Ouida: El estado como preceptor inmoral — segunda mitad

En todos los esquemas políticos que existen ahora, funcionando o propuestos como panacea para el mundo, no hay verdadera liberalidad; solo hay una elección entre el despotismo y la anarquía.

Ouida

“El estado como preceptor inmoral“



El estado es enemigo de toda volición en el individuo: por lo tanto, es enemigo de toda hombría, de toda fuerza, de toda independencia y de toda originalidad. Las exigencias del estado, desde sus impuestos monstruosos hasta sus irritantes regulaciones, están en continuo antagonismo con todos aquellos que tienen un carácter imperturbable y una visión clara. Bajo el aterrador término genérico de la ley, el estado, astutamente y para sus propios fines, confunde sus regulaciones mezquinas y exacciones fiscales con la solemnidad genuina de las leyes morales y penales. Cualquier hombre que no sea un criminal se sentirá obligado a respetar las segundas; nadie que tenga opinión y coraje propios se interesará por las primeras. Los sinsentidos policiales y las regulaciones municipales se fusionan por la ingenuidad del estado en una entidad nominal con ley genuina; y para todo propósito, sea tiranía social o extorsión fiscal, la unión es para el estado tan útil como es ficticia. El estado ha descubierto que es lucrativo e imponente preocupar y desplumar al ciudadano honesto en todas partes; y, por lo tanto, en todas partes configura su código civil hacia este fin, sin piedad y astutamente.

Bajo la incesante intromisión del gobierno y su descendiente, la burocracia, el hombre se vuelve pobre de espíritu e indefenso. Es como un niño al que, como nunca se le permite tomar sus decisiones, no sabe cómo cuidarse a sí mismo o cómo evitar accidentes. Así como un niño que es de un material raro y lo suficientemente fuerte como para crecer y romper sus andaderas, es malhumorado y hosco cuando es recapturado; así hay hombres que resisten el dogma y el dictado del estado, y cuando son obligados y castigados se vuelven rebeldes a sus reglas. Las mezquinas tiranías del estado los inquietan y mortifican a cada paso; y el ciudadano que es respetuoso de la ley, en lo que concierne al código moral mayor, es aguijoneado y azotado hacia una rebeldía continua por la impertinente interferencia del código civil en su vida diaria.

¿Por qué debería un hombre llenar una encuesta del censo, declarar sus ingresos a un recaudador de impuestos, ponerle bozal a su perro, enviar a sus hijos a escuelas que desaprueba, pedir permiso al estado para casarse o hacer perpetuamente lo que le disgusta o condena, porque el estado quiere que haga estas cosas? Cuando un hombre es un criminal, el estado tiene derecho a ponerle las manos encima; pero mientras sea inocente de todo delito, sus opiniones y objeciones deben ser respetadas. Pueden haber muchas razones, excelentes o inofensivas, por las que la publicación de su vida sea ofensiva o dañina para él: ¿qué derecho tiene el estado de meterse en su privacidad y obligarlo a escribir sus detalles en letras fijas para que cualquiera pueda correr a leerlos? El estado solo le enseña a mentir.

“Ustedes me preguntan cosas que no tengo derecho a decirles”, respondió Juana de Arco a sus jueces. Así puede responder un hombre inocente atormentado por el estado, que no tiene nada que hacer en su vida privada hasta que la haya perdido por un crimen.

El momento que el estado deja que las amplias líneas de los asuntos públicos se entrometan en los intereses y las acciones privadas de su pueblo, se ve obligado a enlistar espías e informantes. Sin estos no puede hacer sus largas listas de transgresiones; no puede saber a quién convocar y qué enjuiciar.

