Arthur Schopenhauer: sobre el arte de la economía

La fortuna ha de considerarse como una protección contra las calamidades y accidentes; no como una obligación a procurarse de placeres. La gente que no ha heredado bienes y llega a ganar mucho dinero por sus talentos, termina pensando que su talento es su capital, y sus ganancias sus intereses.

Arthur Schopenhauer: sobre el arte de la economía
Contexto Condensado

Vamos con Schopenhauer y la obra que lo sacó del cuasi anonimato, y que lo convirtió en uno de los filósofos más leídos en Europa el resto de su vida (murió 9 años después de publicarla), en el alemán más leído en la segunda mitad del siglo 19, y luego en uno de los filósofos más influyentes de la historia: sus Parerga y Paralipómena: Escritos filosóficos menores. Publicada en 1851, Schopenhauer la termina luego de trabajar durante 6 años todos los días en ella. Continúo con una frase del filósofo alemán Rüdiger Safranski: “Se trata de «escritos secundarios» y «cosas pendientes», o, como él mismo dice, «pensamientos dispersos, aunque sistemáticamente ordenados, sobre diversos temas»”. Son ensayos que siguen el mismo orden de lo que ocurre en el mundo.

Entre los que componen el primer volumen de los Parerga encontramos una, digamos, mini-serie—“el núcleo central” de la obra, según el editor de una edición en español, Francisco Volpi—titulada Aforismos sobre el arte de vivir, que se publicaron luego como libro aparte. De cómo entendemos contemporáneamente aforismos, estos ensayos no tienen nada. No son reflexiones cortas y concisas como las de Marco Aurelio o Epicuro, sino reflexiones re-flexiones, largas; pero, como los aforismos—acudo de nuevo a las palabras de Volpi—, de “libre asociación, un procedimiento no estructurado”, “más adecuado al carácter fragmentario de la existencia y sus contingencias y acaecimientos imprevisibles”. Tipo los ensayos de Séneca, Montaigne, Bacon.

Estos han sido publicados también bajo el nombre de Aforismos sobre la sabiduría del vivir, y Aforismos sobre la sabiduría de la vida. Empieza haciendo una división del tema, y luego encara hablando de lo que uno es, de lo que uno representa, de la diferencia de las edades de la vida, haciendo un paréntesis para tirar máximas que sí son aforismos. Leemos ahora su capítulo sobre lo que uno tiene, en la traducción de Fabio Morales García. (Hago un paréntesis para que recordemos que economía viene del griego οἰκονομία, a su vez de las voces οἶκος = oîcos, “casa”; y νόμος = nómos, “ley, costumbre, usanza, distribución”). Comienza Schopenhauer su capítulo citando directamente una de las máximas capitales que acabamos de leer del antiguo griego Epicuro.

Autor: Arthur Schopenhauer

Libro: Aforismos Sobre el Arte de Vivir (1851)

Capítulo 3: De lo que uno tiene (extracto, primera mitad del capítulo)

Epicuro, ese gran maestro de la felicidad, dividió con gran corrección y belleza las necesidades en tres clases. En primer lugar, están las necesidades naturales y necesarias: son aquellas que nos causan dolor cuando no son satisfechas. Por consiguiente, esta clase consta únicamente del rictus et amictus [«comida y vestido»], y son fáciles de saciar. En segundo lugar, están las necesidades que son naturales pero no necesarias: tal es la necesidad de satisfacción sexual; aunque, a decir verdad, Epicuro no dice esto en la exposición de Laercio (y, en general, yo presento aquí su doctrina algo enderezada y pulida). Saciar esta necesidad es ya más difícil. En tercer lugar, están las necesidades que no son naturales ni necesarias: son las del lujo, la opulencia, la ostentación y el brillo; son innumerables y su satisfacción es muy difícil. (Véase Diógenes Laercio, libro X, capítulo 27, §149, también §127, y Cicerón, De finibus, I, 14 y 16).

