Séneca: sufrimos más en la imaginación

Son más las cosas que nos atemorizan que las que nos atormentan: sufrimos más por lo que imaginamos que por lo que sucede en la realidad. Pregúntate a ti mismo: ¿acaso no me angustio y entristezco sin motivo y forjo un mal donde no lo hay? O nos atormenta el presente o el futuro o ambos a la vez.

Séneca: sufrimos más en la imaginación
El suicidio de Séneca, en la Crónica de Núremberg (1493)
Contextorium

Dejo como contexto lo escrito por el traductor del texto, Ismael Roca Meliá, en su trabajo de 1986. Esta carta es parte del “pequeño ciclo constituido por las Epístolas 12-15, con instrucciones propedéuticas bien tipificadas: aprovechar el tiempo, fortalecerse contra la fortuna, considerando que nuestros males provienen de la opinión del vulgo”.

“Lucilio ha dado pruebas de su virtud al combatir y superar la fortuna. Dejando de lado la doctrina estrictamente estoica, afirma Séneca que la imaginación nos lleva a temer males mayores de lo que son o antes de que se presenten o incluso meramente supuestos; no va a ocuparse de los primeros. De los últimos, es decir, de los males supuestos, hay que descubrir su falta de fundamento tanto si se refieren al presente como al futuro. Los males futuros, aun siendo verosímiles, todavía no son ciertos y no se conjuran adelantándonos a ellos. Sin embargo, el estoico lucha con el mal y ve en él la posibilidad de un bien; éste es el ideal que en último termino propone a Lucilio”.

Cierra con una “máxima de Epicuro censurando a los que están siempre comenzando a vivir”.

Autor: Séneca

Libro: Cartas a Lucilio (siglo 1)

Carta 13: Fortalecerse contra la fortuna y los males de opinión

Sé que tienes mucha entereza; pues aun antes de adiestrarte con las enseñanzas saludables que ayudan a superar las penalidades, ya te lisonjeabas bastante ante la fortuna; y mucho más, después que entablaste una pugna con ella y comprobaste tus fuerzas, que sólo entonces pueden inspirar segura confianza en sí mismas, cuando de uno y otro lado surgieron muchas dificultades y alguna vez hasta han arreciado de muy cerca. De esta suerte se pone a prueba el auténtico valor que no va a ceder ante el capricho ajeno; ésta es su piedra de toque.

No puede aportar gran entusiasmo a la competición el atleta que nunca ha sido magullado; aquel que contempló su propia sangre, cuyos dientes crujieron en el pugilato, aquel que, zancadilleado, soportó todo el peso del adversario y, derribado, no abatió su ánimo, quien en todas sus caídas se levantó más porfiado, ese tal desciende a la liza con más confianza.

Por eso, para continuar este símil, a menudo la fortuna llegó a superarte, y, sin embargo, no te entregaste, antes te sobrepusiste y enfrentaste a ella con más energía; grande ánimo, en efecto, se infunde a sí misma la virtud que ha sido espoleada. Con todo, si te parece bien, recibe de mi parte las ayudas con que poder fortalecerte.

Son más, Lucilio, las cosas que nos atemorizan que las que nos atormentan, y sufrimos más a menudo por lo que imaginamos que por lo que sucede en la realidad. No hablo contigo ahora en nuestro lenguaje estoico, sino en este otro más asequible; porque nosotros afirmamos que todos esos sufrimientos que arrancan gemidos y lamentos son leves y despreciables. Pero renunciemos a estas frases sonoras, aunque, ¡oh dioses propicios!, son verdaderas; esto es lo que te recomiendo: que no seas desgraciado antes de tiempo, toda vez que aquellas desgracias que temiste como ya inminentes quizá nunca han de llegar y con seguridad no han llegado.

Por esta razón ciertos acontecimientos nos atormentan más de lo que deben, otros antes del tiempo debido, otros cuando no deberían atormentarnos en absoluto; o aumentamos el dolor, o lo anticipamos, o lo imaginamos.

El primer punto, puesto que la cuestión está en litigio y tenemos planteado el pleito, aplacémoslo por el momento. Lo que yo califique de leve, tú sostendrás que es gravísimo; sé que unos ríen en medio de los azotes, y que otros gimen por una bofetada. Luego examinaremos si estas cosas tienen peso por sí mismas o a causa de nuestra debilidad.

Hazme este favor: cuantas veces te veas rodeado por quienes tratan de persuadirte de que eres desgraciado, piensa no en lo que oigas, sino en lo que sientes y, de acuerdo con tu capacidad de resistencia, toma consejo y pregúntate a ti mismo, que conoces perfectamente tus asuntos: «¿qué motivo hay para que éstos me compadezcan, qué motivo para que tiemblen, para que hasta teman que les contagie, como si la desgracia pudiera propagarse?, ¿existe en mi caso auténtico mal, o esta situación es más deshonrosa que mala?». Pregúntate a ti mismo: «¿acaso no me angustio y entristezco sin motivo y forjo un mal donde no lo hay?».

«¿Cómo», preguntas, «conoceré si son ficticias o reales las causas de mi angustia?». Aquí tienes la norma que regula esta cuestión: o nos atormenta el presente, o el futuro, o ambos a la vez. Sobre el presente el juicio resulta fácil: si tu cuerpo está expedito y sano y no sientes aflicción alguna a causa de una ofensa, veremos lo que puede acontecer mañana: el día de hoy no presenta problema alguno.

