Séneca sobre el viento (o, sobre la locura)

Contexto Condensado

Ahora que está de moda de nuevo el estoicismo (¿cuándo no lo está?), tenemos por costumbre ver por todos lados los escritos morales de sus grandes exponentes. Pero las filosofías antiguas no dividían metafísica de ética, ni física de la vida práctica: para los antiguos griegos y romanos, todo era parte de un Todo, todo estaba conectado, y toda la filosofía, en el fondo, tenía que ser práctica, tenía que traducirse en un modo de vida.

La filosofía, la ciencia y la religión parten del mismo lugar: preguntarnos sobre la naturaleza de las cosas en el Cosmos y averiguar cuál es nuestro rol (si tenemos rol alguno) en él, cómo vivir de la forma más acorde a ese rol o a las leyes de la Naturaleza (o Dios, o el Universo). ¿Cómo podemos adaptarnos mejor a lo que sucede alrededor, que además no podemos cambiar? Esto debería llevarnos a vivir más tiempo o, por lo menos, a vivir mejor, y en concordancia con esto último, a ser más plenos o felices. Esto, en teoría.

Dicho lo anterior, cabe notar que los grandes filósofos de la moral y la virtud de la antigüedad que conocemos hoy, también filosofaron sobre fenómenos físicos, aunque lógicamente tenían menos información que ahora y que pocos siglos después de ellos, porque el conocimiento avanza, y junto con él la ciencia, y lo que se creía en su momento ya ha sido descartado o explicado mejor y tiene poco o ningún sentido hoy en día; excepto, quizá, el de mostrar cómo se pensaba antes. Lo mismo sucederá mañana con algunas teorías con las que jugamos hoy.

Séneca no quedó ajeno a esta costumbre de intentar filosofar sobre todas las cosas, y escribió, como muchas de las más grandes mentes de la antigüedad, sobre fenómenos físicos. Lógicamente, cabe esperar, como lo hicieron todos, la ética y la búsqueda de virtud se veían mezcladas con lo puramente científico en esta etapa de la historia en la que la ciencia no se había separado de la filosofía, y la religión apenas empezaba a deambular por otro camino. Pero sus Cuestiones Naturales dejaron de ser interesantes a medida que la scientia fue mutando, que es lo que cabía esperar. Este libro, que perdió el interés popular cerca al siglo 17, lo escribió en el exilio allá por la misma época en que redactaba sus famosas Cartas a Lucilio, y este mismo Lucilio hace también varias apariciones.

Hoy rescatamos una sección de esta pequeña enciclopedia científica, particularmente del capítulo séptimo dedicado a los vientos, no por su física, sino, como cabe esperar, por sus reflexiones morales. El estado de la ciencia en ese entonces es sólo circunstancial. Eso sí, un tal Francisco Sancho, el 11 del 11 del 1911, le escribía en una carta al intelectual español Marcelino Menéndez Pelayo:

“Presentar las obras filosóficas de Séneca y no incluir las Cuestiones Naturales que, por lo mismo que son un tratado de física salpicado de reflexiones morales, son obra didáctica, que dan idea del estado de las ciencias en la apartada época de ha dos mil años, me ha parecido omisión censurable y nada inoportuno, por consiguiente su intromisión tratándose de una colección de obras que tienen más o menos colorido educativo.”

“Colorido educativo” es una linda definición. El primer párrafo del capítulo sobre los vientos, Séneca lo estrena escribiendo:

“El viento es una corriente de aire. Algunos lo definieron diciendo: El viento es aire que corre hacia un punto. Esta definición parece más exacta, porque el aire no está nunca tan inmóvil que no experimente alguna agitación.”

Tal era el estado de la filosofía natural entre la alta alcurnia romana a inicios de la era común, y hasta no muy lejos de aquí llega Séneca sin inmiscuir ética alguna. Uno pensaría que hoy no se es necesario ser noble para sacar esa conclusión y para separar los fenómenos físicos de cualquier moralidad. Pero no. Hace muy poquito, el 9 de enero de este nuevo año, el periodista Steve Millow, fundador de algo llamado, irónicamente, Junk Science, tuiteaba, en respuesta a un artículo de Ezra Klein en The New York Times:

“Wind power made the trans-Atlantic slave trade possible.”
“La energía eólica hizo posible el comercio transatlántico de esclavos.”

