enséñase a los hombres a que las dudas crezcan; se nos coloca en vías de extender y diversificar las dificultades, se las alarga y dispersa. Sembrando las cuestiones y recortándolas, hácense fructificar y cundir en el mundo la incertidumbre y las querellas… Nosotros manipulamos la materia y la esparcimos desleyéndola; de un solo asunto hacemos mil, y recaemos, multiplicando y subdividiendo, en la infinidad…”

Y luego cita una joya que se mandó Sócrates:

“Sócrates preguntaba a Menón: «¿Qué era virtud?» —Hay, decía Menón, virtud de hombre y de mujer; de funcionario y de hombre privado, de niño y de anciano. —¡Buena ésa! exclamó Sócrates, buscábamos una virtud y nos presentas un enjambre.» Comunicamos una cuestión, y se nos facilita una colmena.”

Vivimos en un enjambre de reglas y charlatanes, y no hay reglas claras para escapar de las redes sociales de este laberinto.



Francis Bacon: Aforismos sobre charlatanes
No han faltado en el mundo charlatanes y locos que, en parte por credulidad, en parte por impostura, han agobiado al humano con toda suerte de promesas y de milagros: prolongación de la vida, venida tardía de la vejez, alivio de los males, revelación de los misterios, y muchos otros por el estilo.

👈🏽 CRIPTO, CREATORS Y CHARLATANES, CAPÍTULO 1


Carl Sagan: Obsesionado con la realidad
Ofrecimientos típicos de la pseudociencia y la superstición son la astrología; el triángulo de las Bermudas; Big Foot y el monstruo del Lago Ness; los fantasmas; el «mal de ojo»; la telepatía, predicción, telequinesis y «visión remota» de lugares distantes...

👈🏽 CRIPTO, CREATORS Y CHARLATANES, CAPÍTULO 2


Montaigne: sobre la experiencia
Nunca hubo dos hombres que juzgaran igual la misma cosa; es imposible ver dos opiniones exactamente iguales, no solamente en distintos hombres, sino en uno mismo a distintas horas. Desconocen los hombres la enfermedad natural de su espíritu, que solo se ocupa en bromear.

CRIPTO, CREATORS Y CHARLATANES, CAPÍTULO 4 👉🏽

Séneca: Sobre la filosofía, contra la codicia
¿Hasta dónde extenderán los límites de sus fincas? El campo que alguna vez cobijó a un pueblo ¿resulta angosto para un solo dueño? ¿Hasta dónde extenderán las tierras de labor, no contentos siquiera con fijar los límites de vuestra heredad en el espacio de una provincia?

CRIPTO, CREATORS Y CHARLATANES, CAPÍTULO 5 👉🏽


Aristóteles: El bien y la felicidad como fines
Todo conocimiento y elección tienden a un bien; la Política tiende al más elevado de todos los que se alcanzan mediante la acción: la felicidad. Eso, y un examen de la frase que dice que «la finalidad no es el conocimiento, sino la práctica».

CRIPTO, CREATORS Y CHARLATANES, CAPÍTULO 6 👉🏽



“El charlatán“, ilustración de Grandville (1852) para les “Fábulas“ de Florian (1792)