Tucídides: lo que pasa en todas las guerras civiles (y su forma de hacer historia)

La guerra civil trajo a las ciudades muchos y terribles sufrimientos, como los que han ocurrido y ocurrirán siempre mientras la naturaleza humana sea la misma. La guerra, al suprimir la prosperidad cotidiana, es un maestro brutal.

Tucídides: lo que pasa en todas las guerras civiles (y su forma de hacer historia)
Estatuas de Tucídides y Heródoto afuera del parlamento austríaco en Viena
Contexto Condensado

Hoy leemos a Tucídides. Es la primera de dos entregas sobre este personaje histórico (en todos los sentidos de la palabra).

Lo que leemos sucedió hace 2400 años en la isla de Córcira, que hoy conocemos en español como Corfú. Es una isla al noroeste de Grecia. Leemos el suceso de una guerra civil, una de las primeras de este estilo, pero igual que todas las otras, según el historiador. Desde entonces han sido todas iguales: los unos quieren dominar a los otros, y para hacerlo piden el apoyo de amigos y antiguos enemigos, y caen en toda clase de barbaridades. Río revuelto, son épocas fértiles para los exaltados, exaltadores y las «vivezas criollas». Tierra fértil para el tribalismo político que observamos hoy a flor de piel en todo el mundo, donde prima, no la búsqueda de razón, sino la lealtad a la ideología o el partido. Se dividen familias, y amistades, todo por los intereses de algunos que saben manejar la narrativa.

Esta guerra civil sucedió alrededor del 427 a.C., en medio de la Guerra del Peloponeso, guerra entre el 431 y el 404 a.C. en la que lucharon la Liga de Delos, liderada por Atenas, versus la Liga del Peloponeso, liderada por Esparta y los lacedemonios.
Tracia al norte, Córcira al noroeste, la península del Peloponeso al sur... y los aliados de cada Liga
Pero antes de leer a Tucídides, es importante comprender su forma de hacer Historia (entendida como disciplina académica o exigencia científica, como historiografía), porque cambió la historia (o sea, fue un hecho histórico). Así que permitime ir por las ramas y conectar.

Retomamos el hilo de Oscar Wilde en su libro La aparición del Criticismo Histórico. En la introducción a su traducción al español, Lourdes Pascual Gargallo escribe:
“[Wilde] aborda en esta obra dos de los puntos que más interés han suscitado en Historiografía y que han sido fuente de acalorados debates a lo largo del tiempo: los métodos de investigación histórica y la pregunta sobre el sentido total que tiene la Historia, a la cual intentó dar respuesta la Filosofía de la Historia. La finalidad principal de la Historia, como exigencia científica, es la búsqueda de la verdad en la reconstrucción del pasado, y la metodología de la investigación histórica dicta precisamente las reglas para la búsqueda de esta verdad. Por su parte, la Filosofía de la Historia se cuestiona cuál es la unidad más adecuada para estudiar el pasado del ser humano (el individuo, la ciudad, la civilización, la especie...) y qué patrones podemos distinguir en el estudio de nuestro pasado (progreso, ciclos...).”
Así como se confunde Historia, la disciplina, con historia, los sucesos del pasado, así también se confunde la filosofía. Se llama filósofo tanto al estudiante de Filosofía, la disciplina, como a quien practica filosofía; se confunde el estudio de corrientes de pensamiento con la práctica filosófica. Esto le sucede incluso a muchos PhD —abreviatura de Philosophiae Doctor—, que creen que son filósofos, pero no aman la sabiduría; aman las medallas y los diplomas y los honores y los juegos de la vanidad. Pero la sabiduría no es una colección de conocimientos per se, sino la puesta en práctica del conocimiento para el bienestar individual y general; o, por lo menos, para disminuir la falta de bienestar.