Vos podés pensar que lo que dice no es mentira, porque es verdad; pero lo hace juzgando la moralidad de los avances en energías renovables. No juzga estos avances técnicamente, como debería hacerse, sino haciendo un ridículo mundial. Para él, resulta que el viento, o que hayamos aprendido a usar el viento, carga la culpa del tráfico de esclavos de Europa a América. Y entonces la madera de los barcos, como bien notó un comentarista, debe tener culpa también. Y lo mismo el hierro de los grilletes. Los metales entonces hicieron posible las guerras, porque se usaron para fabricar armas. Y cuántos crímenes habrá hecho posible la energía hidráulica, y cómo será el abanico de locuras que hará posible la energía solar. O sea, todo lo que descubrimos y aprendemos a usar, nace marcado con el pecado original de ser usado por el humano. Y entonces de nada debe servir el progreso científico.

Este tipo de falacia es transferir la ética y la moral, cosas humanas, a las cosas, o a la Naturaleza, que no tienen interés ninguno por lo moral. Séneca, hace casi dos mil años, escribía:

“Es indudable que cuando la Providencia, Dios, el gran artífice del universo, entregó el aire a los vientos que soplan de todos lados, para que nada pereciese por falta de movimiento, no fue para que flotas cargadas de armas y soldados recorriesen casi todas nuestras costas y marchasen al Océano o más allá del Océano buscándonos enemigos.”

¿Se acerca Séneca a decir que los vientos hicieron posibles las guerras? Leelo y sacá vos tus propias conclusiones. Entre medio de los vientos, inevitablemente, se aventura a criticar nuestras locuras, nuestra naturaleza, nuestra inevitable voluntad de utilizar todo lo que descubrimos tanto para bien como para mal, tanto para ayudar como para satisfacer los deseos de nuestra ambición. Recito de nuevo (re-cito) a nuestro filósofo de la vida, en la traducción de Francisco Navarro y Calvo, de 1884, para ir terminando esta introducción. Séneca es uno de esos personajes que se nos aparece desde la antigüedad, a través del viento de los tiempos, como uno de los más cuerdos, uno de esos a los que recurrir siempre que haya una duda sobre si lo que se va a hacer tiene sentido común o no:

“¿Por qué armamos a los pueblos? ¿por qué formamos esos ejércitos y los ponemos en orden de batalla sobre las olas? ¿por qué inquietamos los mares? ¡Tan pequeña es la tierra para nuestras discordias! La fortuna nos trata con excesiva dulzura; nos da cuerpos demasiado robustos y salud demasiado feliz. ¡El destino no nos diezma con bastante rapidez, y cada cual puede fijar a su gusto la medida de sus años y llegar suavemente a la vejez! Debemos ir al mar y desafiar allí al destino, demasiado lento para alcanzarnos. ¡Desgraciados! ¿qué buscáis? ¿La muerte que en todas partes está?”

Que este libro haya sido un tratado científico, y que este capítulo haya estado dedicado a los vientos, y que haya explicado cómo estos están conectados con todo en todas partes, es sólo una excusa más para que el antiguo cordobés saque a relucir sus llamados, casi desesperados, para que el mundo encuentre cordura.

Autor: Séneca

Libro: Cuestiones Naturales (c. año 63)

Libro 5

Sección 18

Entre las otras obras de la Providencia, esta merece mucha admiración, porque no por una causa sola dispuso los vientos en todas las regiones, sino que atendió en primer lugar a que el aire no se aglomerase, dándole con esta movilidad constante la propiedad vital indispensable a los que respiran. Hízolo así también para mandar a la tierra las aguas del cielo, y prevenir a la vez su excesiva abundancia: porque en tanto amontonan las nubes, en tanto las dispersan, a fin de repartir las lluvias en todo el orbe. El Austro las lleva a Italia; el Aquilón las rechaza al África; los vientos efesios no las dejan estacionar sobre nosotros. Estos mismos vientos, y en la misma época, derraman continuo riego sobre la India y la Etiopía. ¿Habré de añadir que las cosechas quedarían perdidas para el hombre, si el viento no separase la paja superflua del grano que ha de conservarse, si no ayudase al desarrollo de la espiga y no diese al trigo fuerza para romper la envoltura que lo cubre, a la que los labradores llaman folículo? ¿No es con el auxilio del viento como los pueblos comunican entre sí y se reúnen razas que había separado la distancia? ¡insigne beneficio de la naturaleza si el hombre en su locura no lo volviese en daño!