Fijar el límite de nuestros deseos razonables en relación con las posesiones es difícil, cuando no imposible. Pues lo que satisface a cada individuo a este respecto no es una magnitud absoluta, sino sólo relativa, a saber, la relación entre sus aspiraciones y lo que posee; de ahí que la propiedad, considerada por sí misma, esté tan desprovista de sentido como el numerador de una fracción que carece de denominador. Un hombre jamás echa en falta aquellos bienes a los que jamás se le ha ocurrido aspirar, y puede estar plenamente satisfecho aunque no los posea; mientras que otro podrá tener cien veces más que él y, sin embargo, sentirse infeliz porque carece de uno solo al que aspira. Cada cual posee, también respecto a esto, un horizonte privado de lo que puede alcanzar, y que marca el límite de sus aspiraciones. Cada vez que siente que puede confiar en obtener alguno de los objetos situados dentro de ese horizonte, se siente feliz; y desdichado si, interponiéndose dificultades, se frustra su esperanza de alcanzarlo. Lo que cae fuera de su campo de visión no lo afecta en absoluto. De ahí que las grandes pertenencias de los ricos no inquieten a los pobres, ni que a los ricos, cuando no obtienen lo que persiguen, les sirva de consuelo la opulencia que ya tienen. (La riqueza se parece al agua de mar: cuanto más se bebe de ella, más sediento se está; y otro tanto vale para la fama). El hecho de que tras la pérdida de la riqueza o del bienestar el estado de ánimo, una vez superada una primera etapa de sufrimiento, no sea muy diferente del que se poseía antes de la pérdida se debe a que, cuando el destino disminuye la cifra de nuestro patrimonio, nosotros reducimos en la misma proporción la de nuestras aspiraciones. Es esta operación lo verdaderamente doloroso; pero una vez superada, el dolor se siente cada vez menos, hasta que finalmente desaparece: la herida cicatriza. Y al revés, en casos de buena fortuna el índice de nuestras aspiraciones se dispara y estas se expanden; en ello consiste la alegría resultante. Pero tampoco esta dura más que la operación correspondiente: nos acostumbramos a la magnitud ensanchada de las nuevas aspiraciones y nos hacemos indiferentes al grado de riqueza que les corresponde. Así lo expresa el pasaje homérico Odisea, XVIII, 130-137, que concluye así:

Τοῖ ος γὰρ νόος ἐστὶ ν ἐπιχθονίων ἀνθρώπων,
Οἷ ον εφ ̓ ἦμαρ ἄγει πατὴρ ἀνδρῶν τε, θεῶν τε.
[Pues el espíritu de los habitantes de la tierra,
es tal como el día que el padre de los hombres y los dioses trae sobre ellos.]

La fuente de nuestra insatisfacción reside, pues, en nuestros esfuerzos siempre recomenzados por elevar más de lo debido el índice de nuestras aspiraciones, mientras se mantiene inmóvil aquella otra cifra que se le contrapone.

No es de extrañar que en una especie animal tan precaria como la humana, cuya naturaleza consta totalmente de necesidades, nada se valore, e incluso se venere, más intensa y abiertamente que la riqueza, hasta el punto de que también el poder es buscado como medio para lograrla; y que para obtenerla, se descuide o abandone cualquier otra cosa, como, por ejemplo, la filosofía por parte de los profesores de la misma. A menudo se les reprocha a los hombres el hecho de que casi todos sus deseos estén orientados hacia el dinero y que lo amen más que a ninguna otra cosa. Sin embargo, es natural y acaso inevitable amar lo que, como un Proteo incansable, está dispuesto a transformarse a cada instante en objeto de nuestros versátiles deseos y nuestras múltiples necesidades. Todo otro bien, en efecto, se presta a satisfacer un solo deseo, una sola necesidad: los alimentos únicamente son buenos para los hambrientos, el vino para los sanos, los medicamentos para los enfermos, un abrigo de piel para el invierno, las mujeres para la juventud, etc. Todas estas cosas son, por lo tanto, ἀγαθὰ πρός τι, es decir, bienes meramente relativos. En cambio, el dinero es el único bien absoluto, en la medida en que no da respuesta a una sola necesidad in concreto, sino a la necesidad por antonomasia, in abstracto.