La búsqueda de sentido no tiene sentido si no se traduce en práctica o calma espiritual — es decir, en propuestas de vida (social o individual), en comprensión o por lo menos aceptación de las cosas, de que las cosas son como son y no necesariamente como queremos que sean. En el fondo, lo que queremos es entender por qué pasa lo que pasa, o aceptar lo que pasa, mejorar lo que podemos mejorar, y vivir en paz. Todo lo demás son capas de capas de capas que hemos construido encima, ya sea para complicarnos o para entretenernos, porque parece que el humano necesita eso cuando no tiene descifrado lo otro, cuando pierde la guía. Y en esta complicación hemos perdido la cura vital: tener una guía de dónde agarrarse cuando la vida se pone oscura. Durante mucho tiempo fue la religión, pero, muerto Dios a manos de la razón humana, cuando ésta se quedo sin guía, acudió a las ideologías políticas como apoyo, cometiendo los mismos errores que había prometido eliminar. La cura, no me queda duda, es adoptar de nuevo la filosofía como práctica.

Tampoco me queda duda que esta cura no es universal. Pero lo bueno de este sentido de la filosofía es que todavía sigue medio vivo. Todavía te preguntan «¿cuál es tu filosofía?» cuando quieren saber cómo encarás una situación, cómo enfrentás la vida, o tu forma de hacer algo. Filosofía como «forma de hacer», como estilo, como metodología.

Con este ejemplo podemos entender mejor, creo, el concepto de Filosofía de la Historia. Es la forma de hacer historiografía, tanto como es la búsqueda del sentido, significado y finalidad de la disciplina llamada Historia. La Internet Encyclopedia of Philosophy la describe así: “La filosofía de la historia examina los fundamentos teóricos de la práctica, la aplicación y las consecuencias sociales de la historia y la historiografía”. O sea: se hacen las cosas de tal manera, que tales son los resultados.

El nombre de Filosofía de la Historia lo sacó Voltaire de su galera. Si Tucídides fue el primero en historiar sin mitología, Voltaire fue el primero en historiar, o al menos en intentarlo, aplicando el método científico, novedad de su época. Algunos dicen que con él nace la historiografía moderna, la desmitificación de la historia, haciéndola crítica de sí misma. Pero, como con casi todas las cosas, le puso nombre a una práctica que ya existía desde antes. Y como con casi todas estas cosas, se convirtió luego en una rama, en una disciplina académica dividida en etapas y corrientes y etiquetas y demás cosas a ser estudiadas y catalogadas.

Están los que creen que no debe mediar narrativa en la narración de sucesos históricos, y los que creen lo contrario; los que consideran los trabajos de Historia como literatura, y los que creen lo contrario; los que creen que los filósofos pueden ser historiadores, y los filósofos que estudian a los historiadores; los que creen que la definición abarca más cosas, y los que proponen que abarca menos. Y, como con casi todas las cosas, entre ellos existen los que se pelean en clases, panfletos y foros porque no pueden creer que otra persona tenga una opinión diferente a la suya sobre una cosa tan importante. Y es que nos podemos volver tribales y dogmáticos por cualquier cosa... Por lo menos todos están de acuerdo en que la historia sigue una cronología, pero sólo muy pocos elegidos son rigurosos en la búsqueda y presentación de los hechos, sin dejarse llevar por lo que hubieran querido que sea, sin interpretar lo que les conviene.

Toda esta perorata, muy filosófica, me lleva por fin al quid de la cuestión: la forma de hacer historiografía, lógicamente, no ha sido la misma durante toda nuestra historia. Las corrientes filosóficas cambian, son hijas de su tiempo y su contexto. Voltaire abre su Filosofía de la Historia, en 1765, diciendo:
“Vos quisieras que la historia antigua hubiese sido escrita por filósofos, porque querés leerla como filósofo. Solo buscás verdades útiles, y decís que apenas has encontrado poco más que errores inútiles. Tratemos de iluminarnos juntos; tratemos de desenterrar algunos monumentos preciosos bajo las ruinas de los siglos. Comencemos por examinar si el globo que habitamos era en otro tiempo tal como lo es hoy.”
Después de discutir con otros y dentro de nosotros mismos, pongámonos de acuerdo en que el mundo sigue siendo igual que siempre y que ahora es muy diferente que en la antigüedad. Superada la ambigüedad, volvamos, por favor, a La aparición del Criticismo Histórico, tanto a la práctica en sí como al libro de Oscar Wilde.