Lo que Tito Livio y tantos otros han dicho de César, esto es, que ignoraba si hubiese sido mejor para la república su existencia o no existencia, puede decirse también de los vientos, porque su utilidad y necesidad no llegan a compensar todo lo que de ellos obtiene para su daño la demencia humana. Pero el bien no cambia de naturaleza, por culpa de los que abusan para perjudicar. Es indudable que cuando la Providencia, Dios, el gran artífice del universo, entregó el aire a los vientos que soplan de todos lados, para que nada pereciese por falta de movimiento, no fue para que flotas cargadas de armas y soldados recorriesen casi todas nuestras costas y marchasen al Océano o más allá del Océano buscándonos enemigos.

¿Qué demencia nos agita y lleva a esta mutua destrucción? Corremos a velas desplegadas al encuentro de las batallas, y buscamos peligros que llevan a otros peligros. Arrostramos la incierta fortuna, el furor de esas tempestades que el hombre no puede vencer, y la muerte sin esperanza de sepultura. ¡Ni la paz misma debería perseguirse por tales caminos! Y nosotros que hemos escapado de tantos escollos invisibles, del peligro de los bajos sembrados por do quiera, de esos cabos tan temibles contra los que empujan los vientos a los navegantes, de esas tinieblas que velan el día, de esas noches espantosas más oscuras, aún que solamente ilumina el rayo, de esos torbellinos que destrozan las naves, ¿qué fruto conseguiremos de tantas fatigas y terrores? Extenuados por tantos males, ¿qué puerto nos recibirá?

La guerra, una playa cubierta de enemigos, naciones que destruir y que arrastrarán en mucha parte al vencedor en su ruina, ciudades antiguas que incendiar. ¿Por qué armamos a los pueblos? ¿por qué formamos esos ejércitos y los ponemos en orden de batalla sobre las olas? ¿por qué inquietamos los mares? ¡Tan pequeña es la tierra para nuestras discordias! La fortuna nos trata con excesiva dulzura; nos da cuerpos demasiado robustos y salud demasiado feliz. ¡El destino no nos diezma con bastante rapidez, y cada cual puede fijar a su gusto la medida de sus años y llegar suavemente a la vejez! Debemos ir al mar y desafiar allí al destino, demasiado lento para alcanzarnos. ¡Desgraciados! ¿qué buscáis? ¿La muerte que en todas partes está?

De vuestro mismo lecho os arrancará, y al menos, que os arranque inocente; os cogerá en vuestro mismo hogar, pero que no os coja meditando el daño. ¿De qué otra manera hemos de llamar, sino locura, esa propensión a propagar el estrago, a caer furiosamente sobre desconocidos, a devastarlo todo al pasar sin ser provocados, y a herir sin odio, como la fiera? Esta al menos no muerde jamás como no sea para vengarse o satisfacer su hambre; pero nosotros, pródigos de la sangre ajena y de la propia, surcamos los mares, los llenamos de armadas, entregamos nuestra vida a las tempestades, imploramos vientos favorables, y son favorables los que nos llevan a la matanza. Siendo malos, ¿hasta dónde nos ha llevado nuestra maldad?