Los bienes de fortuna disponibles han de considerarse como una muralla protectora contra el gran número de calamidades y accidentes posibles; y no como una posibilidad o una obligación de procurarse los plaisirs del mundo. La gente que, no habiendo heredado bienes materiales, llega a ganar mucho dinero gracias a sus talentos, sean estos del tipo que fueren, casi siempre termina pensando que su talento es su capital principal, y sus ganancias sólo sus intereses. De ahí que no reserven una parte de lo ganado para ir creando un capital permanente, sino que gasten todo a medida que entra. Por eso, terminan siendo pobres en su mayoría; pues sus ingresos se estabilizan o desaparecen al agotarse su talento, si es que este era de naturaleza pasajera, como ocurre por ejemplo en casi todas las bellas artes; o porque este sólo podía ser aprovechado bajo circunstancias y coyunturas especiales que han cesado de estar presentes. Acaso los artesanos puedan darse el lujo de comportarse así, debido a que no es fácil que pierdan las facultades exigidas por sus destrezas, o porque cuando faltan las suple el trabajo de sus ayudantes; y a que sus productos satisfacen ciertas necesidades y, por lo tanto, siempre tienen salida; de donde se echa de ver lo acertado del adagio «un oficio es una mina de oro». Pero no sucede lo mismo con los artistas y virtuosi de cualquier especie. Ello explica que estos reciban una remuneración tan alta. Con mayor razón deberían, pues, destinar una parte de sus ganancias a incrementar su capital; mientras que ellos suelen, insensatamente, considerarlas como meros intereses y se labran así su propia desgracia. En cambio, la gente que hereda un patrimonio al menos tiene desde el principio una idea clara de la distinción entre el capital y los intereses. La mayoría, por lo tanto, intenta conservar su capital, no lo toca bajo ningún concepto, e incluso, si es posible, reserva como mínimo un octavo de los intereses para afrontar recesiones futuras. De ahí que, en general, tales personas conserven su riqueza. Esta reflexión no es aplicable a los comerciantes; pues, en su caso, el dinero es un medio para negocios ulteriores y, en esa medida, una especie de herramienta; por lo que, aun cuando lo hayan obtenido por sus propios medios, lo acumulan y tratan de incrementarlo a través de inversiones. Ello explica que en ningún otro estamento la riqueza esté tan consolidada como en este.

En general, se constatará que aquellos que conocen de primera mano estrecheces y las privaciones suelen tenerles, paradójicamente, mucho menos miedo y están mucho más inclinados al derroche que aquellos que sólo las conocen de oídas. Entre los primeros se cuentan todos los que, favorecidos por algún golpe de suerte o por talentos especiales, han pasado con bastante rapidez de la pobreza a la riqueza: los otros, en cambio, habían nacido en la opulencia y han permanecido en ella. Piensan mucho más en el futuro que aquellos, y son, por ende, mucho más ahorrativos. Se podría pensar, en consecuencia, que la necesidad no es, después de todo, algo tan malo como parece cuando es vista de lejos. Sin embargo, la verdadera razón de este fenómeno es que quien nace con bienes de fortuna los considera indispensables, un elemento tan esencial de la única existencia posible como el aire que se respira; por lo que los cuida como a su propia vida y, en consecuencia, es amante del orden, cauteloso y ahorrativo. Pero quien ha nacido sin recursos considera la pobreza como un estado natural; y si eventualmente llega a hacerse de fortuna, la verá como algo superfluo que está ahí para ser disfrutado y devorado, y entenderá que, en caso de perderla, se las arreglará sin ella, e incluso tendrá una cosa menos de la que preocuparse. Ocurre, pues, lo que dice Shakespeare:

The adage must be verified,
That beggars mounted run their horse to death.
[Se cumple necesariamente el adagio:
dale un caballo a un mendigo y lo matará de cansancio.
Henry VI, acto 1.]

Cita a:

Epicuro: Máximas Capitales
No es dado que el hombre anule su temor a los seres esenciales si no sabe cuál es la Naturaleza del universo y lo único que hace es tener vagas nociones de lo explicado por los mitos. De modo que sin la ciencia de la Naturaleza no es dado obtener placeres puros.
Cicerón - Conectorium
Marco Tulio Cicerón​ (Arpino, 3/01/106 a.C. – Formia, 7/12/43 a.C.) fue un político, abogado, filósofo, escritor y orador romano. Uno de los más grandes retóricos y estilistas de la prosa en latín de la República, uno de los autores más importantes de la historia romana y uno de los máximos defensor…
Shakespeare - Conectorium
William Shakespeare (Stratford-upon-Avon, c. 23/04/1564 (calendario juliano) – ibid., 23/04 (juliano) o 3/05 (calendario gregoriano) de 1616).​ Dramaturgo, poeta, actor, comerciante y terrateniente inglés. Conocido como el «Bardo de Avon» (o simplemente «el Bardo»). Considerado el escritor más impo…

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