El Criticismo Histórico es una disciplina que se encarga de investigar los contextos detrás de los textos para comprender mejor lo que dijeron los historiadores, o lo que querían decir, o por qué lo dijeron, y si fueron leales a los hechos o tergiversaron. Es la crítica de la historiografía.

El ensayo de Wilde, según la traductora, “se centra en la crítica de la Historia”, la disciplina. En su “tercera parte se abordan el origen de la sociedad y la Filosofía de la Historia”. Y en ese tercer capítulo de la obra de Wilde, escrita alrededor de 1880, lo leemos decir (en diferentes párrafos):
“Porque el primer requisito para cualquier concepción científica de la historia es la doctrina de la secuencia uniforme: en otras palabras, que habiendo sucedido ciertos acontecimientos, ciertos otros acontecimientos correspondientes a ellos también sucederán; que el pasado es la clave del futuro.
Así, en Heródoto, que puede tomarse como representante del tono ortodoxo del pensamiento, la idea de la secuencia uniforme de causa y efecto aparece bajo el aspecto teológico de Némesis y Providencia, que es en realidad la concepción científica de la ley, sólo que vista desde un punto de vista ético. Ahora bien, en Tucídides la filosofía de la historia descansa en la probabilidad —ofrecida por la uniformidad de la naturaleza humana— de que el futuro, en el curso de las cosas humanas, se parecerá al pasado, si es que no lo reproduce. Él parece contemplar la recurrencia de los fenómenos de la historia como algo tan seguro como el retorno de la epidemia de la Gran Peste.
«Los sufrimientos —dice Tucídides— que la revolución acarreó a las ciudades fueron muchos y terribles, como los que han ocurrido y ocurrirán siempre mientras la naturaleza humana siga siendo la misma, aunque de forma más grave o más leve, y variando en sus síntomas según la variedad de los casos particulares. En la paz y la prosperidad, los Estados y los individuos tienen mejores sentimientos, porque no se enfrentan a necesidades imperiosas; pero la guerra quita el fácil suministro de los deseos de los hombres, y por lo tanto resulta ser un duro capataz, que pone el carácter de la mayoría de los hombres a la altura de sus suertes».”
Leemos ahora a Tucídides, contemporáneo de Heródoto y Sócrates, y esa sección citada por Wilde, tomada de la tercera parte del ensayo histórico Historia de la guerra del Peloponeso. Cualquier parecido con la realidad actual, para Tucídides, no es ninguna coincidencia. Si algo tiene claro la historiografía es que tarde o temprano nos olvidamos de las lecciones de la Historia, y volvemos a cometer los mismos pecados sobre los que alguna vez juramos «nunca más».

Tucídides fue quien documentó de mejor manera la Guerra del Peloponeso. Al contrario del famoso “This is Sparta!”, supuestamente gritado décadas antes, esta vez la guerra sí la ganaron los espartanos. Marcó el final de la Edad Dorada de la Antigua Grecia, y sentó las bases para la llegada del Imperio Macedonio, a la cabeza de Alejandro Magno.

Tucídides nació cerca de Atenas y se especula si murió en Tracia o Atenas. Tracia se había liberado del dominio persa gracias a Atenas. Los persas son los que le ganaron la guerra a los espartanos que viste en la película 300. Cosas del destino, y de todas las guerras, cuando priman los intereses, no hay enemigo que no pueda ser amigo. Los espartanos, para derrotar a los atenienses, pidieron ayuda a los persas, sus anteriores dominadores.

Pero volvamos a Tucídides. Al parecer, la familia del historiador tenía raíces en Tracia, donde tendrían varias minas de oro. Tucídides fue nombrado como uno de los diez strategos (comandante en jefe de un cuerpo militar) del ejército ateniense. Sobreviviente de la peste del 430 a.C., fue enviado a defender la región de Tracia. Llamado a defender la ciudad de Anfípolis de un ataque espartano, en el 424 a.C., llegó cuando la batalla ya estaba perdida. Pero el pueblo y los políticos siempre buscan un chivo expiatorio, y él fue culpado y exiliado durante veinte años.