Esa duplicidad que hay en el carácter italiano, tan arraigada universalmente allí que las naturalezas más nobles se ven manchadas por ella—una duplicidad que hace imposible la entera confianza y que el secreto sea un instinto tan fuerte como la vida—, puede haberse entrenado, filosóficamente, en su temperamento nacional, por la influencia del temor constante a los sbirri y los spié, empleados bajo varios de sus gobiernos durante tantos siglos. El disimulo, necesario desde hace mucho tiempo, se ha convertido en parte integral de la esencia de su ser. Tal secretismo es el producto inevitable del espionaje interno y la interferencia trivial del estado, tal como la imposición de un impuesto de ingreso hace que los campesinos que pasan por la puerta se vuelvan ingeniosos en el ocultamiento y el subterfugio.

Las solicitudes y reglamentos del estado se visten vanamente con la pompa de la ley; se colocan al lado de la ley moral; pero no lo son, y no pueden poseer su grandeza. Incluso un ladrón reconoce que “No robarás” es un mandamiento justo y solemne: pero que cruzar una frontera sin declarar un rollo de tabaco (que compraste honestamente, y que, estrictamente hablando, es tuyo) también es un crimen atroz, tanto el sentido común como la conciencia se niegan a admitir esto. El campesino irlandés nunca pudo llegar a entender por qué la destilería privada e ilícita de whisky era ilícita, y como tal fue condenada y destruida, y las condenas que siguieron a su destrucción se cuentan entre las causas más amargas del descontento irlandés. Un hombre sorprendido en el acto de tomar los bienes de su prójimo sabe que su castigo es merecido; pero un hombre castigado por usar o disfrutar de los suyos se llena de rabia irritante contra la injusticia de su suerte. Entre una ley moral y una imposición o decreto fiscal, municipal o comunal, hay tanta diferencia como la que hay entre un cuerpo vivo y un cadáver galvanizado. Cuando en una gran guerra se insta a una nación a sacrificar su última onza de oro, su última pizca de tesoro, para salvar al país, la respuesta se hace voluntariamente desde el patriotismo; pero cuando el oficial de ingresos y el recaudador de impuestos demandan, amenazan, multan y embargan, el contribuyente solo puede sentir el irritante empobrecimiento de tal proceso, y entrega su cartera de mala gana. Se considera que los derechos electorales le otorgan una participación compensatoria en el control del gasto público; pero esto es mera ficción: él puede desaprobar todos los ítems del presupuesto del estado, pero no puede alterarlo.

Tolstoi ha afirmado constantemente que no hay necesidad de ningún gobierno en ninguna parte: no es un gobierno, sino todos los gobiernos, a los que hace la guerra. Considera que todos son igualmente corruptos, tiránicos y opuestos a un ideal de vida bello y libre. Es cierto que no son “el control del más apto” en ningún sentido real, porque todo el aspecto de la vida pública tiende cada año a alienar más de ella a aquellos cuya capacidad y carácter son superiores a los de sus semejantes: se vuelve cada vez más una rutina, un engrenage, un oficio.

Desde un punto de vista militar, como financiero, este resultado es ventajoso para el gobierno, ya sea imperial o republicano; pero es hostil al carácter de una nación, moral y estéticamente. En su mejor aspecto, el estado es como un padre que busca jugar a la Providencia con su descendencia, prever y prevenir todo accidente y todo mal, y proveer todas las contingencias posibles, buenas y malas. Como el padre inevitablemente se queda atrás al hacer esto, el estado falla, y debe fallar, en tal tarea.

Las huelgas, con sus males concomitantes, son solo otra forma de tiranía; pero tienen esto de bueno en ellas: que se oponen a la tiranía del estado, y tienden a disminuirla por el golpe desagradable que dan a su vanidad y autocomplacencia. Los sindicatos vuelven para sus propios fines la lección que el estado les ha enseñado—es decir, el sacrificio brutal de la voluntad y el bienestar individual a una mayoría despótica. Hay más o menos verdad y justificación en todas las revoluciones porque son protestas contra la burocracia. Cuando tienen éxito, abjuran de su propio origen y se convierten a su vez en la tiranía burocrática, a veces modificada, a veces exagerada, pero siempre tendiendo a la reproducción de lo que destruyeron.[1] Y la influencia burocrática es siempre inmoral y malsana, aunque lo sea solo por la impaciencia que provoca en todos los hombres valientes y la apatía a la que reduce a todos los que no tienen coraje. Sus múltiples y castrantes órdenes son tan reales como las cuerdas con las que Gulliver fue atado por los pigmeos.

