Umberto Eco: Disparos con acuse de recibo y Dios es testigo de que soy tonto

Contexto Condensado

Durante tres semanas de octubre de 2002, en el área metropolitana de Washington, un par de francotiradores sembraron el pánico. Se movían en un autito azul, un Chevrolet Caprice al que le habían hecho un huequito en el maletero para apoyar la mira y el rifle, y disparar a gente que hacía en la calle su día a día (sobre todo en gasolineras y parqueos de esos que hay en Estados Unidos). Lo hicieron con un arma robada. Luego de quince ataques, diez personas fueron asesinadas. Después de cada sniper attack, los francotiradores volvían a los asientos delanteros y se iban como si nada. Uno de ellos tenía 41 años, el otro 17.

Pero esta serie de locuras no empezó en ese fatídico octubre sino en febrero, cuando el más chico asesinó a una sobrina de una amiga de la ex mujer del mayor. Febrero, marzo, agosto, septiembre; no es necesario entrar en detalles de lo que hicieron, pero al principio esto estuvo mezclado con gente cercana y con robos. Y luego llegó el 2 de octubre. Y luego el 3 de octubre, donde cinco personas random murieron en diferentes zonas y a diferentes horas, todas de un solo tiro. El 4 de octubre los francotiradores tenían a toda la prensa cubriendo el asunto y a toda la población en vilo.

El motivo final (o inicial) del mayor, se teoriza, era asesinar a su ex-mujer y que parezca obra de un asesino serial que atacaba el área y no de un ex-marido. Según el menor, este otro le había dicho que su intención era aterrorizar a los Estados Unidos (“shut things down”) y que lo movía un odio hacia la gente blanca. Los encontraron y los agarraron mientras dormían en el auto. El menor cumple una condena de varias cadenas perpetuas, el mayor fue ejecutado. El jefe de la investigación publicó un libro sobre los eventos y la investigación menos de un año después y antes del inicio del juicio, haciendo un publicity tour por varios talk shows, lo que puso en jaque el proceso.

Para hablar más de este episodio norteamericano (con menos probabilidad de suceder en otras partes), de las supuestas medidas de seguridad que se pensaron, y del hambre de fama: el italiano Umberto Eco. Los artículos que presentamos a continuación son parte de la colección que él mismo seleccionó y que fue publicada en 2016, de forma póstuma, bajo el título De la estupidez a la locura (traducción de Helena Lozano y María Pons).

Autor: Umberto Eco

Libro: De la Estupidez a la Locura

Disparos con acuse de recibo (2002)

Hoy habría que actualizar un viejo adagio que decía que la guerra es demasiado seria para dejar que la hagan los militares, pues el mundo se ha convertido en un asunto demasiado complicado para dejar que sea gobernado por quienes lo gobernaban antes. Como si hubieran encomendado el proyecto Manhattan de la bomba atómica a los expertos del túnel ferroviario del Cenisio-Fréjus. En eso pensaba yo hace dos semanas en Washington, justo mientras estaba en circulación el sniper, el famoso francotirador que fulminaba alegremente a las personas que se paraban en la gasolinera o salían del restaurante. El sniper estaba arriba, con su fusil telescópico y, desde algún nudo de autopista o colinita tranquila, hacía su trabajo. Con la víctima muerta, y solo tras haber recibido un aviso, la policía llegaba y cortaba las carreteras dos o tres horas, sin encontrar obviamente a nadie porque el francotirador había tenido todo el tiempo de irse a cualquier otro sitio. Por eso, durante días la gente no salía de casa y no mandaba los niños al colegio.

Por supuesto, ha habido quienes nos han advertido que esto sucede porque existe el libre comercio de las armas, pero los lobbies de los armadores han contestado que la cuestión no es tener un arma sino usarla bien. Como si usarla para matar no fuera, precisamente, usarla a la perfección. ¿Acaso la gente suele comprarse un fusil para hacerse un enema?

Apresaron al francotirador de Washington solo porque sembró adrede huellas por doquier; a fin de cuentas, la gente de ese tipo solo quiere salir en los periódicos. Pero uno que no hubiera querido que lo cazaran habría podido seguir matando a más personas que las que con tanto esfuerzo mataron en las Torres Gemelas. Por eso Estados Unidos estaba con los nervios de punta y lo sigue estando; porque entendía que si una organización terrorista, en lugar de perder el tiempo secuestrando aviones, hiciera circular por toda la nación a unos treinta francotiradores, podría paralizar el país. No solo eso: desencadenaría una carrera a la imitación por parte de todos aquellos que no son terroristas pero sí locos, y se unirían con alborozo a la fiesta.