Y eso le permitió conocer la guerra mejor, desde la perspectiva de los dos bandos. Y le permitió poder escribir desde la perspectiva de ambos lados. Cuando publicó la Historia de la guerra del Peloponeso, en la última década del siglo 5 a.C. —y tendremos que imaginarnos cómo se publicaba en ésa época, milenios antes de la invención de la imprenta, las editoriales, y luego, del marketing de libros—, se convirtió en el primero en historiar sin justificar los sucesos por intervenciones mitológicas o religiosas, y sin incluir relatos orales, una práctica común de su antecesor Heródoto, considerado el padre de la Historia en nuestro mundo occidental. En cambio, Tucídides es considerado el padre de la historiografía científica por su enfoque riguroso en las fuentes, las entrevistas, las causas —económicas, sociales, psicológicas— y las consecuencias; por su cientificismo y su objetividad. Y por eso, también, es considerado pionero de la historiografía crítica... y del realismo.

El lector erudito sabrá disculpar la falta de tiempo para hablar de la polémica sección 84 —aquí excluida—, y el tiempo dedicado a traducir este texto de nuevo —por diversión y por temas de copyright— habiendo ya múltiples traducciones y estudios disponibles, ninguno de las cuales ha podido satisfacer a la mayoría los críticos.
Autor: Tucídides (c. 460 - c. 400 a.C.)

Libro: Historia de la Guerra del Peloponeso
> Libro 3
>> Secciones 82-83

Redactado probablemente entre el 431 a.C. y el 411 a.C.

[Tucídides viene de contar cómo conciudadanos de Córcira se mataron entre ellos, con cualquier excusa, porque se veían enemigos (incluso padres e hijos).]

De esta manera tan cruda avanzó la guerra civil, y se sintió todavía peor porque era la primera en estallar; ya que fue después cuando el resto del mundo griego —por así decirlo— fue agitado, existiendo en todas partes conflictos, porque los jefes del partido popular llamaban a los atenienses para que los ayudaran, y los oligárquicos a los lacedemonios. En tiempos de paz no hubieran tenido ni pretexto ni ganas de llamarlos; pero, estando en guerra, y habiendo alianzas disponibles para ambos bandos —que servían al mismo tiempo para dañar a los adversarios y sacar ventaja—, quienes querían hacer cambios políticos, fácilmente se procuraban las intervenciones. 

La guerra civil trajo a las ciudades muchos y terribles sufrimientos, como los que han ocurrido y ocurrirán siempre mientras la naturaleza humana sea la misma, aunque en diferentes niveles y formas según varíen las circunstancias. En la paz y la prosperidad, tanto las ciudades como los individuos tienen mejor criterio, porque no sufren necesidades forzosas; pero la guerra, al suprimir la prosperidad cotidiana, es un maestro brutal que ajusta las pasiones de la mayoría a las circunstancias del momento.

Así pues, la guerra civil fue tomando las ciudades; y en las que llegaba después, donde conocían ya los anteriores eventos, se llevó mucho más lejos la innovación en los excesos, tanto por el elaborado ingenio de sus ataques como por la extravagancia de sus venganzas. Y, para justificarse, cambiaron el significado habitual de las palabras respecto a los hechos. La audacia irreflexiva pasó a ser considerada valentía para los camaradas; la demora previsora, cobardía disfrazada; la moderación, una excusa para la falta de hombría; la prudencia para todo era considerada inacción para todo; el arrebato insensato definió la condición viril; y las precauciones por seguridad, una excusa creíble de evasión de funciones.