El estado tiene como único objetivo inculcar en su público esas cualidades por las cuales se obedecen sus demandas y se llenan sus arcas. Su mayor logro es la reducción de la humanidad al mecanismo de un reloj. En su atmósfera, todas esas libertades finas y delicadas que requieren un trato liberal y una expansión espaciosa, inevitablemente se secan y fallecen.[2] Tomemos un ejemplo de la casa. Una familia pobre y trabajadora encontró un perrito callejero; lo acogieron, lo albergaron, lo alimentaron y se encariñaron con él, que estaba en una de las calles de Londres; después de un tiempo la policía los citó por tener un perro sin licencia; la mujer, que era viuda, alegó que lo habían tomado por lástima, que habían tratado de perderlo, pero que siempre volvía; se le ordenó pagar el monto del impuesto a los perros y el costo de dos guineas[3]; o sea, el estado le dijo: “La caridad es la más costosa de las indulgencias; sos pobre; no tenés derecho a ser humanitaria”. La lección dada por el estado fue la más vil y mezquina que se podía dar. Los hijos de esta mujer, al crecer, recordarán que quedó arruinada por ser amable; endurecerán sus corazones de acuerdo a la lección; si se vuelven brutales con los animales y los hombres, es el estado quien los habrá hecho así.

Todos los edictos del estado en todos los países inculcan un egoísmo similar; la generosidad es a sus ojos una cosa sin ley e ilegal: está tan ocupado en urgir el uso de desinfectantes y ordenar la destrucción de edificios y de animales, el exilio de familias y el cierre de alcantarillas, que no ve nunca el resultado lógico de sus prescripciones, que es dejar en paz al enfermo y huir de su vecindad infectada: está tan empeñado en insistir en el valor de la educación estatal que nunca se da cuenta de que está ordenando al niño que se progrese a toda costa y deje a sus procreadores en su choza. Las virtudes de la abnegación, del afecto desinteresado, de la humanidad, de la modestia, no son nada para el estado; su forma de organismo le prohíbe incluso admirarlos; se meten en su camino; le obstruyen; los destruye.

Ruskin, en uno de los artículos de su Fors Clavigera, habla de un árbol de acacia, joven y hermoso, verde solo como las acacias pueden ser verdes en Venecia, donde nunca hay polvo; crecía junto a las escaleras de agua de la Academia de las Artes y era una alegría matutina y vespertina para él. Un día encontró a un señor de la municipalidad cortándola de raíz. “¿Por qué asesinas a ese árbol?” preguntó. El hombre respondió: “Per far pulizia” (para limpiar el lugar). La acacia y la municipalidad de Venecia son una alegoría del alma humana y su controlador, el estado. La acacia era una cosa de gracia y verdor, un placer al amanecer y al atardecer para un alma grande; tenía fragancia en sus flores blancas y sombra en sus hermosas ramas; acompañó adecuadamente los pasos que condujeron a las fiestas de Carpaccio y a los desfiles de Giovanni Bellini. Pero para los ojos de la municipalidad veneciana era irregular e inmunda. Así son todas las gracias y verdores del alma humana para el estado, que exige solo una comunidad que pague impuestos, que obedezca los decretos, uniforme, desapasionada, dura como el asno, mansa como el cordero, sin voluntad ni deseos; una humanidad sin rasgos practicando el paso de ganso en eterna rutina y obediencia.