¿Qué han propuesto algunos de esos que sin duda ya no son capaces de regir el mundo? Pues fabricar armas que «firman» automáticamente la bala y el casquillo, de manera que al extraer el proyectil del cuerpo del asesinado se tenga casi la dirección del asesino. No han pensado que si quiero matar a alguien no uso mi fusil, sino uno que he robado; de este modo hago que a la cárcel vaya su dueño; y que si soy un terrorista tengo los contactos adecuados para conseguir un arma robada, o con el código alterado, o de fabricación no estadounidense. No entiendo por qué estas cosas se me ocurren a mí y no a los expertos en seguridad.

Ojalá se tratara tan solo de esto. En La Repubblica del 8 de noviembre pasado, leo que, preocupados por la deflación (la gente compra poco, los precios bajan, y estamos en una crisis peor que las inflacionistas), los de la Reserva Federal (no unos niñatos cualquiera, pues) proponen el dólar perecedero, es decir, una moneda con una banda magnética que hace que pierda valor si no te la gastas pronto (y pierde valor también si la ingresas en el banco).

Intento imaginarme qué haría el señor Smith, fontanero, que trabajando como un mulo consigue ganar cien dólares al día. Ante todo, disminuiría su productividad. ¿Por qué matarse trabajando para ganar algo que al cabo de cierto tiempo no vale nada, y ni siquiera se puede meter en una cartilla de ahorros para comprarse una casita? Trabajará solo lo indispensable que le permita ganarse esos treinta dólares diarios para comprarse cerveza y filetes. O también podría invertir cada día sus cien dólares en gastos inútiles, camisetas, tarros de mermelada, lápices, después de lo cual empezaría una economía del trueque, tres tarros de mermelada por una camiseta, y al final la gente acumularía en sus casas un montón de cosas inútiles, mientras que la moneda ya casi no circularía. Aún diría más, el señor Smith podría comprarse su casita, pero con unos plazos larguísimos, cada vez que cien dólares le quemaran las manos. Claro que entonces, no solo la casa, con sus intereses y todo, costaría diez veces más, pero ¿por qué el primer propietario debería venderla, visto que se quedaría sin casa y con una lluvia de dólares que debe gastarse completamente a medida que le van llegando? Y entonces parón del mercado inmobiliario, el que tiene una casa se la queda. Y visto que la moneda se devalúa aún ahorrándola, ¿quién irá ya a meter dinero en el banco?

Espero que un economista me diga dónde me estoy equivocando, porque desde luego no soy un experto. Pero en fin, tengo la clara impresión de que muchas iniciativas que se están tomando, incluida la guerra en Irak para mantener a raya a los millares de potenciales francotiradores fundamentalistas que están esperando en los enlaces de las autopistas estadounidenses, entran dentro de la categoría «el mundo se ha convertido en un asunto demasiado complicado para dejar que sea gobernado por quienes lo gobernaban antes».

Dios es testigo de que soy tonto... (2010)

La otra mañana, en Madrid, estaba almorzando con mi rey. No querría que me malinterpretasen; a pesar de mis firmes convicciones republicanas, hace dos años fui nombrado duque del Reino de Redonda (con el título de duque de la Isla del Día de Antes), y comparto esta dignidad ducal con Pedro Almodóvar, Antonia Susan Byatt, Francis Ford Coppola, Arturo Pérez-Reverte, Fernando Savater, Pietro Citati, Claudio Magris, Ray Bradbury y algunos otros, unidos todos en cierto modo por la característica común de caerle simpáticos al rey.

La isla de Redonda está en las Indias Occidentales, mide treinta kilómetros cuadrados (un pañuelo), está completamente deshabitada y creo que ninguno de sus monarcas ha puesto jamás el pie en ella. La conquistó en 1865 un banquero, Matthew Dowdy Shiell, que le pidió a la reina Victoria que la convirtiera en un reino independiente, cosa que su graciosa majestad hizo sin ningún problema porque no veía en ello la más mínima amenaza para el Imperio colonial británico. Durante varios decenios la isla tuvo distintos monarcas, que en algunos casos vendieron su título, provocando disputas entre pretendientes (si quieren saber toda la historia pluridinástica busquen Redonda en Wikipedia), y en 1997 el último rey abdicó a favor de un famoso escritor español, Javier Marías, quien empezó a nombrar duques a diestro y siniestro.