El bravucón era siempre digno de confianza; quien lo contradecía era sospechoso. El que tramaba una movida y tenía éxito era inteligente, y era todavía más listo quien las detectaba; pero quien preveía para que no hubiera necesidad de ninguna de las dos cosas, era considerado un destructor de la camaradería y un miedoso de los enemigos. En resumen, se aplaudía al que se adelantaba a quien estaba por cometer algún crimen, y también al que empujaba a quien ni siquiera lo había pensado. Hasta el parentesco llegó a ser más menos fuerte que la camaradería partidaria, ya que ésta predisponían más a la audacia con menos pretextos. Porque tales asociaciones no se formaban para actuar conforme a las leyes y el orden vigentes, sino contra ellos, por ambición desmedida. Y la confianza entre ellos se afianzaba menos por su comunión religiosa que por ser cómplices en el crimen.

Las buenas observaciones de los opositores eran aceptadas con celo, si acaso traían algún provecho, y no con hidalguía. Vengarse era más deseable que evitar ser ofendidos en primer lugar. Y si en algún momento se juraban reconciliación, esto ocurría porque no les quedaba otra y sólo de forma momentánea, hasta que alguno de los dos encontraba —o recibía— otra fuente de poder. Ni bien se presentaba la ocasión, el que se atrevía primero, si agarraba al otro con la guardia baja, tenía una venganza más placentera al haber traicionado la confianza en vez de vencer en lucha abierta: esto se consideraba más seguro, y vencer por engaño añadía el premio por astucia. Y es que la mayoría prefiere ser llamado astuto siendo criminal, que estúpido siendo íntegro; de lo segundo se avergüenzan, pero de lo primero se enorgullecen.

La causa de todo esto fue la ambición y la codicia desmedida; y de ellas surgía el fanatismo cuando entraban en lucha partidista. Porque los líderes de las facciones en las ciudades, cada uno con discursos muy bonitos —ya sea por la igualdad política para el pueblo, o por una aristocracia moderada—, mientras pregonaban el bien común, hacían de lo público su botín. Y compitiendo por todos los medios para imponerse sobre los otros, se atrevieron a las cosas más terribles y llevaron sus venganzas todavía más lejos, no fijando sus límites en lo justo ni en lo conveniente para la ciudad, sino en lo que produjera placer al partido según el caso. Y estaban siempre dispuestos a saciar la rivalidad inmediata, ya sea condenando con sentencias injustas o usurpando el poder por la fuerza. De modo que ninguno actuaba con conmiseración, y los que lograban justificar una acción odiosa con sus muy bonitos discursos, ganaban reputación. Y los ciudadanos neutrales eran destruidos por ambos bandos, ya sea porque no ayudaban en la lucha, o por resentimiento de que sobrevivieran.

Así fue como toda forma de perversidad se estableció en el mundo griego a causa de las guerras civiles; y la candidez –encontrada especialmente en los espíritus nobles—, ridiculizada, desapareció; y prevaleció el antagonismo y la desconfianza entre los que pensaban diferente. No existía ni palabra firme ni juramento temido que pudiera reconciliarlos; y los que tomaban el poder, calculando que no eran lo suficientemente fuertes, se dedicaban a precaverse contra cualquier daño sin darse la oportunidad de confiar. Y generalmente prevalecían los peores; pues temiendo tanto su propia insuficiencia como la inteligencia de los adversarios, para no verse superados en los debates ni por una conspiración anticipada, avanzaban audazmente hacia la acción. En cambio, los que menospreciaban la situación, creyendo que podrían preverla y que no necesitaban tomar por la fuerza lo que podían lograr por ingenio, sorprendidos con la guardia baja, eran destruidos.


Citado en:

Oscar Wilde: el pasado es la clave del futuro, y la forma de estudiarlo también (ft. Lourdes Pascual y Tucídides)
Los sufrimientos que la revolución acarreó a las ciudades fueron muchos y terribles, como los que han ocurrido y ocurrirán siempre mientras la naturaleza humana siga siendo la misma, aunque de forma más grave o más leve, y variando en sus síntomas según la variedad de los casos particulares.

Continua en:

Kepa Bilbao, Tucídides y Las Guerras del Peloponeso
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