«Pero, con todo, se presentará». Examina primero si hay indicios seguros del mal venidero, porque a menudo nos angustian las suspicacias y nos engaña aquel mismo rumor que suele acabar con ejércitos enteros y, mucho más, con los individuos. Así es, querido Lucilio: fácilmente nos sumimos a la opinión pública; no sometemos a crítica los motivos que nos impulsan al miedo, ni los ponemos en claro, sino que temblamos y volvemos las espaldas como soldados a quienes el polvo levantado por los rebaños, en su huida, ahuyentó del campamento o a quienes atemorizó algún rumor esparcido sin fundamento.

No sé por qué los males ficticios causan mayor turbación; de hecho los verdaderos tienen su propia medida: cuanto es producto de la incertidumbre se relega a la conjetura y a la fantasía del espíritu atemorizado. Por ello, ningunos son tan perniciosos ni tan irremediables como los temores del que tiene pánico, pues los demás surgen por falta de reflexión, éstos por inhibición de la mente.

Así, pues, investiguemos cuidadosamente la cuestión. Es verosímil que se produzca algún mal, pero no es todavía una realidad. iCuántos males vienen sin esperarlos! ¡cuántos que se esperaban no se produjeron en parte alguna! Aun cuando alguno tenga que venir, ¿de qué sirve adelantarse al propio dolor? Con suficiente prontitud te dolerás, cuando llegue; mientras tanto augúrate una suerte mejor.

¿Qué ventaja sacarás? El tiempo. Podrán interponerse muchas circunstancias que determinen que el peligro próximo o casi inminente se detenga, desaparezca o venga a dar sobre cabeza ajena. Incendio hubo que abrió camino a la huida, a algunos un derrumbamiento los dejó suavemente en el suelo, alguna vez fue retirada la espada de la misma cerviz del reo; hubo quien sobrevivió a su verdugo. La mala fortuna tiene también sus caprichos. Tal vez será, tal vez no será; por el momento no es. Ten en la mente una suerte mejor.

En ocasiones, sin que haya señales manifiestas que presagien desgracia alguna, el espíritu se crea falsas imágenes: o bien interpreta en peor sentido una palabra de significación dudosa, o bien imagina la ofensa, recibida de otro, mayor de lo que es, no considerando lo airado que está el ofensor, sino la licencia que se pueda tomar el que está airado. Mas no existe razón alguna para vivir, ni límite posible en las desgracias, si uno teme cuanto es susceptible de temor: es ahora cuando aprovecha la prudencia, ahora cuando hay que rechazar hasta el miedo claramente justificado con todo el vigor del alma; pero si no, combate un defecto con otro y modera el miedo con la esperanza. Por muy cierto que sea alguno de los males que tememos, es más cierto aún que los temores se calman y que las esperanzas nos defraudan.

Por lo tanto, sopesa la esperanza y el temor, y siempre que la decisión sea del todo dudosa, decídete en tu favor: confía en lo que más te agrade. Aun cuando el miedo consiguiere más votos, inclínate no menos del lado contrario, deja de angustiarte y recuerda constantemente esta idea: que la mayor parte de los humanos se exasperan e inquietan, por más que no sufran mal alguno ni con seguridad lo vayan a sufrir.

Porque nadie pone freno a sí mismo, cuando empieza a ser empujado a la deriva, ni regula su temor conforme a la verdad; nadie dice: «vano es el que lo garantiza, sí vano: o lo inventó o se fió de otros». Nos entregamos a merced de la brisa; nos espantamos ante un riesgo dudoso como si fuera cierto; no conservamos la moderación, al momento el recelo se convierte en temor.

Me avergüenza hablar contigo de esta forma y confortarte con remedios tan suaves. Otro podrá decirte: «Quizá el mal no se presente»; tú responde: «¿Y qué, si se presenta? Veremos cuál de los dos vencerá. Quizá sea para mi bien y la muerte de que hablas acreditará mi vida».

La cicuta ennobleció a Sócrates. Arrebata a Catón la espada, defensora de la libertad, y le habrás despojado de una gran parte de su gloria.

Te estoy exhortando demasiado rato, siendo así que tú precisas más una admonición que un estímulo. No te dirijo en un sentido contrario a tu naturaleza: has nacido para estos ideales que te voy mostrando; con tanto mayor motivo debes incrementar y embellecer tu virtud.

Mas voy a concluir ya mi epístola, así que le haya dejado impreso su sello, es decir, le haya encargado te transmita alguna noble sentencia: «Entre otros males la necedad posee también el de comenzar siempre a vivir»[1]. Medita el sentido de esta expresión, Lucilio, tú, el mejor de los hombres, y comprenderás cuán repulsiva es la inconstancia de los mortales que establecen cada día nuevas bases para la vida, que inician nuevas esperanzas incluso al término de sus días.

Analiza en tu interior a cada uno: te encontrarás con viejos que se preparan con gran empeño para la consecución de honores, para largos viajes, para grandes negocios. Pues bien, ¿qué cosa hay más vergonzosa que un viejo que comienza a vivir? A esta sentencia no añadiría el nombre de su autor, si no fuera porque es bastante desconocida y no incluida entre las máximas divulgadas de Epicuro que me he permitido no sólo alabar, sino también escoger.

Vale.


  1. Nota del traductor: Frase de Epicuro: “La necedad carece de la firmeza y solidez que confiere el progreso en la sabiduría” (Usener, fr. 494). ↩︎


Epicuro - Conectorium
Ἐπίκουρος (Epikouros, «aliado» o «camarada»), también conocido como Epicuro de Samos (341 a. C. – Atenas, 270 a. C.), fue un filósofo griego. Estableció su propia escuela en Atenas, conocida como el “Jardín”, donde permitió la entrada de mujeres, prostitutas y esclavos. Los aspectos más destacados d…

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