Cuando el hombre se ha convertido en una criatura pasiva, sin voluntad propia, tomando el yugo militar sin cuestionamientos, asignando sus bienes, educando a su familia, manteniendo sus tenencias, ordenando su vida diaria, en estricto acuerdo con las normas del estado, entonces tendrá aniquilados su espíritu y su individualidad y, en compensación consigo mismo, será brutal con todos aquellos sobre los que tiene poder. El recluta acobardado de Prusia se convierte en el matón intimidador de Alsacia.[4]

“Libera chiesà in libero stato”[5] es la frase típica y favorita de los políticos italianos; pero es una falsedad—no, una imposibilidad—no solo en Italia, sino en todo el mundo. La iglesia no puede ser liberal porque la liberalidad se atonta a sí misma; el estado no puede ser liberal porque toda su existencia está ligada al dominio. En todos los esquemas políticos que existen ahora, funcionando o propuestos como panacea para el mundo, no hay verdadera liberalidad; solo hay una elección entre el despotismo y la anarquía. En las instituciones religiosas es lo mismo: son todos egoísmos disfrazados. El socialismo quiere lo que llama igualdad; pero su idea de igualdad es talar todos los árboles altos para que los matorrales no se sientan sobrepasados. La plutocracia, como su casi extinta predecesora, la aristocracia, desea, por otra parte, mantener toda la maleza baja para que pueda crecer por encima de ella a su propio ritmo y gusto. ¿Cuál es mejor de los dos?

La libertad civil es la primera cualidad de una vida verdaderamente libre; y en la época actual la tendencia del estado, en todas partes, es a admitir esto en teoría, pero a negarlo en la práctica. Poder pasar por la comedia de la urna electoral es considerado privilegio suficiente para compensar la pérdida de libertad civil y moral en todas las demás cosas. Si es cierto que una nación tiene el gobierno que merece tener, entonces los méritos de todas las naciones son realmente pequeños. En unos el estado asume el disfraz de policía, en otros de coracero y en otros de procurador; pero en todos es un déspota emitiendo sus leyes mezquinas con la pompa de Jove [Júpiter]; clavando su garrote, o su espada, o su cuchillo, en el corazón de la vida doméstica, y rompiendo la columna vertebral del hombre que tiene valor suficiente para resistirlo. Las opiniones del estado son como las del municipio veneciano con respecto a la acacia. Su único objetivo es una regularidad metódica, monótona, medida matemáticamente: no admite ninguna expansión; no tolera ninguna excepción; no tiene conciencia de la belleza; ignora cualquier rango más allá del cubierto por su visión. Podrá funcionar a larga escala, incluso en una escala enorme, pero no puede funcionar sobre una grande. La grandeza solo puede ser fruto de la voluntad y del genio: el esfuerzo del estado para coaccionar a la una y sofocar la otra es continuo en todas partes.

OUIDA.


  1. [Nota del traductor: cf. Herbert Spencer, El Hombre contra el Estado, I: El Neoconservadurismo.] ↩︎

  2. [Nota del traductor: frase citada por Emma Goldman en su ensayo Anarquismo: Lo que Realmente Significa, unida a la frase mencionada en la nota 1, invertiendo el orden.] ↩︎

  3. [Nota del traductor: una guinea era una moneda de oro que pesaba 8,39 gramos: hoy, a un precio promedio (del último año) de $us 50 por gramo, 2 guineas son como $us 840. Pero, una guinea, antes de que el Reino Unido adopte el sistema decimal, correspondía a 21 chelines; una libra esterlina a 20 chelines; 1,05 libras por cada guinea. 2,1 libras de 1890 corresponden más o menos a £ 285 de hoy en día, casi $us 390. Finalmente, 2 guineas eran el sueldo de una semana de un obrero calificado.] ↩︎

  4. Nota del autor: Cualquiera que quiera estudiar el trato brutal a los reclutas y soldados en Alemania por parte de sus oficiales es remitido a las revelaciones publicadas este año por Kurt Abel y el capitán Miller, ambos testigos presenciales de estas torturas. ↩︎

  5. [Nota del traductor: “iglesia libre en un estado libre” / “iglesia liberal en un estado liberal”; separación del estado y la iglesia; asociado a la libertad de culto y de afiliación política.] ↩︎


Fin.