La tierra era pequeña para nuestros furores. Así aquel necio rey de Persia invadió la Grecia [Jerjes I], a la que no pudo vencer su ejército aunque la llenó. Así Alejandro atravesó la Bactria y las Indias, quiso conocer lo que había más allá del mar grande, y se indignó de que el mundo tuviese límites para él. Así la avidez hace a Craso víctima de los Parthos, no conmoviéndole ni las imprecaciones del tribuno que le llama, ni las tempestades de tan larga navegación, ni los rayos proféticos que estallan cerca del Éufrates, ni los dioses que le rechazan. A pesar del enojo de los dioses y de los hombres, irá al país del oro. Luego no se diría sin razón que mejor fuera para nosotros que la naturaleza hubiese encadenado el soplo de los vientos, poniendo coto a tantas carreras insensatas y obligando a cada uno a permanecer en el suelo en que nace. No ganando nada en otra parte, limitaríanse a hacerse daño a sí mismos y a los suyos. Pero no tenemos bastantes males con los domésticos; debemos padecer también en tierra extraña. No hay comarca, por lejana que sea, que no pueda enviar a otra parte los males que encierra. ¿Quién puede decirme si hoy mismo el jefe de algún pueblo desconocido, colmados de los favores de la fortuna, no aspira a llevar sus armas más allá de sus fronteras y equipa flotas con ocultos destinos? ¿Quién puede decirme si tal o cual viento me traerá la guerra? ¡Parte importantísima era para la paz humana que los mares nos estuviesen cerrados!

Sin embargo, como antes dije, no podemos quejarnos de Dios, autor nuestro, cuando corrompemos sus beneficios usándolos en sentido contrario a sus designios. Nos dio los vientos para mantener la temperatura del cielo y de la tierra, para atraer o retrasar las lluvias, para poder alimentar las mieses y los frutos de los árboles; la misma agitación que producen apresura, en compañía de otras causas, la madurez; ellos también hacen subir la savia, cuya aglomeración se impide con el movimiento. Nos ha dado los vientos para descubrir lo que hay más allá de los mares; porque el hombre sería el más ignorante de los animales y sería el que tendría menos experiencia de las cosas, si quedase circunscrito al suelo natal. Nos ha dado los vientos para que lo bueno de cada comarca fuese común a todas, y no para trasladarle legiones, caballería y las armas más perniciosas de los pueblos. Si apreciásemos los dones de la naturaleza por el uso perverso que de ellos se hace, todos los habríamos recibido para nuestro daño. ¿Para qué sirve ver? ¿o para qué hablar? ¿Para quién no es la vida misma un tormento? Nada encontrarás tan útil bajo todos los conceptos, que el crimen no pueda convertirlo en arma peligrosa.

También formó la naturaleza los vientos con el designio de que fuesen un bien: nosotros hemos hecho de ellos lo contrario. No tienen todos las mismas razones para navegar, pero ninguno las tiene legítimas; diversos deseos nos llevan a tentar el peligroso camino, pero siempre para satisfacer algún vicio. Platón dijo admirablemente, y al terminar aducimos su testimonio: «Cosas mínimas son las que el hombre compra con su vida». Así, pues, caro Lucilio, si aprecias bien la locura de los hombres, es decir, la nuestra, porque en el mismo torbellino giramos, mucho reirás cuando nos veas preparar para vivir aquello en que se consume la vida.

[Fin del libro quinto]


Cita a:

Platón - Conectorium
Πλάτων, Plátōn, su verdadero nombre era Aristocles (Atenas o Egina,​ c. 427-347 a. C.). Pupilo de Sócrates, maestro de Aristóteles, fundador de la Academia de Atenas, que perduraría más de 900 años: todo el mundo sabe quién es Platón. Lo que no saben es que significa “espalda ancha”: antes de ser fi…

Nombra a:

Julio César - Conectorium
Cayo o Gayo Julio César (12 o 13 de julio de 100 a.C. – 15 de marzo de 44 a.C.) fue un político y militar romano, miembro de los patricios Julios Césares que alcanzó las más altas magistraturas del Estado romano y dominó la política de la República tras vencer en la guerra civil que le enfrentó al s…

Cf.:

Maquiavelo y Aristóteles: ¿qué se hace en tiempos de paz? (featuring Polibio)
Un príncipe no debe tener otro objeto ni pensamiento ni preocuparse de cosa alguna fuera del arte de la guerra y lo que a su orden y disciplina corresponde, pues es lo único que compete a quien manda, pues la razón principal de la pérdida de un Estado se halla siempre en el olvido de este arte.

#latín #guerra y paz