Esta es la historia, que por supuesto tiene algo de locura patafísica, aunque en resumidas cuentas convertirse en duque no es algo que ocurra todos los días. Sin embargo, la cuestión no es esta, sino que en el transcurso de nuestra conversación Marías dijo una cosa sobre la que vale la pena reflexionar. Hablábamos del hecho evidente de que hoy en día la gente está dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de aparecer en la pequeña pantalla, aunque solo sea como el imbécil que saluda con la manita por detrás del entrevistado. Hace poco, en Italia, el hermano de una muchacha asesinada brutalmente, que apenas había sido objeto de la dolorosa atención de la crónica negra, fue a ver a Lele Mora para pedirle que le ofreciera un espacio en la televisión con el fin de explotar la trágica notoriedad que el suceso le había proporcionado, y sabemos que con tal de conseguir cierta fama hay quien está dispuesto a declararse cornudo, impotente o estafador; de hecho, los expertos en psicología criminalista no ignoran que lo que mueve a actuar al asesino en serie es el deseo de ser descubierto y de hacerse famoso.

¿Por qué esta locura, nos preguntábamos? Marías avanzó la hipótesis de que todo lo que sucede deriva del hecho de que los hombres ya no creen en Dios. Tiempo atrás, los hombres estaban convencidos de que todos sus actos tenían al menos un espectador, que conocía todos sus gestos (y sus pensamientos), y podía comprenderlos y, si hacía falta, condenarlos. Se podía ser un paria, un inútil, un pelagatos ignorado por sus semejantes, un ser que inmediatamente después de morir sería olvidado por todo el mundo, pero se tenía la sensación de que al menos Uno lo sabía todo de nosotros.

«Dios sabe cómo he sufrido», se decía la abuela enferma y abandonada por sus nietos; «Dios sabe que soy inocente», se consolaba el que había sido condenado de manera injusta; «Dios sabe todo lo que he hecho por ti», repetía la madre al hijo ingrato; «Dios sabe cuánto te quiero», gritaba el amante abandonado; «Solo Dios sabe lo que he pasado», se lamentaba el desgraciado cuyas desventuras no le importaban a nadie. Dios era siempre invocado como el ojo al que nada escapaba y cuya mirada daba sentido incluso a la vida más gris y anodina.

Una vez desaparecido, apartado este testimonio omnividente, ¿qué nos queda? El ojo de la sociedad, el ojo de los otros, al que hay que mostrarse para no caer en el agujero negro del anonimato, en el vórtice del olvido, aun a costa de elegir el papel del tonto del pueblo que baila en calzoncillos sobre la mesa del bar. La aparición en la pantalla es el único sucedáneo de la trascendencia, y es un sucedáneo al fin y al cabo gratificante: nos vemos (y nos ven) en un más allá, pero en cambio en ese más allá todos nos ven aquí, y aquí estamos también nosotros. ¡Qué suerte gozar de todas las ventajas de la inmortalidad (aunque sea bastante rápida y transitoria) y al mismo tiempo tener la posibilidad de ser celebrados en nuestra casa (en la tierra) por nuestra asunción al Empíreo!

El problema es que en estos casos se malinterpreta el doble significado del «reconocimiento». Todos aspiramos a que se nos «reconozcan» nuestros méritos, o nuestros sacrificios, o cualquier otra buena cualidad nuestra; pero cuando, tras haber aparecido en la pantalla, alguien nos ve en el bar y nos dice «Ayer le vi en la tele», simplemente «te reconoce», es decir, reconoce tu rostro, lo que es bastante diferente.


#italiano


Otro artículo del mismo libro:

Umberto Eco: Cuando decir es hacer
Un marciano diría que las palabras cuentan poco, que en Italia jugamos con ellas mientras alrededor se cortan cabezas y se hacen saltar por los aires trenes y hoteles. Pero usar una palabra en lugar de otra cuenta mucho. «guerra civil = ciudadanos que hablan la misma lengua se disparan entre sí»